Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

sábado, 28 de enero de 2017

EL FIN DE LAS ILUSIONES, LA HAMBRUNA Y LOS MILITARES Antonio Sánchez García

Antonio Sánchez García estudió historia y filosofía en la Universidad de Chile y en la Universidad Libre de Berlín Occidental.
Ha sido profesor de Historia Medieval y Moderna en la Universidad de Chile, Investigador del Centro de Estudios Socio-Económicos de la Universidad de Chile, Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania, Profesor de Filosofía Contemporánea en la Maestría de Filosofía de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Ha sido columnista de El Mundo, TalCual, El Nuevo País, Notitarde Valencia y actualmente es colaborador de la Revista Zeta y El Nacional.
Pero posiblemente más importante que todo esto es el hecho de que Antonio Sánchez García, quien llama a Venezuela su hogar y quien comparte morada con nuestra querida amiga Soledad Bravo, vivió en carne propia las persecuciones del régimen de Pinochet y nos cuenta en exclusiva y con detalles lo que significa para él el aniversario de los 40 años del golpe de estado contra el Presidente Allende.




Tiempos oscuros y tenebrosos, de cuyo desenlace no tenemos la más mínima idea. Si Aníbal Romero está en lo cierto, Francisco I llega a destiempo. Tendrá que cantar las misas de responso de un mundo aparentemente feliz y satisfecho que se hunde irremediablemente ante nuestros ojos. Si la tiene Ibsen Martínez, que Dios nos agarre confesados. Nuestro país no podría estar en peores manos.




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            Leo a media semana dos artículos verdaderamente demoledores, aparentemente distantes en su temática y su objeto, pero sin ninguna duda profundamente emparentados pues se refieren a dos graves crisis: la crisis estructural, económica, política y moral que afecta a la globalización y el orden internacional sustentado sobre los resultados de la Segunda Guerra Mundial, el primero de ellos; y porque el segundo desnuda en toda su crudeza y horror el papel jugado, según su autor,  por quienes obtienen provecho en la generación y aprovechamiento de la hambruna que sufre el pueblo venezolano en estos días aciagos de los tiempos que vivimos: las fuerzas armadas.

            El primer artículo al que me refiero apareció este miércoles 25 de enero en las páginas de El Nacional bajo la firma de Aníbal Romero y se titula El rey está desnudo. En él da cuenta de lo que bien podríamos llamar “el fin de las ilusiones de la pos guerra”, a saber: el derrumbe de las máscaras con que el progresismo mundial, que encontrara en Barack Obama la cima y el abismo de lo que llamamos “el buenismo”, eludió durante décadas asumir la realidad de una nueva época que pugnaba por expresarse, enfrentar las consecuencias negativas de la llamada globalización, los peligros del terrorismo talibán y dar cuenta del precio que cargaban los Estados Unidos sobre sus hombros desde el derrumbe de la Unión Soviética, sosteniendo en solitario un precario equilibrio mundial, al precio de sus propios intereses nacionales. El utópico sueño del estado supranacional, del “buenismo” progresista y del entendimiento por sobre las realidades fronterizas se está viniendo al suelo. Donald Trump no sería la causa, sino la consecuencia de lo que su elección comienza a poner de manifiesto. La sociedad “progre” se dio en el gusto de tener un presidente de color que jamás llamó al monstruo musulmán por su nombre. Un gesto de elemental cortesía genética en el primer presidente en la historia de los Estados Unidos que es de color y tiene nombre y apellido musulmanes. Precisamente en medio del fulgor de la llamada “guerra de las civilizaciones”. Y prohijó las dictaduras si ellas eran de izquierda, olían a socialismo y estaban aromatizadas con los efluvios del Manifiesto Comunista, como la tiranía castrista, a la que le ofreció todo sin pedirle nada. Volviéndole simultáneamente las espaldas a la acorralada, escarnecida y vilipendiada democracia venezolana, llevada al paredón precisamente por los hombres de Fidel y Raúl Castro, cuya mano ha venido a estrechar en medio de nuestra tragedia. He allí el precio: en Venezuela se sufre una crisis humanitaria sin precedentes en la región, y en Italia ya hay más minaretes que campanarios. Siendo la cuna del cristianismo, hoy en repliegue y a la defensiva, con sus papas jesuitas que calzan como anillo al dedo con la época que está siendo sepultada. Por fin en Occidente: dos papas “progre”. Que detestan al liberalismo y le hacen carantoñas al socialismo de sesgo marxista. ¿Se entiende la afinidad de las temáticas?

