Razón del nombre del blog

Razón del nombre del blog
El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

lunes, 30 de enero de 2017

Recordando lo que dijo Cabrujas hace 30 años: El Estado del Disimulo Entrevista realizada a José Ignacio Cabrujas en 1987, por el equipo de la revista Estado & Reforma (Luis García Mora, Víctor Suárez, Trino Márquez y Ramón Hernández).

Ciudad Escrita, se creó el 3 de agosto de 2007.

viernes, 3 de agosto de 2012


Entrevista realizada a José Ignacio Cabrujas en 1987.

José Ignacio Cabrujas (1937/1995)


Exponente de la modernidad del teatro venezolano, José Ignacio Cabrujas 
no se oculta en la forma para evadir el fondo. Racionalmente crítico con la 
realidad, tiene su referente directo en la cultura venezolana y su razón 
dialéctica parte de la confrontación de la regionalidad y la universalidad 
para asegurar una evidente trascendencia: actor, director y dramaturgo se 
inició en el oficio con el Teatro Universitario de la Universidad Central 
de Venezuela, donde estudiaba Derecho. Hombre de la televisión y del 
periodismo, no ha desaprovechado sus opciones como comunicador de 
masas. De aguda percepción, claro estilo y reflexivo decir, es un 
intelectual de bien ganada credibilidad en el quehacer cultural 
contemporáneo.
 Cabrujas dejó volar su gusto por el análisis y la reflexión durante tres 
horas con el equipo editor de Estado & Reforma. Por razones 
estrictamente relacionadas con la dictadura del espacio, buena parte 
de la conversación se ha quedado en la libreta; sin embargo, consideramos 
que la síntesis que presentamos refleja en buena medida el parecer de 
José Ignacio Cabrujas sobre el Estado y el proceso modernizador que 
adelanta la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado.
 –El concepto de Estado en Venezuela es apenas un disimulo...
–El concepto de Estado es simplemente un “truco legal” que justifica 
formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del “me da la 
gana”. Estado es lo que yo, como caudillo, como simple hombre de poder, 
determino que sea Estado. Ley es lo que yo determino que es Ley. Con 
las variantes del caso, creo que así se ha comportado el Estado venezolano, 
desde los tiempos de Francisco Fajardo hasta la actual presidencia del 
doctor Jaime Lusinchi. El país tuvo siempre una visión precaria de sus 
instituciones porque, en el fondo, Venezuela es un país provisional. La 
sensación que uno tiene cuando viaja al Perú o a México y observa las 
edificaciones coloniales, –palacios de gobierno, cuarteles, catedrales, 
inquisiciones, es decir, las formas arquitectónicas del Estado–, es de 
permanencia y solidez, como si la noción de futuro estuviese en cada 
ladrillo. Quien hizo la Catedral de México, además de edificar un 
concepto, pretendió exactamente levantar un templo perdurable y 
asombroso. Por el contrario, cuando uno entra en la Catedral de Caracas, 
termina por entender donde vive. La Catedral de Caracas es un parecido, 
un lugar grande, relativamente grande, todo lo grande que podría ser en 
Venezuela un lugar religioso, pero al mismo tiempo se trata de una 
edificación provisional que forma parte del “más o menos” nacional. Uno 
siente ese “más o menos” en la artesanía de los racimos de uvas, corderos 
pascuales, triángulos teologales o sandalias de pastores. Uno comprende 
que alguien levantó esa catedral “mientras tanto y por si acaso”. La 
historia nos habla de un país rico habitado por depredadores incapaces 
de otra nostalgia que no fuese el recuerdo de España. Se dice que nuestros 
indígenas eran tribus errantes que marchaban de un lugar a otro en busca 
de alimentos. Pero tan errantes como los indígenas fueron los españoles. 
Vivir fue casi siempre viajar y cuando el Sur comenzó a presentirse 
como el lugar del “oro prometido”, llámese Dorado o Potosí, Venezuela 
se convirtió en un sitio de paso donde quedarse significaba ser menos. 
Menos que Lima. Menos que Bogotá. Menos que el Cuzco. Menos que 
La Paz. Se instaló así un concepto de ciudad campamento magistralmente
 descrito por Francisco Herrera Luque en una de sus novelas.
–¿Seguimos viviendo en un campamento?
 –Han pasado siglos y todavía me parece vivir en un campamento. 
Quién sabe si al campamento le sucedió lo que suele ocurrirle a los 
campamentos: se transformó en un hotel. Esa es la mejor noción de 
progreso que hemos tenido: convertirnos en un gigantesco hotel donde 
apenas somos huéspedes. El Estado venezolano actúa generalmente como 
una gerencia hotelera en permanente fracaso a la hora de garantizar el 
confort de los huéspedes. Vivir, es decir, asumir la vida, pretender que 
mis acciones se traducen en algo, moverme en un tiempo histórico 
hacia un objetivo, es algo que choca con el reglamento del hotel, puesto 
que cuando me alojo en un hotel no pretendo transformar sus 
instalaciones, ni mejorarlas, ni adaptarlas a mis deseos. Simplemente las 
uso. No vivo en un lugar, me limito a utilizar un lugar. El gigantesco 
hotel necesitaba la fórmula de un Estado capaz de administrarlo. Alguna 
vez, ¿quién sabe cuándo?, fue necesario comenzar a crear instituciones, 

leyes, reglamentos, ordenanzas para garantizar un mínimo de orden, de 
convivencia. Habría sido más justo inventar esos artículos que leemos 
siempre al ingresar en un cuarto de hotel, casi siempre ubicados en la puerta. 
“Cómo debe vivir usted aquí”, “a qué hora debe marcharse”, “favor, 
no comer en las habitaciones”, “queda terminantemente prohibido el 
ingreso de perros en su cuarto”, etc., etc.; es decir, un reglamento 
pragmático y sin ningún melindre principista. “Este es su hotel, disfrútelo 
y trate de echar la menos vaina posible”, podría ser la forma más sincera
 de redactar el primer párrafo de la Constitución Nacional, puesto que 
por “Constitución Nacional” deberíamos entender un documento sincero,
 capaz de reflejar con cierta exactitud lo que somos, y lo que aspiramos.
–Pero...
–En lugar de esa sinceridad que tanto bien pudo hacernos, elegimos 
ciertos principios elegantes, apolíneos más que elegantes, mediante los 
cuales íbamos a pertenecer al mundo civilizado. El campamento 
aspiró a convertirse en un Estado y para colmo de males, en un Estado 
culto, principista, institucional, en todo caso, legendario por todo lo 
que tiene de hermoso y de irreal. Las constituciones nacionales, 
desde los hermanitos Monagas para acá, son verdaderos tratados de 
contemporaneidad y hondura conceptual. El déspota, y vaya si los 
hubo, jamás usó la palabra “tiranía”, ni los eufemismos correspondientes, 
como podría ser la palabra “autoritario” o “gobierno de fuerza” o
 “régimen de excepción”. Por el contrario, redactar una Constitución 
fue siempre en Venezuela un ejercicio retórico, destinado a disimular 
las criadillas del gobernante. En lugar de escribir “me da la gana”, 
que era lo real, el legislador por orden del déspota, escribió siempre “
en nombre del bien común” y demás afrancesamientos por el estilo.
El resultado es que durante siglos nos hemos acostumbrado a percibir 
que las leyes no tienen nada que ver con la vida. Nunca levantamos 
muchas salas de teatro en este país. ¿Para qué? La estructura 
principista del poder fue siempre nuestro mejor escenario.
 Ilustra con una anécdota:
 –Nicanor Bolet Peraza escribió una crónica costumbrista sobre el Teatro 
del Maderero. Se representaba allí, en los días de Semana Santa, nada 
menos que La Pasión de Cristo, con crucifixión y azotes y crueldades 
habituales a la serenísima figura del Hijo del Hombre. Cuenta Bolet 
Peraza que en la escena del Gólgota salían los dos centuriones 
romanos y representaban aquella escena donde Cristo pide agua de 
manera conmovedora. Los dos centuriones empapaban esponjas con hiel 
y vinagre, acercándolas a la boca del crucificado. Entonces comenzaban 
a oírse grandes carcajadas en la sala, puesto que todo el mundo suponía,
 vaya usted a saber por qué, que las esponjas estaban repletas de mierda. 
Mayor era el sufrimiento de Cristo y más vigorosas eran las risotadas de 
los espectadores. Hasta que un niñito gritó: “!Es que ese no es Cristo!; 
ese es el hijo de Estelita con el chichero de la esquina!” Nada, en mi vida 
de hombre de teatro, me ha parecido tan esclarecedor como esta escena. 
En efecto, asumir la majestad es una de nuestras imposibilidades. Jamás 
hemos aceptado el drama extremo del poder. Cuando la institución se 
toma en serio a sí misma, no tarda en aparecer el rasero de la “joda”. 
Está bien, gobierna... pero tampoco te lo tomes tan en serio. Está bien, 
ponte el uniforme y mete la barriga... pero, déjate de vainas, porque 
tú, uniformado, protocolar, dándotelas de gran cosota, sigues siendo 
el hijo de Estelita con el chichero de la esquina.
Insiste en el ejemplo:
 –La entrada del Presidente de la República al Congreso, en la ceremonia 
de entrega de cuentas, se parece a la contradicción que vivimos. Allí 
está la verdadera identidad nacional, en ese presidente picarón, 
desesperado porque no vaya algún jodedor a pensar que él se lo está 
tomando en serio. Persiste en mí una imagen, la del presidente Luis 
Herrera Campíns en el trance de dar una de sus habituales ruedas de 
prensa, transmitidas en cadena nacional de radio y televisión. La 
ceremonia era idéntica quincena tras quincena. Los televidentes 
observábamos una puerta laqueada, de un versallismo arrepentido, repleta 
de ornatos dorados, como corresponde a una puerta de poder. Se abría la 
puerta y la cámara retrocedía hasta mostrar a dos soldados venezolanos, 
fornidos y retacos, vestidos con la interpretación estilo Centeno Vallenilla 
del uniforme de Carabobo, inexplicablemente zarista como si se tratara 
de una escena de La Guerra y la Paz. De inmediato salía Herrera, 
precedido de una fanfarria republicana casi siempre destemplada. 
Y comenzaba la comedia porque Herrera en ese corto paseo hacia la sala 
de conferencias, hacia un gigantesco esfuerzo por aparentar cordialidad 
y llaneza de carácter. Allí lo veíamos guiñar el ojo, dar palmaditas, 
sonreír a la cámara, saludar con la mano a la altura de la cintura para 
no parecerse al emperador Trajano. Era como si Herrera nos dijese: 
“!Un momento! !Yo sigo siendo Luis Herrera! (el hijo de Estelita y el 
chichero), yo estoy cumpliendo un protocolo más o menos y tal, pero 
sigo siendo el amigo cordial, el simpaticón Herrera, el gordo Herrera, 
el ñato Herrera, el negro Herrera, el cómplice de todos ustedes cruzando 
un pedacito de Miraflores sin que los humos se me hayan ido a la 
cabeza”. Porque más allá de las ceremonias, el Presidente sabe muy 
bien a quien representa.
Terminada la comparación, regresa a lo concreto:
–Algún político del siglo XIX en Venezuela, lamento no recordar ahora 
su nombre, dijo que el venezolano podía perder la libertad pero jamás la 
igualdad. Nosotros entendemos por igualdad ese formidable rasero 

