El eclipse de las élites
Tras la Transición española, ¿cabe hablar de élites o de generaciones con liderazgo? Definida la Constitución de 1978, escasean las muestras de genio suficientes para determinar el futuro del país y de la sociedad. Lo que en Francia o Alemania es perceptible entre nosotros resulta inexistente a partir de la década de los 80. De la ausencia de este fenómeno se deriva la causalidad de los males que hoy nos aquejan, y que ha conducido al abismo a todo el sistema social, económico y político. He ahí por qué no han surgido fórmulas alternativas al esquema autonómico, incapaz de subsanar sus deficiencias, empobrecido en su opción reconductora de los procesos errados y tumba del sistema de financiación “solidario”, que ha llevado al hundimiento de su sostenibilidad, estadio en el cual ahora nos debatimos. Quienes ciertamente definieron esos márgenes fueron los vascos y navarros, gracias a lo cual la presente crisis les afecta en grado menor ¿Acaso no es una evidencia? En Euskadi las élites de la Transición cumplimentaron sus propósitos. Su esquema era claro y válido, no así en Catalunya o en otras pretendidas comunidades autónomas que yo denominaría empáticas, cuyo modelo se limitaba a la imitación reproductiva (Andalucía, Valencia, Castilla-La Mancha, etc.); en ellas radican hoy los mayores desajustes. Mas, ¿cómo se podía ajustar el proyecto fiscal, si la Constitución del 78 jamás determinó qué se entendía por “nacionalidades” o “regiones” y qué características las connotaban?
Si el modelo no está definido, difícilmente se acertará en sus consecuencias. La astenia de élites aptas para proponer ideas o soluciones, agravada por la absoluta mediocridad de los arbitrismos de partido, ha conducido al desastre de hoy y a la injusticia invertebradora del status de Catalunya. Los mercados no hacen sino cotizar a la baja tanta confusión; de igual manera que el euro es moneda de innata inestabilidad sin un gobierno federal europeo, ni un órgano financiero capaz de centralizar la función de acopio de equilibrios; más aún, con la heterogeneidad de las políticas fiscales europeas. Sin embargo, la matriz del problema radica en la ausencia de élites aptas para generar ideas y criterios ¿Caben los liderazgos en tales condiciones? Nadie da lo que no tiene, y, por ende, sin élites es harto improbable el nacimiento de los liderazgos o la consistencia de los mismos: un mal que agrava hoy nuestra enfermedad social, una ley que se universaliza en todos los ámbitos de la sociedad española, confusa y decadente en paralelo con la de 1898. El aserto bíblico: “La sabiduría da la vida a quien la posee”.
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