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            El segundo artículo de referencia apareció ese mismo 25 de enero en el más importante periódico del mundo hispanoamericano, El País, de España, firmado por uno de sus más destacados columnistas, el escritor y dramaturgo venezolano Ibsen Martínez. Se titula Hambruna y Militares, una conjunción aparentemente insólita y absurda pues no han sido jamás los militares, en ningún lugar del planeta donde han gobernado,  quienes han sufrido de hambrunas. Las han provocado. En la Unión Soviética, en China y desde luego en la Cuba del período especial, cuando los cubanos perdían la vista por sufrir de avitaminosis. Hasta que llegaron a socorrerlos los militares golpistas que asaltaron el Poder en Venezuela, se rindieran a los pies del tirano ofrendándole nuestra soberanía y llevan dieciocho años haciendo y deshaciendo en la tierra de Simón Bolívar. De eso trata, con brutal crudeza y directo lenguaje, el artículo de Martínez. De la responsabilidad por acción y por omisión de los militares venezolanos en la creación y gestión de la crisis humanitaria que hoy padece Venezuela. Desnuda el que sin duda ha de ser el más oprobioso y siniestro combate librado por las fuerzas armadas chavistas: el asalto a la renta petrolera para hacerse de monumentales cantidades de dólares preferenciales, importar alimentos y venderlos a precio de dólares de mercado negro. Con lo cual las víctimas no son ejércitos extranjeros vencidos en campos de batalla, la última de las cuales se libró contra los últimos rezagos de los ejércitos españoles hace casi dos siglos en los campos de Carabobo. Sino misérrimos, famélicos y hambreados ciudadanos venezolanos que deben ver de qué manera, a pesar de sus escuálidos salarios, los más bajos del continente y probablemente del mundo, se   hacen de los alimentos, a veces vencidos y de pésima calidad, a precios superiores a los que frescos y de buena calidad se venden en los mercados de Ciudad de México, Buenos Aires, Santiago de Chile, Manhattan, Paris o Roma.

            Citemos a Ibsen Martínez, provisto de la autoridad periodística que da El País, de Madrid y un justificado prestigio periodístico en Venezuela y América Latina: “Por detrás de todo lo que el represivo régimen que, organizado a imagen del Estado policial cubano, brinda sostén a Maduro y hace todo lo posible por negar a los venezolanos el derecho al voto, persiste la más inicua forma de corrupción, mucho más repugnante que todos los negociados de Odebrecht: el monopolio militar de la importación fraudulenta de alimentos” Por causa de lo cual “es hambruna la que padece mi país. Una interminable y apocalíptica calamidad que lleva a miles de venezolanos no solo a hurgar en los vertederos en procura de alimentos, sino a ver morir a sus hijos por enfermedades agravadas por la desnutrición.”

            La causa, según el afamado autor de la exitosa telenovela POR ESTAS CALLES, que encendiera en los años noventa el ánimo contestatario y anti sistema de quienes hoy hurgan en los basurales para encontrar sustento, lo que jamás, en dos siglos de historia,  se diera antes del asalto de Hugo Chávez y Nicolás Maduro al Poder, radica en “la militarización de la importación y distribución de alimentos que ha prosperado en el curso de más de tres lustros y que ha hecho multimillonarios a centenares de oficiales de alta graduación… Hablamos aquí de cárteles dedicados al trapicheo de dólares baratos, otorgados a dedo, y descomunales órdenes de compra de alimentos. Todo ello en colusión con mafias especializadas en crear empresas fantasma, que, a su vez, sobrefacturan las compras masivas de alimentos. En muchos casos se trata de alimentos vencidos. Para ocultar la evidencia de sus fraudulentos manejos, los generales no han vacilado en enterrar centenares de contenedores llenos de pollo y carne de res descompuestos… Se benefician estos desalmados del desastroso control de cambio de divisas instaurado por el protervo ministro de economía chavista, Jorge Giordani.” (El País, 24 de enero de 2017).

            Tiempos oscuros y tenebrosos, de cuyo desenlace no tenemos la más mínima idea. Si Aníbal Romero está en lo cierto, Francisco I llega a destiempo. Tendrá que cantar las misas de responso de un mundo aparentemente feliz y satisfecho que se hunde irremediablemente ante nuestros ojos. Si la tiene Ibsen Martínez, que Dios nos agarre confesados. Nuestro país no podría estar en peores manos.