donde a todos nos hace el traje el mismo sastre, donde lo importante es 
que no me vengas con cuentos, no te la des “de”, porque si te la das “de”, 
yo te desmantelo, yo acabo contigo, yo digo la verdad, yo revelo quién 
eres tú en el fondo, qué clase de pillín o de sinverguenzón eres tú, para 
que no te me vayas demasiado alto, para que no te me vuelvas 
predominante y espectacular.
Otro ejemplo:
–Años atrás, cuando trabajaba en la Dirección de Cultura de la UCV, 
fui invitado por el inolvidable Jesús María Blanco a una recepción 
académica mediante la cual se iba a rendir homenaje a un ilustre 
venezolano que había hecho un singular aporte a la cirugía cardiovascular. 
Las revistas inglesas y norteamericanas, me refiero desde luego a revistas 
especializadas, habían comentado en términos sumamente elogiosos 
y admirativos al trabajo de nuestro compatriota, de allí que la Universidad 
se sentía en el deber de reconocer, con la solemnidad del caso, los logros 
de un miembro de la comunidad. Estábamos allí muchos invitados, y 
los académicos entraron con toga y birrete, aproximándose de inmediato 
al homenajeado. El rector pronunció un parco discurso donde destacó 
la trayectoria de ese gran cirujano. Me pareció, y por lo demás, era 
natural, que el distinguido científico se sentía muy bien porque mostraba 
un evidente orgullo y hasta una honda emoción. Concluyó el acto. 
Salieron las cuadrillas de mesoneros con las correspondientes botellas 
de champagne y el protocolo se “animó” después de un vigoroso 
aplauso en el instante en que el rector condecoró al “hombre”. No 
hubo en ese aplauso ninguna hipocresía. Por el contrario, era una 
reacción emotiva y, desde luego, sincera. Pero después de los aplausos, 
comenzó el cocktail, desaparecieron las togas y los birretes y todo 
el mundo se “republicanizó”. Entonces empezó la verdadera ceremonia 
nacional, el auténtico ritual de “no te me vayas tan lejos”. Los amigos 
rodearon al encumbrado y así como en las corridas de toros salen los 
picadores, para que el toro se acostumbre a la lidia, es decir, para que 
el toro sea menos toro, así al doctor González (invento el apellido 
porque no recuerdo cómo se llamaba el cirujano) lo comenzaron a 
llamar Gonzalito. Menudearon las palabrotas y las palmadotas: 
“!Gonzalito, carajo! ¿Quién lo iba a decir, Gonzalito? ¿Cómo fue ese 
pegón, Gonzalito, si a ti te “rasparon” en Anatomía II? !Si tú eras más
 malo que el carajo! ¿Esa operación no te la haría la enfermera?” Etc., 
etc. Esta sociedad familiar que no acepta deserciones a la cervecita 
cotidiana, que convierte a González en Gonzalito, justamente el día 
que González es más González que nunca, esta sociedad de 
complicidades, de lados flacos, ha hecho de la noción de Estado 
un esquema de disimulos. Vamos a fingir que somos un país con 
una Constitución. Vamos a fingir que el Presidente de la República 
es un ciudadano esclarecido. Vamos a fingir que la Corte Suprema 
de Justicia es un santuario de la legalidad. Pero en el fondo, no nos 
engañemos. En el fondo, todos sabemos como se “bate el cobre”, 
cuál es la verdad, de qué pie cojea el Contralor, o el Ministro de 
Energía, o el Secretario del Ministro de Educación. La “verdad” 
no está escrita en ninguna parte. La verdad es mi compadre, la verdad 
es el resorte mediante el cual puedo burlar la apariencia legal, eso 
que en la jerga administrativa se denomina la “veredita”. Lo expresa 
muy bien el venezolano cuando decimos: “No, chico, no hables con 
el Secretario. Habla directamente con el Presidente, porque el Secretario 
es un pendejo. Vete a la cabeza”.
–Nadie confía en nadie...
 –Hemos aprendido a vivir mintiéndole al Estado, y ese aprendizaje tiene 
razón de ser si este país viviese de acuerdo a las normas, leyes, disposiciones, 

reglamentos, permisos, procedimientos, etc., todo se habría paralizado. 
En tiempos del doctor Caldera, yo trabajaba en el fallecido INCIBA y 
había allí una disposición mediante la cual no se podían efectuar órdenes 
de pago por encima de cinco mil bolívares. Un cheque por más de cinco 
mil bolívares tenía que ser sometido a revisiones, autorizaciones y otras 
tortuosidades que escapaban a la dinámica de ese gasto, casi siempre 
urgente. ¿Qué solución se encontró para burlar este principio, 
probablemente justo, probablemente necesario? Emitir varios cheques 
de cinco mil bolívares a la misma persona o a la misma entidad. Si 
era necesario gastar diez mil bolívares en una urgencia, se ordenaban 
dos cheques de cinco mil y todo el mundo en paz. No se trataba de un 
robo. Se podría definir como una realidad paralela al ser apolíneo que 
es el Estado venezolano. Si te detiene un fiscal de tránsito, tú sabes 
muy bien que por encima de su reclamo protocolar (usted se comió la 
luz, ciudadano), hay una proposición paralela, no necesariamente 
deshonesta. Puede ser que el fiscal te diga simplemente: “mira, vete y 
vamos a dejar esa vaina así”, probablemente porque tú le has dicho al 
fiscal: “hermano, es que tengo a mi mamá enferma, es que me están 
esperando en el Hipódromo porque me van a dar un dato, es que 
venía distraído porque tengo un problemón en mi casa”. ¿Por qué? 
Porque la boleta que el fiscal te debe entregar de acuerdo a las 
disposiciones del tránsito es en el fondo una agresión personal. No es 
que tú faltaste. Es que tú le caíste mal al fiscal. Es que el fiscal es un 
antipático, un desgraciado, que ese día se levantó de mal humor porque 
anoche quién sabe lo que comió ese muérgano que la pagó conmigo. 
De ahí que la corrupción sea un establo habitual, yo diría que normal, 
en ese inmenso tejido de situaciones cotidianas donde necesitamos 
dialogar con el Estado convertido en fiscal de tránsito, o en escribiente 
de tribunal, o en secretario de notaría, o en enfermera de los Seguros 
Sociales. Los procedimientos no persiguen en este país aligerar los 
procesos. Por el contrario: casi siempre se trata de verdaderos obstáculos 
que no tienen nada que ver con mi vida. El funcionario es mi enemigo 
cuando se pone pesado, es decir, cuando cumple con las normas. Por 
eso, en Venezuela, todo funcionario público cumple con las normas. 
Por eso, en Venezuela, todo funcionario público o es un delincuente o 
es un antipático. La verdadera filosofía del Estado venezolano descansa 
sobre un axioma preciso y diáfano, esto es: el Estado en Venezuela sirve 
para impedir una catástrofe. El Estado desconfía absolutamente de los 
ciudadanos. El Estado venezolano parte de la idea de que somos unos 
pillos y de que es necesario impedir que seamos tan pillos.
 –¿Cómo hacer un país donde la realidad no está divorciada de lo 
que está escrito en el papel?
–Hace unos años escribí una comedia llamada Acto Cultural. Los 
personajes de esa comedia eran miembros de la Junta Directiva de una 
Sociedad Cultural en una pequeña ciudad provinciana. Vivían para 
la cultura y representaban la cultura, quiero decir, “la gran cultura”. 
Un día, esta Junta Directiva de la Sociedad Louis Pasteur decide 
celebrar los 50 años de la institución, con una representación teatral 
de la vida de Cristóbal Colón. La representación es un fracaso, 
porque, diabólicamente, perversamente, en lugar de recitar el texto 
previamente acordado, esos miembros de la Sociedad Pasteur hablan 
de lo que les pasa, confrontan sus intimidades, proclaman sus 
amarguras y catástrofes cotidianas. El Secretario de la Sociedad 
declara ante los supuestos espectadores del pueblo que a él toda la 
vida lo que le ha gustado es el trasero de una alemana y la posibilidad 
de tomarse 15 rones después de las seis de la tarde. Que esa es su 
cultura, porque, al mismo tiempo, esa es su apetencia, su sinceridad, 
su realidad. La declaración es catastrófica y las “fuerzas vivas” de la 
localidad abandonan el recinto. La Sociedad Louis Pasteur ha muerto. 
Nadie le dará una subvención, nadie le permitirá funcionar. Es el precio 
de la confesión, o si se quiere, de la sinceridad. Creo que la sociedad 
venezolana, y me refiero a la sociedad en el sentido de grupo humano 
que establece ciertos compromisos, ciertos objetivos comunes, está 
basada en una mentira general, en un vivir postizo. Lo que me gusta 
no es legal. Lo que me gusta no es moral. Lo que me gusta no es 
conveniente. Lo que me gusta es un error. Entonces, obligatoriamente 
tengo que mentir. No voy a renunciar a mis apetencias, a mi “verdad”. 
Voy a disimularla. Voy a aparentar esto o lo otro, para así poder 
esconderme, porque vivo en un país donde mis deseos no forman parte 
de la poesía, donde el “culo de la alemana” o los 15 rones del atardecer 
no son “culturales”, donde la descripción que se hace de mí en términos 
literarios, pictóricos, es decir, en términos “sublimes” pertenece a ese 
edificio casi teologal que es el “deber ser”. ¿De dónde sacamos nuestras 
instituciones públicas? ¿De dónde sacamos nuestra noción de “Estado”? 
De un sombrero. De un rutinario truco de prestidigitación. El 
campamento que era una ciudad como Caracas hacia 1700 consiguió 
una “forma” capaz de disimular ciertas amabilidades precarias, cierta 
vida auténtica, donde intercambiábamos un poquito de sal y un poquito 
de harina, cierto “mientras tanto” y cierto “por si acaso”.
–¿Y hoy?
–Vivir es defendernos del Estado. Defendernos de un patrón ético al 
que llamamos “Estado” y que no es otra cosa que la traslación mecánica 
de un esquema europeo. Se aceptó la “moral” y la “cívica”, como me 
las enseñaban en el bachillerato, cuando mi profesor en el Liceo Fermín 
Toro me decía una cosa y el policía de la esquina me decía otra. 
Vivimos en una sociedad que no ha podido escoger entre la “moral” y 
la “cívica”, hasta el sol de hoy, conceptos absolutamente contrapuestos. 
Si soy “moral” no soy “cívico”. Y si soy “cívico”, ¿cómo diablos hago 
para ser moral? El Estado venezolano, dicho así, con mayúsculas, 
no se parece a los venezolanos. El Estado venezolano es una aspiración 
mítica de sus ciudadanos. El Presidente es presidente sólo porque él 
dice que es presidente. Pero, en realidad, no es un presidente. Es una 
persona que está allí, desempeñando una provisionalidad, mientras le 
encontramos su “lado flaco”, su rasero de miserias cotidianas, su 
condición de “zángano” del panal. De allí que la función presidencial no es 
entendida del todo por los ciudadanos. Casi todos nuestros compatriotas 
piensan “honestamente” que el Presidente, sea quien sea, llámese como 
se llame, es un ladrón. O es más o menos un ladrón. Si un hombre llega a 
Miraflores, es necesariamente “lógico” que se dedique a robar. Si no lo 
hace, pertenece a la categoría de los “inexistentes”, al limbo del 
“paradigma”. Desde luego, no nos gusta que el Presidente robe. No nos 
gusta. Lo damos por hecho. Puede ser que nos quejemos amargamente 
de la corrupción gubernamental, de tal o cual pillo que se robe un dinero, 
pero la damos por hecho. “Todos los políticos son unos bandidos”. 
“Todos los políticos son unos corruptos”. “Todos los políticos son unos 
ladrones”. Eso es lo que realmente pensamos. El corrupto no es un ser 
excepcional. El corrupto es un ser lógico, sostenido por una relación de 
causa y efecto. El corrupto es “la norma”. El hombre honesto o es 
un pendejo o es simplemente una excepción lujosa.
 –Con la aparición del petróleo, el ciudadano empieza a pedirle al 
Estado una cierta racionalidad, una efectividad y una eficacia...
–Se creó una especie de cosmogonía. El Estado adquirió rápidamente 
un matiz “providencial”. Pasó de un desarrollo lento, tan lento como 
todo lo que tiene que ver con agricultura, a un desarrollo “milagroso” 
y espectacular. Un ciudadano inglés, un italiano, un sueco, no espera 
“milagros” del Estado. A eso se reduce lo que se llama “madurez política”. 
A no esperar demasiado del Estado. Los parámetros de las sociedades 
europeas son previsibles. Inglaterra se mueve dentro de una relativa 
prosperidad y una relativa pobreza desde hace un montón de años. 
La apreciación de la gestión gubernamental, por parte de un ciudadano 
inglés, es un hecho bastante objetivo, proviene de situaciones 
absolutamente concretas. Para Margaret Thatcher es relativamente 
sencillo convocar a los ingleses y decirles: “Miren, la situación es 
muy difícil. No prometo prosperidad, no prometo multiplicar los 
panes y los peces. Prometo dificultades, peligros de todo tipo, y 
prometo un empeño en tratar de salir adelante. Prometo seriedad. 
Tal vez vamos a decaer. Tal vez vamos a vivir peor. Pero, prometo 
que voy a tratar de hacerlo lo mejor posible”.
–De ellos a nosotros, de lo ideal a lo concreto:
 –Imaginemos que un político venezolano diga algo parecido en una 
campaña electoral. Imaginemos un candidato que nos hable de 
imposibilidades, de limitaciones, de realidades. Un candidato que 
no nos prometa el paraíso es un suicida. ¿Por qué? Porque el Estado 
no tiene nada que ver con nuestra realidad. El Estado es un brujo 
magnánimo, un titán repleto de esperanzas en esa bolsa de mentiras 
que son los programas gubernamentales. Un tomate, una papa, una 
mazorca, un arbusto de café eran en la Venezuela de 1900 productos 
de un esfuerzo tangible, de mediocre certeza. No hay ningún milagro 
posible en una mazorca, como no sea el milagro de la tierra. Una 
mazorca de maíz cuesta tres centavos, cuatro centavos, cinco centavos, 
seis centavos. Esas son, en términos de precio, las únicas sorpresas 
que puede darnos. El petróleo es diferente. Espectacularmente 
diferente. Hoy valía medio dólar. Mañana tres. Después seis, doce, 
veinticuatro, hasta treinta y seis dólares. No se trata de una economía 
fundamentada en el fatigoso esfuerzo, en el “un poquito hoy” y 
“un poquito mañana”. Se trata de un show económico. El petróleo 
es fantástico y por lo tanto induce a la ilusión de un milagro. Creó 
en la práctica la “cultura del milagro”. Por primera vez, el Estado 
venezolano había hecho un “buen negocio”, lo cual, viéndolo bien, 
resultaba excepcional dada su costumbre de hacer pésimos negocios. 
¿Cómo un pobre se convertía en rico en la Venezuela de 1905? 
Descubriendo un tesoro. No había otra manera. No había “negocios”, 
ni especulación en la Bolsa, ni golpes de fortuna. Había la leyenda 
de que los españoles en los días de la Independencia enterraron baúles, 
arcones, botijuelas repletas de morocotas. Mi padre, un primitivo 
habitante de lo que hoy en día llamamos en Caracas, Catia, o Parroquia 
Sucre, solía hablar de un canario que a principios de siglo descubrió 
uno de esos tesoros. Cavó en la tierra, hizo un hoyo, y encontró monedas 
de oro. Pues bien: a eso se parece el petróleo. Es cuestión de cavar hoyos 
y descubrir riqueza. El hueco petrolero sustituirá a la imaginación del 
hueco donde había morocotas españolas. El Estado era ahora capaz de 
hacernos progresar mediante audaces saltos. !Viva Gómez y adelante! 
¿No era ésa la consigna? ¿No pagó el dictador la deuda externa en 
pocos años? ¿No comenzamos a ver prodigios? ¿No fue ese el comienzo 
del “sueño venezolano”? Tal vez Argentina lo tuvo en los tiempos de 
la Segunda Guerra Mundial. Tal vez Chile en los lejanos días del cobre 
y el nitrato. Tal vez Brasil, en tiempos de Getulio Vargas. Pero no se
puede hablar de un sueño colombiano, ni de un sueño paraguayo, ni 
de un sueño boliviano u hondureño. La agricultura y la ganadería no 
provocan las mínimas condiciones de ese “sueño”. Nuestro “sueño” 
fue saltar sobre esa lenta y fatigosa historia.
–¿Y nos apoyamos en una mentira?
–La riqueza petrolera tuvo la fuerza de un mito. Mi padre hablaba 
de Filippo Gagliardi como los norteamericanos hablaban de Henry 
Ford. Digo mal, porque la riqueza de Henry Ford es el producto 
concreto de una inventiva y de una inmensa capacidad de trabajo. 
Pero Gagliardi en los años de Pérez Jiménez llegó al sitio del “baúl 
de morocotas”. Llegó, según mi padre, con los pantalones rotos. 
De hecho, tuvo que hacerse unos pantalones, nada menos que con 
la bandera del barco y ahora, me parece estarlo oyendo, míralo, 
míralo a donde llegó. Mira el relator que tiene. En mi casa de 
Catia, por allá por 1955, vivió un inmigrante italiano. Un día, ese 
italiano de profesión tornero, descubrió en una revista un anuncio que 
promocionaba esas señales de carretera que llamamos “ojos de gato”. 
El hombre recortó el aviso, y me hizo escribirle una carta al ministro 
de Obras Publicas, solicitándole una audiencia. La carta fue enviada, 
pasaron meses y meses, y por fin, el ministro se dignó atender al italiano 
tornero. Pasó un año y por fin el contrato se hizo realidad. De golpe 
y porrazo, como solemos decir, el italiano era representante exclusivo 
de los “ojos de gato” en ese fantástico país en ascenso. Demás está 
decir que se hizo millonario. Pero ese concepto, o mejor dicho, esa 
ilusión, profundizó más la idea de la provisionalidad. Nunca fuimos 
tan “provisionales” como en los dorados años de Pérez Jiménez. Había 
más riqueza que presencia. La ciudad de Caracas no era capaz de reflejar 
esa prosperidad por más edificios y monumentos que se construyeran. 
La ciudad seguía siendo una aldea, pero todos estábamos de acuerdo 
en que se trataba de una aldea provisional, “mientras tanto y por si 
acaso”. Por eso desapareció el hotel Majestic para dolor de los nostálgicos. 
Por eso despedazaron con una bola de acero la miserable casita donde 
había nacido Andrés Bello. No vivíamos donde teníamos que vivir, 
pero tampoco sabíamos dónde teníamos que vivir, cuál era la imagen 
de la ciudad que soñábamos, en qué consistía esa fabulosa ciudad. Por 
eso, Caracas no es una ciudad reconocible. Por eso no se la puedes 
describir a un extranjero. Vete a París e intenta explicar a un francés 
qué es Caracas. ¿Qué puedes decir? Grandes edificios, muchas 
autopistas, algo como Houston, como Los Ángeles, algo inerte y 
sin recuerdos. Grandes, edificios, grandes autopistas, como los discursos 
de Pérez Jiménez, que eran una síntesis de cuántos edificios se 
hicieron y cuántas autopistas se construyeron. La democracia lejos 
de apartarse de ese camino, insistió en la construcción de ciudades 
provisionales. Betancourt, Leoni y Caldera no fueron demasiado 
lejos en ese “sueño venezolano” porque la realidad presupuestaria 
lo impedía. Seguíamos siendo ricos, pero, no tan ricos. Pero vino el 
otro Pérez, Carlos Andrés Pérez, y allí sí encontramos la frase que 
nos definía. Estábamos construyendo La Gran Venezuela. Pérez no 
era un Presidente. Era un mago. Un mago capaz de dispararnos hacia 
una alucinación que dejaba pequeñas lagunas. Pérez enrumbó el 
acto del poder hacia la fantasía.
–El pueblo venezolano es irreverente frente al poder; sin embargo, 
le exige formalidad...
 –Es cierto. No solamente el venezolano le está pidiendo al Estado que 
asuma dignamente su condición de tal, sino que por primera vez en 
la historia de Venezuela, hay signos inequívocos de que nos interesa 
la suerte de ese Estado, hasta donde percibimos la noción de Estado. 
Normalmente, en Venezuela el Estado es el gobierno, y concretamente 
el gobierno de turno. Desde los tiempos de Juan Vicente Gómez hasta 
el segundo o el tercer año de gobierno del doctor Herrera Campíns, 
los informes del Banco Central, las alocuciones presidenciales y las 
declaraciones de los ministros de Hacienda pregonaban un continuo 
crecimiento. El país crecía económicamente casi como los ciclos de 
la naturaleza, y tan irresponsable era ese crecimiento como puede ser 
irresponsable un aguacero. Era un crecimiento que no dependía de 
nosotros. El mundo nos hacía crecer. La prosperidad norteamericana 
o europea nos hacía crecer. El nacionalismo egipcio nos hacía crecer. 
Las ambiciones árabes nos hacían crecer. Y de repente, ese crecimiento 
se detuvo. Hemos comenzado a vivir un déficit, y el presidente Lusinchi 
no ha podido soltar una balandronada de esas de, “ahora somos más 
ricos” o “estamos pensando regalarle un barco a Bolivia” o “vamos 
a prestarle dinero a los países pobres de Latinoamérica”, como alguna 
vez nos dijo Pérez Jiménez. Por el contrario, andamos ahora de lo más 
modestos y nuestra única soberbia es pagar puntualmente los 
intereses de la deuda externa y a regañadientes un pedacito de capital. 
El gobierno tiene problemas y todo el mundo sabe que el gobierno 
tiene problemas. Entonces nos ha empezado a interesar la suerte del 
gobierno. Hemos comenzado a entender que el gobierno no es una 
catástrofe natural, sino una contingencia que se expresa en un proyecto 
económico. Y hemos comenzado a entender que ese proyecto 
económico del gobierno tiene que ver con el precio del solomo y 
de los pimentones cotidianos. Que un error del gabinete reduce las 
posibilidades del sueldo que gano. Antes no ocurría. Antes el 
gobierno era simplemente una calamidad, una desgracia natural, 
una breve esperanza y un inevitable deterioro en estos tiempos de la 
democracia; un fraude ontológico. ¡Qué lejos quedaron los tiempos 
del segundo Pérez! La noción de progreso surgió en nosotros a partir 
de acontecimientos gratuitos. Yo me acerco a los cincuenta años y 
jamás en mi vida de ciudadano, un Presidente me ha convocado a 
nada. Yo he vivido cuarenta y ocho anos en calidad de testigo del gobierno, 
sin escuchar una proposición que venga de Miraflores. De Miraflores 
vienen hechos cumplidos e indiscutibles. A veces, esos hechos 
cumplidos, productos de un azar histórico (la crisis del Canal de Suez, 
la guerra arabejudía, etc.) han provocado un tremendo impacto
 emocional en mi vida. Lo provocó Pérez Jiménez cuando nos participó 
que éramos un país rico. Hasta ese momento, yo estaba acostumbrado 
a vivir en un país de gente que sobrevivía. Durante el siglo XIX y, 
en este siglo, hasta la presidencia de Cipriano Castro, el país vivía 
decayendo. Vivir era sobrevivir. Un pequeño período de bonanza 
relativa, una correcta administración de algún servicio público, era 
todo un acontecimiento excitante. Era salirse de la norma habitual. 
Pérez Jiménez decretó el sueño del Progreso. El país no progresó, 
desde luego. El país engordó, y hay una gran diferencia entre engordar 
y progresar. Pero esa gordura, ese sobrepeso, desempeñó el rol del 
progreso. Los venezolanos creemos que La Gran Venezuela del otro 
Pérez fue impactante. Pero esa Gran Venezuela del segundo Pérez 
fue mucho menos sensacional que la Gran Venezuela del primer 
Pérez. Pérez Jiménez fue un debut Carlos Andrés Pérez, una reprise. 
A pesar de la visceral enemistad, los dos Pérez se parecen mucho. 
Pérez Jiménez identificó nuestro pasado con la mediocridad. Nos 
hizo pensar que esa esperanza que el pueblo depositó en el breve 
gobierno de Rómulo Gallegos era un error candoroso. Pérez Jiménez 
logró identificar al país palúdico y juambimboso, al país de los 
hombrecitos de un metro sesenta y tez amarillosa con el plebeyismo 
adeco. No fue Pérez Jiménez un gobernante impopular. Fue simplemente un 
gobernante “apopular”. Derrocó el gobierno de Acción Democrática con 
un golpe frío sumamente aplaudido por la exigua clase media, por los 
socialcristianos y por la elite financiera. Acción Democrática se disolvió 
como un antiácido a pesar de toda esa leyenda de oposición clandestina... 
heroica, precisamente por lo que tuvo de individual, porque fue el 
enfrentamiento de una dictadura ante una pavorosa indiferencia general. 
Creo que he insistido mucho en los años de Pérez Jiménez a lo largo 
de esta conversación. Pero es que a veces me preocupa que nos 
olvidemos de la trascendencia histórica de esos años. ¿Hasta cuándo la 
Historia de Venezuela va a continuar contándose en términos morales? 
¿Hasta cuándo vamos a dividir nuestros gobernantes en buenos y malos?
–¿Hemos intentado construir un Estado que no coincide con lo 
que somos?
–Si hemos construido desde 1828 hasta el sol de hoy un Estado apolíneo, 
donde la realidad actúa como una frustración de lo sublime, no tiene 
nada de extraño, entonces, que nuestra historia se cuente, y lo que es 
peor, se interprete, en términos morales. La tradición histórica de esta 
república parte de un supuesto terrible. En 1783, nació en Caracas, 
un genio inimitable, un extraterrestre insuperable, una especie de 
carambola cósmica. La historia de Simón Bolívar, la que aparece en 
sus documentos, en sus cartas, en sus manifiestos, en sus consideraciones 
sobre la política de los primeros años del siglo XIX, no tiene nada 
que ver con ese semi-Dios inventado, fertilizado y a veces censurado 
por la Sociedad Bolivariana. Desde luego, el culto a Bolívar, la 
sacralización del Padre de la Patria, no es una potestad única de la 
Sociedad Bolivariana. Desde Guzmán Blanco para acá, no ha habido 
un presidente de Venezuela que no haya citado a nuestro gran 
personaje a la hora de cometer cualquier arbitrariedad. El pensamiento 
de Bolívar es romántico y por lo tanto febril y tormentoso, repleto 
de humores, indignaciones, exaltaciones, tormentos y alucinaciones, 
como las sinfonías de Beethoven o las extravagancias de Lord Byron. 
De hecho, quienes conocieron de cerca a Bolívar nos lo describen 
como un hombre pintoresco, escénico, amigo de los coups de theatre,
 erotómano e inestable. De allí que sus acciones en el campo político 
presentan claras contradicciones, malos humores, depresiones y cuanto 
“ego” puede haber en este mundo, características todas estas que lo hacen 
ser un hijo de su tiempo. Este hombre intuye en Europa una visión 
americana. Él tiene el paisaje. Europa le aporta una ideología, o dicho 
más rigurosamente, una inquietud ideológica. Su pasión, la misma que le 
llevó a inventar sombreros a París o a jugar naipes como un libertino
 desaforado, lo induce a afirmar que Napoleón Bonaparte es un traidor, 
que ha cambiado la casaca republicana por ese manto de armiño y ese 
oropel de pedrería que aparece en el famoso cuadro de la coronación. 
Napoleón ha abandonado los principios esenciales de la revolución 
francesa. Bolívar, atrapado en esa ira, merienda en el Monte Sacro de 
Roma, y allí, si ha de creerle uno a la tormentosa memoria de Simón 
Rodríguez, nuestro Libertador habla del Imperio Romano y de piedras 
seculares y de la Independencia de su tierra. Dicho de otra manera: 
Él va a enmendarle la plana a Napoleón. Él va a hacer lo que Napoleón 
no hizo. Él va a vivir un drama masónico, el sueño de los “freres” y 
todo eso, en Güiria o en Ocumare o en Puerto Cabello. La construcción
de la obra es la construcción de él mismo. Él es su obra. Terminada la 
acción donde este caraqueño se desempeña con impresionante y hasta 
neurótica tenacidad, Bolívar pierde el rumbo y se convierte en un hombre 
incómodo. Ha concebido un gran ideal, la unión de varios países en lo que 
él denomina La Gran Colombia. La idea es perfectamente francesa, y 
cuando digo esto, por Dios, no pretendo ser peyorativo, no pretendo que 
los lectores de la sección de Cartas de El Nacional me exhiban como un
 nuevo Santander o como un segundo Arciniegas. La idea de la Gran 
Colombia es francesa, es universalista, es europea, es, en una palabra, 
una idea de “civilización”. Y si hubiese ido más lejos, si hubiese concebido 
un país del tamaño de Suramérica, con Brasil, Argentina, Chile, Uruguay 
y Paraguay, sumados, el delirio, pues, habría sido fantástico. Pero la 
realidad no funcionó. Y lo que me niego a pensar es que la realidad que 
destruye el sueño de la Gran Colombia es una simple sumatoria de 
mediocridades. Me niego a considerar al general Páez como un cretino 
patán que no supo entender la magnitud de un genio. A eso llamo la 
historia moral de Venezuela. Bolívar es genial. Páez es un imbécil. 
Santander es un cochino. Sucre era muy bueno. Mariño, medio bueno. 
Piar un ambicioso, Bermúdez un matón; etc. ¿Qué es esto? ¿Adónde 
vamos con este catecismo? ¿Qué clase de historia es ésta que comienza 
por etiquetar virtudes morales en los próceres? ¿Qué derecho tienen 
las “viudas del Libertador” de despotricar del general Páez? Cometido 
ese pecado original, la historia de Venezuela se comporta como una 
estirpe. Este es un bueno. Este es un malo. Esta, pobrecita, es mala 
porque no le informaron. Vargas es bueno. Carujo es malo. Soublette 
es bueno. Guzmán robaba pero no se le pueden negar sus virtudes. A 
Castro lo perdieron las mujeres. Zamora era bueno y lo mataron los 
malvados en Santa Inés, Gómez era un vampiro, pero hizo la 
Trasandina, o Gómez es el mejor presidente que hemos tenido porque 
nos metió a todos en cintura. ¿Qué estupidez es ésta? ¿Cómo le
podemos enseñar a nuestros jóvenes semejante basura?
–Bolívar...
 –He citado a Bolívar como un personaje víctima de sus admiradores, para referirme a la manera como la sociedad venezolana percibe a sus caudillos. Rómulo Betancourt, me interesa mucho más; desde luego, no porque lo considere más importante que Bolívar, en esta especie de carrera de caballos o de olimpíada en que hemos convertido el análisis histórico, sino porque me atañe más. Yo tuve una gran desgracia, o mejor dicho, una doble desgracia, a la hora de apreciar la figura de Betancourt. Cuando era niño, mi padre, ferviente católico, describía a Betancourt, en nuestras sobremesas, como un comunista que recibía rublos del Kremlin, un enemigo de lo piadoso, prácticamente un espía a las órdenes de la KGB. Cuando ingresé al Partido Comunista, la descripción era tan religiosa como la de mi padre. Betancourt era simplemente un agente de la CIA, un tenebroso personaje a las órdenes del imperialismo, dispuesto a entregar el petróleo, el acero y el aluminio a esa especie de guarida del diablo que era Wall Street. Quiero decir que yo viví dos religiones frente a Rómulo Betancourt. Durante su gobierno, me sentí perseguido. Sobreviví gracias a la piedad del Director de Cultura del Ministerio de Educación, y a la generosidad del director de la Radio Nacional, porque literalmente fui expulsado del Departamento de Teatro Infantil del Consejo Venezolano del Niño, por comunista. Fue necesario un cierto tiempo para que yo pudiese percibir la figura de Betancourt con una relativa serenidad. Durante el gobierno del doctor Leoni, leí por primera vez la reproducción de El Libro Rojo, editado por José Agustín Catalá. Pocas lecturas nacionales me han impactado tanto. Las cartas de inconfundible estilo, enviadas por Betancourt desde Costa Rica, nos describen a un febril muchachón marxista en el trance de descubrir que el marxismo no era una panacea universal. La reflexión de Betancourt sobre las peculiares condiciones socioeconómicas de Venezuela, son, mira tú lo que es la vida, el origen del MAS, sólo que se trataba de un MAS concebido en 1930, cuarenta y un años antes de la aparición de ese grupo político. Betancourt, en su lenguaje no siempre feliz, habla de un socialismo con vaselina, es decir, de una estrategia y de una táctica donde el movimiento revolucionario contra la dictadura de Gómez tiene que tomar en cuenta la realidad concreta de la economía y de la historia de Venezuela. Betancourt distingue matices en la primitiva “burguesía nacional” y esgrime la democracia, como una táctica destinada a crear rebeldía en “las masas”. Era un pensamiento. Los comunistas de esa época actuaban, por el contrario, como un club de admiradores de la Unión Soviética, como “fans” de Stalin empeñados en proclamar los logros de la actividad koljosiana en la remota Ucrania. Hablaban de remolachas soviéticas y de campesinos de ropa modesta y almidonada contemplando puestas de sol con música de balalaika. El primer manifiesto del PCV esta escrito en vocativo. “Vosotros obreros sois...”, es decir, está escrito en el lenguaje de los curas españoles. Betancourt le puso el “tú” a la moderna política venezolana. Su actividad consiste en visitar cada pueblo, cada caserío, cada conuco y explicar allí la idea de un partido redentor. Betancourt se ata a la cuerda histórica de la Revolución Federal, y, desde luego, le hace la cruz a la candidez de los comunistas. Betancourt llega a definir al Partido Comunista de Venezuela como un partido “pequeño burgués”. La democracia, es decir, el país donde hoy vivimos, es su norte. Dudo mucho que Betancourt haya entendido en profundidad las ideas de Marx. ¿Dónde las podía leer integralmente en 1940? La actividad política lo convirtió en un hombre de circunstancias. La formación stalinista le hizo pensar que la democracia era él. Los sucesos en que se vio involucrado, desde el golpe contra Medina, hasta la caída de Rómulo Gallegos, terminaron por convertirlo en un pragmático, en un hombre cauteloso que aprendió a dominar sus rabietas. De allí que hizo amigos, que unió esfuerzos, que le hizo la corte al doctor Caldera, que denunció el sectarismo, que gobernó Venezuela durante los primeros años de la década del sesenta, era un obsesivo de la democracia por la democracia misma. Su política económica es la lógica transición de lo que el perezjimenismo había acumulado y la lógica crítica de lo que el perezjimenismo había dejado de hacer. No se trata de un golpe de timón. Se trata de una corrección de rumbo carente del menor dramatismo. El país en el plano económico sigue siendo más o menos el mismo si se descuenta la feroz posición ante los corruptos, la necesidad de sanear la administración pública y el establecimiento de unas reglas de juego mucho más civilizadas. Habíamos conquistado la democracia y Betancourt aspiraba sinceramente a una efectividad gubernamental que no levantase demasiadas ampollas. La consigna con la cual llega al poder es impresionante. Los Napolitan se habrían llevado las manos a la cabeza. Los estrategas de salón lo habrían tildado de loco o suicida: “Contra el miedo: Vota blanco”. Pero, en efecto, su gobierno se hizo “contra el miedo”, contra los traumas, contra los que aspiraban, incluso en su propio partido, a una mayor profundización en las reformas sociales. Habíamos conquistado la democracia, y para Betancourt, hombre del 28 al fin y al cabo, la posibilidad de hablar mal del gobierno, la posibilidad de criticar a un ministro ineficaz o a un funcionario ladrón, era una razón de vida. Era una tarea histórica. “Hablar pendejadas del gobierno”, es decir, “menos barbarie y más decencia”, fue su visión. Betancourt el fiero, había aprendido a vivir en sociedad. Allí estuvo su gloria y, a veces, creo, su infierno. Quién sabe si le agregó azúcar a la vaselina. En todo caso, evitó cuidadosamente “los grandes cambios”, hasta que mi papá me dijo, caramba, es verdad, como que el tipo no era comunista.
–Betancourt sí intenta cambios en lo económico. Él inicia la política de sustitución de importaciones...
 –No quiero ser mezquino. Pero la política de sustitución de importaciones era una exigencia empresarial, o por lo menos, de un gran sector del empresariado. Existía una capacidad económica para ensamblar automóviles y cigarrillos y laticas de petit-pois. Existía la posibilidad de cerrar gradualmente las importaciones. Betancourt enmendó una política económica, sin eso que los dirigentes adecos suelen llamar “mayores traumas”. Insisto en esto, no por disminuir la figura de Betancourt, sino porque resulta ridículo en estos momentos pensar que el 23 de enero de 1958 fue un cambio radical de la sociedad venezolana. No. Todo el mundo tenía miedo. Todo el mundo pensaba que el país se estaba embochinchando y que los militares iban a dar un golpe y que iba a regresar Pedro Estrada con sus “chicos malos”. El 23 de enero fue un júbilo, un aire cordial que flotó en el país. Fue la posibilidad de hablar vainas, de criticar al gobierno, y hasta de sustituirlo. Betancourt definió posiciones y jugó al equilibrio. El modelo de país que su gobierno intuía se parecía a ese lugar donde vivían Mickey Rooney y Elizabeth Taylor en las comedias MGM de mitad de los años cuarenta. Era la apoteosis de la clase media. El Cafetal es un museo viviente de esa aspiración. Por eso, duélale a quien le duela, Betancourt no sólo es el fundador de Acción Democrática, sino el artífice supremo, el gran constructor del partido social cristiano. Betancourt fue el gran empresario del partido Copei en esa especie de “trust” democrático que se construyó durante su gobierno. Cuando Gonzalo Barrios perdió las terceras elecciones presidenciales de la democracia, Betancourt debe haber puesto una fiesta, porque, muy por encima de las aspiraciones hegemónicas de su partido, aparecía un concepto de alternabilidad democrática. El caudillo no sólo había inventado el gobierno, había inventado, nada menos, que la oposición. Cuando Pérez perdió, todos vimos a Betancourt diciendo “We will come back”. ¿Alguien vio amargura en su rostro? Por el contrario, yo diría que el hombre que nos hablaba era un hombre feliz. Copei ocupó el lugar que en una época eterna y tormentosa ocupaban las Fuerzas Armadas, o los caudillos alzados: la ilusión de cambio, la misma que excusó la invasión de los sesenta contra el gobierno de Ignacio Andrade. La misma. Sólo que menos espontánea, más cívica y definitivamente constitucional.
–¿Usted cree que el Estado se puede reformar en frío? ¿La única salida es el escepticismo?
 –Sinceramente, no me siento escéptico en cuanto a las posibilidades de una reforma del Estado venezolano. No me siento escéptico frente a la Copre, si por escepticismo entendemos la cómoda posición de quedarse en casa y decir, con el estilo de un viejo matón de la política: “Están perdiendo el tiempo. Hay otras realidades”. Y toda esa quincalla. Sí creo que la Copre se mueve en un terreno difícil. Sí creo que no es del todo cierta esta convocatoria del Estado a su propia reforma. Pero, sería un necio si no me percatara de que por algún motivo, el país ha comenzado a vislumbrar que en la reforma del Estado está su supervivencia. Que en las actuales circunstancias, la Copre arribe al éxito que todos esperamos, desde luego, me parece difícil. Quién sabe si la Copre es el inicio de un proceso, una institución en medio de una crisis, destinada a crear una conciencia. La Copre no brotó de la nada. Brotó de ciertas formas organizativas que la población ha comenzado a poner en práctica para defenderse de las arbitrariedades del Estado. Cuando alguien dice que los venezolanos debemos votar por los gobernantes regionales, está, al mismo tiempo, proclamando una experiencia, está constatando una situación a partir de seis gobiernos, y de lo que ha ocurrido en esos seis gobiernos. Está claro que no podemos continuar así. Decía al comienzo de esta conversación que por primera vez nos importa la suerte de un gobierno. La oposición al gobierno del doctor Lusinchi no ha podido ser radical. Nadie en Venezuela está pensando en qué diablos hacer para desembarazarnos de este gobierno. Por el contrario, existe una demanda de éxito, un desearle al Presidente como símbolo de poder, cierta lucidez para que el país salga del atolladero. La etapa infantil de castigar al gobierno y volvernos a enamorar de un nuevo pretendiente ha comenzado a ceder. El fracaso de Lusinchi, sería mi fracaso, y mi fracaso no me puede alegrar. La polarización mediante la aplicación mecánica de la alternabilidad -AD-COPEI - COPEI-AD, tiene ahora otro sentido. Si alguna crítica se le puede hacer al doctor Lusinchi es haber cometido el acto de adolescencia de prometernos que con él íbamos a vivir mejor. La época de los ofertones ha comenzado a declinar, porque el país demanda del gobierno una mejor y más lúcida explicación de lo que está haciendo. Ningún gobierno es exitoso. El poder conduce a la desilusión en las sociedades primitivas. ¿No se desilusionó el país de Pérez a pesar de su espectáculo, a pesar del pleno empleo? Creo firmemente que los venezolanos hemos comenzado a salir de esa estupidez mediante la cual concebimos al presidente como un señor que arregla problemas por obra del Espíritu Santo. Un presidente no es un ser definitivo. Gómez era definitivo. Franco, en España, fue definitivo. Pérez Jiménez fue definitivo. Fidel Castro es lo más definitivo que existe. Pero se trata de dictadores, de gobiernos sometidos al sello personal, dramático, diría yo, del gobernante. Son hombres que se extienden en el tiempo y sus gobiernos terminan por ser “épocas”. Nadie puede hablar del gobierno de Fidel Castro en Cuba. En todo caso hablará de la “era” de Fidel Castro en Cuba. Pero un presidente quinquenal no es un caudillo. Y si la Constitución venezolana prohíbe drásticamente la reelección del mandatario, tú me dirás qué clase de caudillo puede ser ése. Pero en Venezuela le atribuimos al presidente características de caudillo; es decir, de hombre capaz de crear “eras”. Yo personalmente detesto los caudillos y no me gusta vivir “eras”. A veces creo que es absurdo que los venezolanos no podamos reelegir al presidente, porque, desde luego, en cinco años, es idiota prometer un “cambio”. Pero esto forma parte del pánico que inspira en Venezuela la figura del presidente. Cinco años, y salimos de él, como exclamando... ¡uf!
–¿Realmente el venezolano se ha dado cuenta de la necesidad de reformar el Estado o ha sido una reforma impuesta?
 –El país se atascó. Eso es un hecho. El país está saturado de vicios que provienen del Estado. Probablemente lo que sucede es que resulta muy difícil en Venezuela percibir la noción del Estado. En Venezuela hay gobierno... y de vaina. El gobierno es el primer agresor del Estado. Cada cinco años, el gobierno se enfurece contra el Estado, descabeza funcionarios, liquida planes, desvía presupuestos, liquida proyectos, quema documentos, cambia los membretes, es decir, destroza una mínima continuidad administrativa. El presidente irrumpe en Miraflores prometiendo un país nuevo, como las promociones de detergentes. Pero en el fondo, los detergentes no son nuevos. Los detergentes son más o menos lo mismo, y sus posibilidades de cambio, pertenecen al mundo de los detalles. El gobierno se publicita a sí mismo como “nuevo”, “audaz”, “definitivo”, “otra cosa”, “de aquí en adelante”, pero las relaciones de poder..., relaciones institucionales con la CTV, con Fedecámaras, con los bancos, con el Ejército, con el Clero, con los maestros, etc., son más o menos la misma cosa. Entonces, ¿por qué en lugar de proclamar novedad, no proclamamos efectividad? La noción de reforma del Estado, que en el fondo no es más que una más sana y efectiva distribución del poder, atenta contra este principio jabonero de nuestros gobiernos. Hace poco el doctor Humberto Celli argumentaba en televisión contra la proposición de que los gobernantes fuesen elegidos mediante una votación directa. El Celli se preguntaba por el desastre que eso significaría. ¡Un gobernante del estado Aragua enfrentado al Presidente de la República! ¡Qué horror! !Qué caos! ¡Qué desorden! ¡Si ahora cuesta meter a los gobernantes en cintura, imagínense cómo sería eso! Pero lo que no dice el doctor Celli es que el sistema actual ha creado una gran frustración en la provincia. Lo que no dice el doctor Celli es que nuestra provincia se ha hecho más sentida culturalmente hablando, más autónoma en la vida cotidiana, y que esa fórmula del gobernador elegido “a dedo” por el Presidente de la República, amenaza el desarrollo del país. La presencia de ese policía central que es el gobierno, ese policía que desde un alto faro vigila el territorio nacional, ha comenzado a resultar intolerable. Porque en el fondo es un policía que vigila mal, un policía equivocado, mofletudo, carente de reflejos, achacoso. Es el “supremo autor” según la letra de nuestro himno. El “supremo autor” que vigila desde el “Empíreo”. Volvemos a la comedia del Estado. Hay que engañar al Gordo. La expresión circunstancial del Estado, que es el gobierno, es la de un cretino al que debes engañar si quieres sobrevivir. Vas a pedirle algo y jamás podrás decir la verdad. Estás obligado a la mentira. Tienes que convertirte en un experto en el uso de palabras claves. Tienes que otear en el horizonte y percibir que hoy el gobierno está interesado, qué sé yo, en las instituciones pedagógicas populares. Entonces tú quieres escribir un ensayo, qué sé yo, sobre Teresa de la Parra, y deseas que el gobierno te patrocine esa investigación. Tienes que mentir. Tienes que decir que el ensayo sobre Teresa de la Parra se compadece perfectamente con la política de desarrollo de las instituciones pedagógicas de la cultura popular. Aquello no pega ni con cola. Tu ensayo es elitesco, no va más allá de treinta interesados, pero tú mientes y estafas al Gordo. Los documentos públicos, las cartas de peticiones, son en Venezuela una gran picaresca que ríete del Lazarillo de Tormes. Pero esta comedia no es potestad del gobierno. Es también un modo de ser de la oposición. La oposición en nuestro país es ridículamente pavloviana. Oposición en Venezuela es decir lo contrario de lo que dice el gobierno. Esto es blanco, dice Lusinchi. Esto es negro, contesta Fernández. Esto es verdad, dice Lusinchi. Esto es mentira, dice Fernández. Nada hay en este mundo más previsible que un discurso de la oposición. Un discurso de la oposición es un cassette previamente grabado. Se trata de una oposición “programada” como una Apple II. Lusinchi comete el dislate de decir que con su gobierno se va a vivir mejor, porque me da la gana, y la oposición lo espera en la bajadita, en la bajadita inevitable. Los candidatos le presentan al país un “plan de gobierno”, por allí, cuando la campaña está concluyendo, y todos sabemos que eso no es más que un “saludo a la bandera”. En mi actividad, que se refiere al teatro, los planes de gobierno consisten casi siempre en decir que se va a estimular la cultura, que se va a hacer más popular la cultura, y desde luego, que se va a afirmar la identidad cultural del venezolano. ¿Cómo? Ah, no sé. La oposición aguarda en la bajadita. Pasan tres años, y naturalmente, ni se desarrolló la cultura, ni se popularizó la cultura, ni se encontró por ninguna parte la identidad nacional. Entonces, la oposición sale de su escondite y grita: “¡Fracaso!”. “¡Fracaso!”. ¡Por Dios! ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo le permitimos al Presidente de la República que sea triturado por ese implacable mecanismo? ¿Hasta cuándo le vamos a permitir a la oposición ese ritual canónico, inexorable, que le impide hacer verdadera política?
 –¿Hasta cuándo la clase política está dispuesta a fracasar?
–Esa es una gran pregunta. ¿No será que al país le hace falta un nuevo liderazgo? ¿No será que debemos permitirle a AD y a Copei un buen descanso, unos cuantos años de recogimiento y meditación en algún claustro? Tal vez ni siquiera sean malos partidos. Pero, ¿por qué no los mandamos a las duchas?, para ver... Son partidos que carecen de objetividad. Son demasiado protagonistas. Pero, hasta Laurence Olivier cansa, si lo ves siempre en la misma cartelera.
–Eso es utópico.
–Pero al mismo tiempo inevitable. AD y Copei están viciados. Y lo que es peor, en sus vicios han arrastrado a los otros partidos. Arrastraron al MAS, por ejemplo. El MAS, al insertarse en ese ritual político, en calidad de actores de reparto, perdió su razón de ser. No hablo, por Dios, de fusiles, no tengo la menor nostalgia por los fusiles. Los fusiles siguen siendo tan estúpidos como en 1963. Pero sí hablo de otra política. Estoy harto de que el MAS baile al son que le tocan AD y Copei. ¿Qué le promete ese partido al país? Hoy en día nada. Hace unos años tampoco prometía nada, pero estábamos en vías de prometer algo. Y ya eso es bastante. Hoy en día, apenas podemos prometer ser... “mejores”. ¿Pero quién le creó eso al MAS? ¿Qué significa que el MAS sea “mejor” que esto? ¿Qué es ser mejor? De nuevo el esquema, la forma, la reflexión que nace y muere en el seno del partido político se impone sobre lo que debería ser real. De nuevo el político aturdido por sus propios mecanismos pierde la noción de sus funciones reales en esta sociedad. El desesperado esfuerzo del actual MAS es: “¡Tómenme en serio! ¡Yo soy tan serio como el doctor Gonzalo Barrios! ¡Yo no soy aquel loquito que proponía fantasías! ¡Yo cambié!” Es decir, yo me parezco a mis adversarios, yo sé de juego, de elegancia, de fairplay. ¿Cómo puede ser una alternativa así?
 –¿Hacia dónde puede dirigirse una reforma del Estado?
–¿Reformar qué? ¿Reformar en función de qué? Tenemos la sensación, y más que la sensación, las pruebas, de que el Estado venezolano es impráctico. Y hemos formulado la necesidad de una reforma del Estado. Sabemos que el Estado es ineficaz y que su estructura provoca en él un movimiento de paquidermo. Sabemos, por ejemplo, que existe una permisología aterradora, casi soviética, que impide un mejor desarrollo de la industria de la construcción. El elefante se ha convertido en un carcamal pesadísimo e insoportable, y por lo tanto es urgente una serie de reformas prácticas dictadas casi por el sentido común. Es posible, entonces, estas medidas de carácter inmediato, en estos próximos meses. Pero ellas no deben confundirnos. El problema sigue siendo el mismo. ¿Para qué vamos a reformar el Estado? ¿Qué queremos lograr con esa reforma? ¿Cuál es la proposición, qué es lo que entendemos por Estado aparte de la solemnidad principista? Un organismo existe en la medida que cumple una función y persigue unos objetivos. Se supone que el objetivo del Estado es el progreso efectivo real, coherente, práctico de la sociedad, tal como el reglamento del hotel a que hice referencia. Cuando estudié Derecho en la UCV, mi profesor de Derecho Constitucional decía que toda la armazón jurídica de una nación perseguía como objetivo una cosa llamada “el bien común”. Está bien. Pero, ¿qué diablos es el “bien común”? ¿La felicidad humana? ¿El bienestar humano? ¿La dignidad humana? ¿La justicia humana? El Estado, al igual que el hombre, vive prisionero de prejuicios, de verdades generales, de cosas que parecen ciertas o que el uso ha convertido en “ciertas”. ¿Qué supone que debemos “progresar”?, pero nadie nos dice qué se entiende por progreso. ¿Más cemento? ¿Más árboles? ¿Más automóviles? ¿Más calles destinadas a que los ciudadanos caminen y oigan el piar de los pajaritos? ¿A qué nos debemos parecer los venezolanos? ¿A la vida del estado de Texas? Ojo, no califico, simplemente me hago esa pregunta. Porque, de repente, para algunos progreso puede ser que vivamos como los pemones. Y para otros, progreso es chimenea, contaminación y cabillas. Todos estamos de acuerdo en que Venezuela debe fortalecer su agricultura. Jamás he conocido un venezolano que diga: “al diablo la agricultura, abajo la cosecha de arroz”. Supongamos entonces que el gobierno decide, como evidentemente es el caso del gobierno actual, aumentar la productividad del campo y reformar leyes, ordenanzas, códigos, procedimientos que tengan que ver con la productividad en el campo. Eso, aparentemente, sería estupendo. Pero, alguna vez nos hemos preguntado cómo vive un agricultor venezolano. ¿Qué necesita ese ser humano que recoge una cosecha de plátanos? ¿Dinero? ¿Más dinero? Pero, ¿dinero para qué? ¿No necesitará, por ejemplo, ese hombre un teatro donde ver maravillas del arte? ¿No necesitará, por ejemplo, una televisión regional, capaz de confrontarlo consigo mismo? ¿No aumentaría la productividad del cambur, si el hombre que lo trabaja está orgulloso, verdaderamente orgulloso, del lugar donde vive? ¿No aumentará esa productividad si el hijo del campesino puede encontrar una sólida librería, un sólido cine de arte, una programación musical y otras tantas dignidades? ¿No soy mejor agricultor si mi hijo puede graduarse de filósofo en la universidad cercana? Se dirá: ¡Qué idealismo! Pero es que la vida de un hombre, de un ciudadano, no puede medirse en términos de productividad. No sólo es cosechar tomates. Es ¿para qué cosecho tomates? He citado goces del arte y del pensamiento pero puedo hablar también de un buen restaurante, de una desconcertante discoteca para bailar, de un circo que me visita, de un recital de El Puma cerca de mi siembra de tomates, de una conferencia de Ramón J. Velázquez en la casa de cultura de mi comunidad. No de miserias culturales que es a lo que estamos acostumbrados. No de migajas que la capital desparrama sobre la provincia. Hablo de vida pletórica. De posibilidades auténticas. De incorporación de todos los hombres de este país a las mejores oportunidades. La calidad debería ser una consecuencia de la cantidad. Pero en nuestro país la cantidad es el único logro.
 –Tal vez la reforma más importante sería dotar al Estado de un conjunto de políticas coherentes, que eviten los movimientos espasmódicos, erráticos y convulsionados, y que son los que explican la ausencia de continuidad en los planes. ¿Cuál sería una política coherente en el campo de la cultura?
 –La política cultural del Estado venezolano es una política de mecenazgo. Desgraciadamente, no aparece Lorenzo de Médicis por ninguna parte, tal vez porque al mecenas le falta buen gusto, le falta contemporaneidad. Pero, en todo caso, la posición del artista venezolano es la de la mendicidad. El Estado se limita a distribuir un presupuesto, irritante las más de las veces, entre las instituciones culturales. Toma esto. Toma esto. Toma esto... y sigue en tu vida. Te beco, te financio, te ayudo, te doy. Pero el Estado venezolano no hace prácticamente nada por crear las estructuras mínimas donde desenvolverse la cultura en cualquiera de sus expresiones. Por ejemplo, se ayuda al teatro, en el sentido de que se dan unos reales, o unos realitos a los grupos teatrales. Pero el Estado es incapaz de organizar y cuidar y estructurar hacia un concepto de rentabilidad mínima las salas de teatro que existen en el país. Es como darle dinero a un señor para que cultive tomates y después desentenderme de dónde demonios va a vender ese señor esos tomates. ¡Es que el tomate sirve para comerlo! ¿Qué hago yo con unos tomates en unos guacales o en un depósito? Yo quiero comerme esos tomates. Yo quiero ver, oír y tocar las manifestaciones de cultura. Yo quiero que Zhandra Rodríguez se gane su dinero, mientras más, mejor, bailando para la gente y no para una elite ilustrada. Y lo quiero porque seguro que Zhandra Rodríguez se convierte en una empresa, se autofinancia, se muestra como un ser real, y como un artículo de lujo más o menos prescindible. Entonces, que sobrevivan los mejores, como pasa en todas partes del mundo. En todas partes del mundo civilizado hay artistas profesionales y hay artistas aficionados. Los aficionados hacen rifas, tómbolas, colectas y reciben alguna ayuda comunal para presentar sus espectáculos de aficionados. Los profesionales generan dinero y no hacen rifas. ¿Que el proceso es gradual? Sí. Es gradual. ¿Pero cuándo lo vamos a poner en marcha? A mí no me importa que ocurra en el año 2150. Lo importante es que ocurra y ahora hay que sembrarlo. Esa magnanimidad del Estado con la cultura es letal porque, repito, son unos Lorenzos de Médicis tacaños y de horroroso gusto. La actividad cultural en Venezuela es apenas una mala conciencia de nuestros gobernantes. Y si no, fíjate en el gobernador del estado Miranda, que de un plumazo canceló del presupuesto regional la partida cultural. ¿Por qué no cancela la del papel toilette? ¿Por qué no se cancela la partida de “clips”? ¿Por qué les es tan fácil cancelar la cultura?
–¿Cuál es la tarea del ciudadano común?
–La gran pelea es asumir la democracia. Sincerarla. Hay que enseñarle al Presidente de la República a que sea realmente demócrata. Nadie, en esta tarea, tiene derecho a colocarse en la acera de enfrente. Es importante elevar la discusión. Es importante que los socialdemócratas piensen y actúen como socialdemócratas; y los demócrata-cristianos piensen y actúen como demócrata-cristianos. Un cierto cinismo se ha apoderado de nuestros partidos. A veces, el cinismo se disfraza de resignación. Es así. Tiene que ser así. Tengo la obligación, como intelectual, como artista, o como lo que diablos sea yo, de tomarme en serio a los hombres que hacen política en Venezuela. Muchos de ellos han dado lo mejor de sí mismos en esa actividad. Por lo tanto, vale la pena reclamar inconsecuencias. Un día, Miguel Otero Silva me ofreció una columna en el Cuerpo C de El Nacional. Entonces pensé: José Ignacio, tienes cuarenta y ocho años, ¿cuándo carajo vas a decir lo que piensas?

Queremos recordar a Jose Ignacio Cabrujas refiriéndonos a su obra El día que me quieras, del año 1979.

La rebelión interior del personaje Pío Miranda en la obra El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas

Héctor Manrique y Jean Carlo Simancas
Los actores venezolanos Héctor Manrique (izquierda) y Jean Carlo Simancas interpretan a Pío Miranda y Carlos Gardel, respectivamente, en montaje del Grupo Actoral 80 (2013).
Señas particulares
Yo soy una persona de afectos. A mi vida la mueven los afectos. Yo no soy un intelectual. Durante un tiempo de mi vida pensé que lo era. Y resulta que no. A mí lo único que me mueve en la vida es el sentimiento, el afecto, las pasiones, las rabias. Yo soy llorón, muy llorón. Lloro hasta viendo televisión. La última vez que lloré fue viendo El chico de Chaplin, por enésima vez. Y siempre me hace llorar. Moqueo y todo.
(“Soy peludo, llorón y torpe”. En: José Ignacio Cabrujas habla y escribe, tomo II, p. 73).1
Así concluyó la entrevista efectuada a José Ignacio Cabrujas el 27 de mayo de 1987, con las palabras del autor hablando de sí mismo, realizada por la periodista Elizabeth Fuentes del diario El Nacional, con el título: “Soy peludo, llorón y torpe”, un artículo que esboza desde la perspectiva cabrujeana su autobiografía, tomando diferentes instancias de su vida a partir de la niñez, que lo condujeron hacia el teatro, las telenovelas, los artículos políticos y sus afectos; todo ello con el humor que le era característico, del cual el epígrafe precedente es una muestra.
José Ignacio Cabrujas habría cumplido setenta y seis años de vida el 17 de julio. Nació en el año 1937. Desde su fallecimiento el 21 de octubre de 1995 la prensa venezolana ha mantenido vigente su recuerdo a través de reportajes sobre el dramaturgo y entrevistas a muchas personas que le conocieron; diferentes grupos teatrales de Caracas y del interior del país, entre ellos los grupos de la Universidad de Oriente (UDO), han puesto en escena algunas de sus obras. También en distintos espacios culturales del país se han dado homenajes y talleres sobre el autor.
Queremos recordar este aniversario de Cabrujas refiriéndonos a su obra El día que me quieras, del año 1979. Es tal vez la obra más recordada, aplaudida, representada dentro y fuera de Venezuela y más vinculada a la propia vida, según las anécdotas que se cuentan, publican y también circulan en la Web. En los últimos años se ha recordado particularmente la admiración que su madre Matilde Lofiego tuvo hacia la figura del ídolo del tango, Carlos Gardel, quien estuvo en Caracas en junio de 1935. La imposibilidad de asistir al evento por la prohibición que le impusiera su celoso marido2 se convirtió en una anécdota esencial en la obra El día que me quieras, al vincular al cantante argentino con las damas de la familia Ancízar, en un fortuito encuentro que marcaría por siempre la vida de estas damas, al visitarlas en su caraqueña casa de La Pastora.

1.
Las obras de José Ignacio Cabrujas son muy ricas en posibilidades argumentales y expresivas, recursos escénicos y simbólicos. Nos referiremos solamente a un aspecto de El día que me quieras, lo que hemos denominado “la rebelión interior del personaje Pío Miranda”, no como un acto subversivo político, sino como un estallido sentimental y de expurgación existencial, de autorreconocimiento de sí mismo y de su propia verdad.
El marco temporal de El día que me quieras remite a 1935, en el último año de la dictadura de Juan Vicente Gómez. La obra incorpora anecdóticamente la visita del ídolo popular Carlos Gardel a Venezuela. Está conformada por siete personajes: tres mujeres, las hermanas Ancízar: Elvira, María Luisa y Matilde, y cuatro hombres: el hermano Plácido Ancízar, el novio de María Luisa, Pío Miranda, el cantante Carlos Gardel y su representante Le Pera. La lista de personajes aumenta al incluir los personajes referenciales, que forman parte de la extraescena y de la fantasía de los personajes.
Tanto el título general de la obra como los títulos de los actos se relacionan con los tangos interpretados por Carlos Gardel: “Rubias de Nueva York”,para elprimer acto o tiempo, y “Tut-Ankh-Amon”, para el segundo acto o tiempo. El autor enfatiza el transcurrir de las horas,ya del mediodía o de la medianoche, y se refiere a los actos como “tiempos” tal como ocurre en las obras musicales. Este tipo de división refuerza la idea de que una obra de teatro presenta su ritmo y tempo escénicos, en el sentido musical de los términos, ya sea por influencia de la ópera, como en el caso de Cabrujas, pero en realidad sí hay un crescendo desde el inicio hasta el final de las obras teatrales, marcado por la progresión del diálogo dramático.
Kurt Spang3 nos aclara que tempo es un concepto que, aunque proceda de la música, puede aplicarse al desenvolvimiento de las escenas porque marca las “variaciones de velocidad” de las mismas: si se acelera la trama a la manera de un movimiento musical como un allegro, un vivace, o también, si se retarda el desenvolvimiento de la trama a manera de un ritardando. De igual manera, las pausas y los silencios, nociones también de procedencia musical, cumplen un papel dentro de la escena y le imprimen a la obra un ritmo particular.4
Cabrujas reveló en una entrevista5 su atracción por la ópera:
(... ) Cuando escribo una obra de teatro, lo que tengo dentro de mí es meramente un sonido, no más que eso, no tengo un concepto muy claro, no sé lo que voy a decir, tampoco me importa mucho, lo que me importa es el sonido de lo que voy a decir, yo creo que ese sonido es único, que no hay dos sonidos para la misma obra, o para la misma escena, o para el mismo personaje. Un personaje es un sonido y no más que un sonido, no puede tener dos sonidos, hay que encontrarle entonces su tesitura, la manera como suena, y cuando creo encontrarlo, todo se hace fácil, porque entonces el texto, en vez de ser palabras, se vuelve una curva, como varias ondas, como “suave”, “fuerte”, “piano”, “pianissimo”, “forte”, “fortíssimo”, y la propia organización de ese material dramático, es para mí un canon musical... a una escena lenta, sigue una escena rápida, como si estuviera componiendo aquello, y eso me apasiona (... ).
Ello justifica, posiblemente, la nominación de los actos y escenas de algunas de sus obras como movimientos musicales. Y produce en las obras un efecto rítmico de aceleración o de retardamiento, según la naturaleza temática del acto o escena, en el “ritmo” y “tempo” escénico. Cabrujas intuye esta manera de ser de la obra teatral, en donde el concepto de “ritmo interior” y tempo se corresponden con una idea de musicalidad en el diálogo teatral, que procede de la estructura de la obra y se relaciona con la línea del tiempo. La imagen de la curva melódica se superpone en la línea temática a medida que avancen las anécdotas. En el caso específico de El día que me quieras el paso del tiempo acompaña las expectativas de la familia Ancízar ante la llegada de Carlos Gardel.

José Ignacio Cabrujas
José Ignacio Cabrujas.
2.
La primera parte de la obra transcurre en la vivienda de las hermanas Ancízar, en horas del mediodía. Se relaciona con los antecedentes de la llegada del cantante argentino a la ciudad de Caracas, por lo que la familia Ancízar está expectante ante tal acontecimiento. Esto les lleva a conversar sobre sus planes y proyectos futuros, el país, la revolución rusa, el posible viaje de Pío y María Luisa a los koljosz de Ucrania, motivados por su posible nueva vida de casados; pero también se comenta la llegada de Gardel a Caracas, el recibimiento del pueblo, la llegada de Gardel al hotel Majestic, la “perfección” del cantante, sus aires de gran mundo, la pulcritud, perfección de sus dientes, finura de sus modales, buena educación, superioridad, su permanente aroma. Al inicio de la obra, Elvira Ancízar, la hermana mayor, introduce las referencias sobre Carlos Gardel:6
ELVIRA: ¿Vieron las banderas? (Silencio) Dios mío, uno podría morirse viendo las banderas. Él no. Él va a pasar de largo del puerto al Ferrocarril, del Ferrocarril al Capitolio, del Capitolio al Panteón y del Panteón al escenario. No hay una flor en toda la ciudad. Te enfermas y buscas una flor y preguntas dónde hay una flor antes de caer muerta, y te dicen que no hay. Esta noche el Principal huele a magnolia. Y él viene de negro. ¿Se enteraron? ¿No es increíble que salte por encima de este asunto panameño y que en lugar de blanco nos entregue un invierno? Chaleco marfil, por supuesto. Como sabe. Como es. Ni una gota de sudor en todo el cuerpo. Ni siquiera cuando acarició las palomas en la plaza de las palomas. Aquella frente limpia y todo el mundo comentando: no suda, no suda...
En la segunda parte de la obra, en la medianoche, Carlos Gardel llega a la vivienda de la familia Ancízar y comparte con ella una velada, en la que el personaje Pío Miranda revelará sus frustraciones y angustias ante la familia de su novia y el cantante argentino. El personaje Carlos Gardel y su acompañante Le Pera traen al espectáculo teatral el recuerdo y la nostalgia por el ídolo popular. Es la figura que canaliza los sueños y fantasías de los otros personajes de la obra para quienes Gardel forma parte de la gran historia. La vivencia angustiada de Elvira y Pío Miranda también se relaciona con Venezuela. Así como sufren internamente, en lo personal, también sufren al país: sus contradicciones, su política, su apartamiento del mundo. La presencia de Gardel es la señal, el llamado de atención sobre la llegada a Venezuela del avance, de lo nuevo, del mundo. Las palabras de Elvira son ilustradoras, cuando Gardel está en la vivienda de las damas Ancízar y brindan por la alegría del encuentro:7
ELVIRA: (Con repentina alegría) ¡Dios mío de mi vida..! ¡Esta noche! (Enlaza su brazo con el de Gardel) Colgada aquí... del brazo de la historia... Dios mío... mi memoria... ¿Cómo hago para recordarlo todo dentro de mí? A ver... entraste por esa puerta... y yo estaba en la cocina... Salí... Matilde te entregó la espiga que simboliza la fertilidad de nuestro suelo... Y tú besaste la espiga y la devolviste a la tierra donde estará hasta el día de mi muerte... porque ese día, con tu permiso, quiero llevármela en el cajón del horizonte... para oler a poquito de esperanza... a olor tuyo... (Huele a Gardel)...
(...)
MATILDE: ¿Y a qué huele?
ELVIRA: (Inspirada) A universo... a Rey Mago...
“A universo... a Rey Mago”, “colgada del brazo de la historia”, son frases que resumen ese afán por encontrarse con el Mundo y moverse a su ritmo. La conciencia de los personajes les hace ver su marginalidad ante la historia y la cultura, la soledad espacial y temporal, la marginalización de la propia vida.
La llegada de Carlos Gardel a Caracas, el entusiasmo de la gente y de la familia Ancízar y, posteriormente, la irrupción de Gardel en su vivienda y sus vidas, tanto, que las marcará en un antes y un después, afectarán al personaje Pío Miranda, con lo cual se desencadena la expresión de sus frustraciones en público. Es el momento en que el malestar existencial de Pío irrumpe en esa noche de ensoñación y propicia el reconocimiento de sus propias mentiras y limitaciones. Impulsivamente, decide terminar con la farsa y engaño de su vida y revelar ante los Ancízar y Gardel lo que nunca hará: no se casará con María Luisa, no se irán de viaje, no cultivarán remolachas en ningún koljosz ucraniano...
Como acto escénico, negar en público, despojarse de la máscara social y asumir la propia verdad recibe el nombre de denegación o acto denegativo, y según Patrice Pavis8 es un recurso escénico que actúa como elemento distanciador en el teatro y puede propiciar en el espectador el proceso de identificación, al mostrarle “algo” de su propia realidad; o crear, también, un efecto de distanciamiento si el espectador se percata del juego de lo ilusorio en donde convergen realidad y fantasía. Desde el punto de vista del discurso, la denegación es un parlamento que incorpora marcas lingüísticas relacionadas con la negación: no, nada, nadie, tampoco, de ninguna manera, nunca, jamás, prohibido...
Desde el punto de vista psicológico, la denegación forma parte de un proceso interior del individuo y se verbaliza sobre todo en los momentos de crisis. Es una pulsión que procede de las emociones, que busca liberar lo que está reprimido, como dice Sigmund Freud,9 sobre todo cuando la persona logra reconocer su realidad a través de un proceso de revisión interna que le lleva a distinguir entre la realidad y la fantasía. También señala el autor que entra en pugna Eros, como principio de placer y de vida, con su contrario Tánatos, como el principio de autodestrucción y de muerte. En este sentido, Freud considera que la afirmación del yo pertenece al Eros, al instinto de satisfacción, mientras que la negación pertenece “al instinto de destrucción” porque implica una exclusión del sí mismo. Sin embargo, el autor también considera la negación como un símbolo liberador.10
Con Pío Miranda se manifiesta la denegación, a través de la cual expresa de manera alterada y dramática su fracaso personal, la noche que Carlos Gardel visita a la familia Ancízar. A lo largo de la obra salen a relucir los fracasos y frustraciones personales. La denegación del personaje Pío Miranda es tal vez, el acto denegativo más intenso en la dramaturgia de Cabrujas. Como elemento técnico es el punto culminante en la obra El día que me quieras. Como hecho existencial de un personaje es el desbordamiento de la angustia interior.
Desde el inicio de la obra vemos crecer la angustia de Pío ante las increpaciones de su cuñada Elvira. A ella le revelará sus mentiras y ambos se entenderán en un momento íntimo, sincero, cuando Elvira pronuncia las frases: “Vivimos tan mal, Pío Miranda, con los helechos y los canarios, y el Ecce Homo detrás de la puerta... vivimos tan mal...”.11 Ecce Homo, frase que se utiliza en la liturgia católica de la Semana Santa, rememora el momento en que Jesús es detenido y entregado a Poncio Pilatos, ya con el manto púrpura y la corona de espinas. Imagen del dolor y del sufrimiento humano, vistos según el cristianismo como una manera estoica de vivir, necesarios para alcanzar el cielo.
¿Decadencia y debilidad como sugiere Nietzsche en los ensayos de Ecce Homo? Simplemente, personajes comunes y corrientes, tal vez antihéroes, semejantes a cualquier persona de la vida real. No obstante, parte del drama está allí: la vida cotidiana es engañosa en su simplicidad. Detrás de ella se sostiene un sistema de valores totalmente alienante: religiosos, sociales, culturales, políticos, económicos. Los personajes de Cabrujas están inmersos en esos valores que identifican al venezolano. Sus problemas existenciales, sus dudas y vacilaciones, sus tristezas y frustraciones se corresponden con el sentir de los venezolanos contemporáneos a Cabrujas.12 Son tan parecidos a la realidad que nos reímos de ellos y, a través de ellos, de nosotros. Pero la rebeldía interior se revela a través de ese malestar y tristeza, del dolor existencial y, en el caso de Pío Miranda, a través de un acto denegativo, de estallido pasional en el mejor sentido del romanticismo.
Pío Miranda es un personaje triste, agobiado existencialmente. Trata de inventarse un mundo en donde los sueños sean posibles y así poder sobrellevar la vida. La llegada de Carlos Gardel a la vivienda de las Ancízar precipita su angustia, ya que su brillo y esplendor deja al descubierto las mentiras y fracasos de Pío. La figura de Gardel actúa como antagonista con respecto a Pío Miranda, marca un contraste, sobre todo por el entusiasmo de las Ancízar y la solicitud de ayuda de la novia María Luisa a Gardel para el viaje a Ucrania que emprenderían esa noche, y las ironías de Elvira al insinuar la mentira del viaje. Es cuando Pío exclama:13
PÍO: Está bien, señores... se acabó... vayan a vislumbrar a sus madres... ¡se acabó! Tengo diez años aquí... con el almuerzo al mediodía... Todo esto empieza... porque... digamos... veo un perro, así, con los huesos marcados... un costillar de perro... y me digo: coño... el perro con los huesos... como si la respuesta fuera mía... Excúsenme... no es verdad... no es mía... No es mi culpa... no me cabe el país... No tengo por qué responder... (Desesperado) Soy un príncipe... un boyardo sangrante... Excúsenme... no sé... maldito sea... no fui yo... me lavo las manos... (A María Luisa) No hay nada en Ucrania. No sé dónde queda Ucrania. No hay Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. No Hay Kamenev ni Zinoviev... no sé pronunciarlos. No hay Trotsky... ¡No hay Alliluyeva! ¡No hay Stalin! ¡No hay ventanal de la zarina, ni Bujarín doliente! ¡No hay Lenin! ¡No hay nada..!
MARÍA LUISA: (Grita) ¡Pío!
PÍO: Pregúntale a Elvira. Ella sabe. Ella es la única que sabe... Yo debo explicarle a un perro el porqué de su costillar... Yo... estoy mal... yo... me voy... y nunca más volveré a esta casa... No me esperes... ¡No hay nada! ¡No pasa nada! Mentí... ¡Esa es la palabra esperada, la palabra profética! ¡Mentí! ¡No hay Román Rolland! ¡Nunca le escribí a Romain Rolland..! ¡Me importa un coño Romain Rolland, y la paz y la amistad de los pueblos..! ¡Se terminó! ¡No hay regreso! ¡Se terminó! Gracias por el almuerzo... el perro me espera... y debo explicar por qué va a amanecer mañana... Adiós. Perdón. Adiós.
(Pío sale precipitadamente. Larga pausa. María Luisa se sienta en el sofá)
Pío confiesa su mentira, su miseria, de alguna manera su semejanza con el perro, tal como se dice coloquialmente, vivir “la perra vida”, imagen que se repite en Acto cultural en la denegación y soliloquio del personaje Cosme Paraima. Confesar la mentira en público es el punto culminante de la angustia, pero también el acto liberador que puede redimir y salvar o, por el contrario, hundir más. Desde la negación, Pío trata de refundarse en otra fantasía cuando expresa “Soy un príncipe... soy un boyardo sangrante”, pero la conciencia se impone en el reconocimiento de sí mismo y pide excusas. Un malestar que se extiende a la conciencia ante el país: “No me cabe el país”. Ni el país con sus miserias históricas, ni la propia vida.
El final de la obra nos deja con expectativas porque es un final abierto: la bandera del Partido Comunista dentro de la maleta de Pío y que su novia María Luisa desplegará esa noche sobre el sofá. Fin de las ilusiones en un solo día: no habrá matrimonio, no habrá viaje, no habrá revolución. Es también un diálogo implícito con el espectador y lector venezolano de 1979: no habrá revolución. Para ese momento el comunismo ya no es una ideología, ni una alternativa: es “algo”, sólo una bandera que reposa en el sofá. Es una dramaturgia que interroga al marxismo, lo ve como salvación, al menos en un momento de la historia, en la primera actitud de Pío Miranda, pero luego lo ve como algo extraño, ajeno y lejano. No sucederá nada. Venezuela continuará su rumbo al margen de la historia.14
Magistralmente Cabrujas concluye la obra sintetizando los ejes temáticos que caracterizan toda su dramaturgia: el individuo y su cotidianidad frente a la historia del país Venezuela, en diálogo permanente. Cuestiona un proceso histórico que ha generado muchos males a la vida venezolana en todos los órdenes de la vida. Presenta la conflictiva relación del Individuo con su Tiempo Histórico a través del humor, la ironía y la parodia, confrontando el tiempo y espacio personal con el tiempo y espacios de la vida pública venezolana.
La figura de Pío Miranda encarna ese conflicto que contrasta la realidad con los deseos y los sueños, con la necesidad de transformación interior a través del acto del descubrimiento de sí mismo, de buscar la utopía personal para traer a la existencia la posibilidad de un mundo mejor.

Referencias bibliográficas
Directas:
  • Cabrujas, José Ignacio (1997). El país según Cabrujas. 2ª Ed., Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, Perspectiva Actual.
    — (1965, 1971). Fiésole. En: Suárez Radillo, Carlos (1971). 13(sic) Autores del Nuevo Teatro Venezolano. Caracas: Monte Ávila, Col. Temas Venezolanos.
    — (1991). El teatro de Cabrujas. Caracas: Pomaire-Fuentes.
    — (1995). La viveza criolla. Destreza, mínimo esfuerzo o sentido del humor. Conferencia dictada el 12 de enero de 1995 en el ciclo “La cultura del trabajo”. Fundación Sivensa, Ateneo de Caracas (documento en línea; consulta: 11/03/02).
    — (2002; obra póstuma). Y Latinoamérica inventó la telenovela. Caracas: Alfa Grupo Editorial, Instituto de Creatividad y Comunicación Icrea, 15 (revisión de textos y prologuista, Leonardo Padrón).

Indirectas:
  • Ahumada, Yoyiana (2000). La obra inconclusa de José Ignacio Cabrujas (sobre los imaginarios de identidad cultural en la obra teatral de J. I. Cabrujas). Tesis de maestría. Teatroenlínea, Nº 4 (enero, 2006; documento en línea; consulta: 8 de julio de 2006).
    — (2010). “La visita de Carlos Gardel en 1935”. En: infoCIUDADANO, Caracas, 24 de junio de 2010 (consulta: 10 de octubre de 2012).
  • Brecht, Bertolt (1978). “Una nueva actitud ante el teatro: de la identificación al distanciamiento”. En: Adolfo Sánchez Vázquez. Lecturas universitarias. Antología. Textos de estética y teoría del arte. México: Unam, Coordinación de Humanidades, Dirección General de Publicaciones, 14.
  • Fuentes, Elizabeth (1987, 2012). “Soy peludo, llorón y torpe”. En: José Ignacio Cabrujas habla y escribe. Tomo II. Caracas: Equinoccio, Col. Papiros; pp. 65-73.
  • Mannarino, Carmen (1977). “Una dramaturgia de búsquedas. Experimentación y crecimiento (1950-1969)”. En: Dramaturgia venezolana del siglo XX (panorama en tres ensayos). Caracas: Centro Venezolano del ITI, Unesco.
  • Monasterios, Rubén (1990). Un enfoque crítico del teatro venezolano. 23ª ed., Caracas: Monte Ávila.
  • Pavis, Patrice (1998). Diccionario del teatro. Dramaturgia, estética, semiología. 9ª edición revisada y ampliada. Barcelona: Paidós, Col. Comunicación, 10.
  • Rojas Pozo, Francisco (1981). “Cabrujas y el teatro como una ilustración de la historia”. En: Nueva crítica de teatro venezolano. Caracas: Fundarte. Pp. 45-56.
    — (1995) Cabrujerías. Un estudio sobre la dramática de José Ignacio Cabrujas. Maracay: Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Upel).
  • Terrero, Lidia (1982). “Un día, cuando yo era niño, mi padre me llevó a ver un mago...” (entrevista). En: Revista Tinta Libre, Caracas, febrero, Año I, Nº 7.
  • Varios autores (2012). José Ignacio Cabrujas habla y escribe. Tomo II. Caracas: Equinoccio, Col. Papiros.

Notas
  1. Elizabeth Fuentes (1987, 2012): “Soy peludo, llorón y torpe”. En: José Ignacio Cabrujas habla y escribe. Tomo II. Caracas: Equinoccio, Col. Papiros; p. 73.
  2. C. f. Yoyiana Ahumada (2010): “La visita de Carlos Gardel en 1935”. En: infoCIUDADANO, Caracas; 24 de junio de 2010 (consulta: 10 de octubre de 2012).
  3. C. f. Kurt Spang (1981). Teoría del drama. Lectura y análisis de la obra teatral. Pamplona (España), Ediciones de la Universidad de Navarra; pp. 242-243.
  4. Kurt Spang señala que “(...) la pausa de los entreactos constituye casi siempre un salto, es una especie de puente entre dos segmentos temporales más o menos distantes, el espectador está llamado a ‘reconstruir’ a ‘llenar’ el hueco temporal que se abre entre acto y acto (...)”. En: Ob. cit., p. 243.
  5. C. f. Lidia Terrero (1982): “Un día, cuando yo era niño, mi padre me llevó a ver un mago...” (entrevista a José Ignacio Cabrujas). En: Tinta Libre (Revista), Caracas, Nº 7, febrero, año I; pp. 28-29.
  6. José Ignacio Cabrujas (1997). El día que me quieras. En: El país según Cabrujas. 2ª Ed., Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, Perspectiva Actual; p. 72.
  7. Ibíd., pp. 101-102. Subrayado y signos suspensivos en el original.
  8. Patrice Pavis (1998). Diccionario del teatro. Dramaturgia, estética, semiología. 9ª edición revisada y ampliada. Barcelona: Paidós, Col. Comunicación, 10; pp. 121-122.
  9. Cf. Sigmund Freud: “La negación” (1925), apéndice del capítulo VI: “El No y la posición del Objeto”. En: Jean Francois Lyotard (1979). Discurso, Figura. Barcelona: Gustavo Gili, Comunicación Visual (José Elías y Carlota Hesse, Trad.); p. 140-143.
  10. Ibíd., p. 141.
  11. José Ignacio Cabrujas, Loc. cit., p. 85.
  12. Las obras de Cabrujas siguen vigentes en sus planteamientos. Se trata del Ser Venezolano, cultural y existencialmente.
  13. Ibíd., p. 106. Puntos suspensivos en el original.
  14. Hoy vivimos en Venezuela un proceso histórico que ha traído al debate el replanteamiento del socialismo, el socialismo del siglo XXI. Los elementos culturales de signo negativo como “la viveza criolla” y corrupción administrativa, entre otros, que señala Cabrujas en su dramaturgia, siguen vigentes.

El día que me quieras EL DRAMA HISTÓRICO DE PÍO MIRANDA, por Alfonso Molina

El día que me quieras EL DRAMA HISTÓRICO DE PÍO MIRANDA, por Alfonso Molina

El día que me quieras 3
Las fechas son muy importantes en El día que me quieras, tanto dentro de la pieza teatral de José Ignacio Cabrujas como en su exterior. He perdido la cuenta de cuántos montajes se han realizado de la obra y de cuantos actores han interpretado a Carlos Gardel o cuántos a Pío Miranda. Pero recuerdo perfectamente aquella primera puesta en escena en el teatro Alberto de Paz y Mateos, a fines de enero de 1979, dirigida por el propio Cabrujas, quien fue presentando paulatinamente a María Luisa Ancízar, algunas veces interpretada por Gloria Mirós y otras por Manuelita Zelwer, a Pío Miranda, primero con el rostro del propio autor y director y una semana después con el de Fausto Verdial, a Elvira Ancízar, con la gran Amalia Pérez Díaz, a Matilde, con una joven Tania Sarabia, a Plácido Ancízar, protagonizado por un contundente Freddy Galavís, a Alfredo Lepera, con la gestualidad y la voz de Luis Ribas, y al mítico Carlos Gardel, con la figura imponente de Jean Carlo Simancas diciendo “me llamo Gardel”, cuando de forma sorpresiva se presenta en casa de los Ancízar al final del primer acto. La obra devino en referencia del teatro venezolano y en la pieza más emblemática de Cabrujas, al lado de Acto cultural, en su extensa producción para las tablas. Esto es historia. Treinta cuatro años después, el Grupo Actoral 80 celebra sus tres décadas de trabajo con la representación del montaje que su fundador, Juan Carlos Gené, realizó en 2005, con Héctor Manrique como Pío Miranda y, de nuevo, Simancas como Gardel. Entre una y otra fecha se ha escenificado en el Ateneo de Caracas, en el teatro Las Palmas, de nuevo en el Alberto de Paz y Mateos e incluso en el Festival Internacional de Teatro de Caracas del año pasado, bajo dirección de Manrique y con producción del GA 80. Hasta una película hizo el cineasta colombiano Sergio Dow en 1986, que nunca se estrenó en Venezuela. Ahora ¿en qué reside el éxito de este drama con toques de comedia que ha seducido a públicos de diferentes generaciones? Tal vez la respuesta se encuentre en las fechas y circunstancias que están dentro y fuera de la obra.
Comencemos con las internas. La pieza transcurre el 21 de junio de 1935, cuando Gardel arriba desde Nueva York para cantar en el teatro Principal de Caracas y al día siguiente marcharse a Medellín, con las consecuencias que conocemos. En diciembre de ese mismo año muere Juan Vicente Gómez, el caudillo militar que según Rodolfo Izaguirre no hemos logrado enterrar para siempre. Ya entonces Juan Bautista Fuenmayor, Rodolfo Quintero y Pío Tamayo han fundado el Partido Comunista de Venezuela en la clandestinidad mientras Gustavo Machado, Salvador de la Plaza y Miguel Otero Silva, en el exilio, militan en el Partido Revolucionario de Venezuela y se integran al Buró del Caribe de la Internacional Comunista. Tiempos de soñadores, como lo señala el crítico literario Roberto Lovera De Sola en su artículo ‘El gran ajuste de cuentas’, en la revista digital http://www.arteenlared.com, a propósito de su análisis de la novela El último fantasma, de Eduardo Liendo: “Y que los marxistas nunca han sabido interpretar nuestra realidad está claramente expresado en varios parlamentos de la obra El día que me quieras (1979) de José Ignacio Cabrujas (1937-1995), tanto que el propio Gustavo Machado (1898-1983) le confesó al dramaturgo lo verdadero que era su planteamiento: ‘nosotros éramos así’ (…) Nuestros comunistas eran unos soñadores, unos Pío Miranda (…) en cuyo nombre y apellidos evocó Cabrujas a dos de nuestros grandes utopistas: Francisco de Miranda (1750-1816) y Pío Tamayo”. En esos días la Unión Soviética se alza como la arcadia de los oprimidos, la esperanza de la justicia social, el fin de la explotación, etcétera, etcétera, bajo la conducción de un amado Josef Stalin que, sin embargo, ha aniquilado a todos sus rivales políticos y mantiene al pueblo soviético en una miseria terrible. Es la URSS que Pío Miranda invoca ante la ignorancia propia y la de la familia Ancízar. Un soñador con mucho de cobarde y mentiroso, que en un momento dado cuenta el suicidio de su madre, acepta que jamás tomará un autobús hasta Ucrania y confiesa que nunca ha escrito una carta al francés Romain Roland, premio Nobel de Literatura 2015 y admirador de la Unión Soviética. Ese el marco político e histórico de la pieza: una dictadura que está a punto de concluir, otra que está en pleno apogeo y un país que se aburre con la cotidianidad sometida y se deslumbra con la visita de un estrella gloriosa.
Sigamos con las externas. Cuando Cabrujas escribe El día que me quieras llega a su fin el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez y Luis Herrera Campíns ha ganado las elecciones en diciembre de 1978 pero aún no ha asumido. Se cumple un nuevo ciclo de la alternancia entre AD y Copei. Tiempos de un bolívar fuerte, de un PIB muy alto y de una de las inflaciones más bajas del mundo. La insurrección izquierdista ha sido derrotada en la década anterior y se ha producido la división del PCV en 1971 que da lugar al MAS, partido en el cual milita Cabrujas A la hora del estreno de la obra ya ha labrado una carrera como dramaturgo, director, guionista de cine y, muy especialmente, libretista de televisión, a pesar de las críticas de algunos sectores de la izquierda. En ese contexto político nacional presenta una obra que expone las miserias de un sueño de mentira, cuando del otro lado del Atlántico se habla de eurocomunismo y se cuestiona abiertamente la hegemonía del Kremlin. Diez años después, cae el Muro de Berlín y comienza a desmoronarse la Unión Soviética y su área de influencia. Esto también es historia. Luego de más de tres décadas El día que me quieras se repone en una Venezuela azotada por un régimen político sustentado en las ideas de aquella izquierda arcaica con un fuerte componente militarista y en un claro renacimiento del estalinismo. Sigue existiendo el fracaso conceptual en los Pío Miranda de hoy, suerte de reivindicación tardía de una equívoca noción de soñadores, pero en el campo político se manifiesta la usurpación de las instituciones y los poderes públicos con la poderosa garra de la corrupción y la sociopatía de los gobernantes. Si antes Pío era un perdedor que arrastraba a María Luisa Ancízar a un salto al vacío, ahora ese mismo Pío se ha multiplicado en el poder y depreda con su moralismo estatizante y colectivista. Menuda diferencia. Me parece evidente que José Ignacio Cabrujas habría sido hoy un personaje muy incómodo para el régimen que nos gobierna desde hace quince años.
Por todo lo anterior, El día que me quieras no solo no ha perdido vigencia sino que ha incrementado el interés del público sobre la miseria humana de una quimera totalitaria y falsamente justiciera que ha acechado nuestra historia desde principios del siglo pasado. La fortaleza de este texto emblemático se enriquece con la puesta en escena que Gené realizó en 2005, cuando se cumplían diez años de la desaparición de Cabrujas, y que el Grupo Actoral 80 ha repuesto con gran fidelidad, con un equipo de lujo y un elenco muy profesional y bastante homogéneo, en el Teatro de Chacao hasta el 21 de julio. Una representación que ya conocemos, muy emotiva, que envuelve al espectador, le hace reír, pero ahora rápidamente establece un vínculo entre las frases de Pio Miranda y los discursos de la actualidad. En el fondo, sabemos que esa mirada de Cabrujas no pretendía condenar moralmente a Pío Miranda ni observar con desprecio a los Ancízar, sino simplemente mostrarlos como seres humanos, con sus sueños y contradicciones. Por eso, al final del segundo acto, después de que se ha ido Pío, una desconsolada María Luisa despliega la bandera roja con al hoz y el martillo sobre el sofá, al compás de las notas de La Internacional, mientras solicita que se quede allí, “por lo menos esta noche”. A lo que Elvira, comprensiva, le responde: “esta es tu casa, María Luisa, tú dispones”.