Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

lunes, 30 de enero de 2017

Pío Miranda y Cabrujas hoy. LA OPINIÓN DE Alberto Arteaga Sánchez


EL NACIONAL30 DE ENERO DE 2017 12:38 AM
Conversando ante la charcutería de un supermercado hoy convertido en “hipomercado”, una aguda e inteligente amante del teatro me formuló algunas observaciones después de ver El día que me quieras, sobre el personaje de Pío Miranda en la realidad y en el momento actual.
Cabrujas retrata en esta obra, con su proverbial agudeza, el cuadro venezolano, en la cual, en 1935, la visita de Carlos Gardel se inserta en el día a día de una familia caraqueña que vive el sueño del artista y el delirio de un fanático estalinista.
Pío Miranda es un convencido de la causa comunista más ortodoxa, un creyente en el hombre nuevo y un paraíso que seguirá a la desaparición del capitalismo y que, desprendido de la realidad, sin preocupación por el trabajo, solo aspira al mundo mejor que le ofrece su dogma en materia de fe política. Convencido de su causa, no tiene tiempo para enfrentar el duro trajinar que lo conecta con la vida y el quehacer diario. Mientras Elvira, María Luisa, Matilde y Plácido viven sus ilusiones y los avatares propios de su edad, Pío Miranda sólo piensa y discurre sobre las consignas del marxismo más elemental de los manuales de exportación de una revolución fracasada.
Los Pío Miranda de Cabrujas no constituyen una ficción y hoy adquieren las características que da el poder. Todos los hemos conocido, amparados y cubiertos por el manto de la democracia, formados como tantos venezolanos por una educación gratuita y becas de postgrado del Plan Gran Mariscal de Ayacucho, siempre defendiendo sus posiciones radicales en cafetines universitarios o en foros abiertos, con absoluto respeto por sus ideas y hoy ubicados cómodamente en el gobierno, usurpando el poder antes anatematizado, con olvido de su vieja posición, pero ocupados afanosa y compulsivamente en la invención de consignas “irrebatibles” que se afincan en los órganos que todo lo deciden “por el pueblo”.
Sería injusto no reconocer que hay revolucionarios de verdad que han sido consecuentes con sus ideas, críticos de la situación actual de Venezuela, que luchan por hacer realidad un sueño cuya inducción solo ha producido hambre, miseria, exclusión y abuso del poder. Pero los hay, no pocos, que pregonaban teorías en el pasado al amparo de las instituciones cuya destrucción anunciaban, que, simplemente, viven de espaldas a la realidad que no quieren ver, cómodamente instalados en el sistema y protegidos por “planes”, “interpretaciones” y “decretos con fuerza de ley” que solo protegen al poder.
La obra de Cabrujas y sus personajes nos dejan un mensaje y muchas reflexiones. La sociedad venezolana reclama el respeto a sus libertades. Tenemos derecho a vivir mejor, derecho a una existencia digna, derecho a no ser gobernados por déspotas revestidos de apariencia de legalidad; y tenemos derecho a soñar y a vivir con las ilusiones sencillas de El día que me quieras.
Y, por supuesto, la mirada, la voz y el canto de Carlos Gardel iluminan un camino de esperanzas que nada tiene que ver con el delirio de Pío Miranda, ni mucho menos con su encarnación en ilusos o en vivos de oficio, “enchufados”, que todavía hoy nos pretenden vender un paraíso en la tierra a costa de engaños, baratijas y vacías consignas que a nadie convencen, como las de una “revolución” para hundir más a los pobres y enriquecer a los poderosos; una “guerra económica” que en todo caso la perdió el gobierno; un “desacato” que se ha convertido en la perversa justificación para liquidar la representación del pueblo en la Asamblea; y un diálogo sin término que solo constituye el pretexto para no llegar a ningún resultado concreto, a la espera del milagro de una nueva engañosa “misión salvadora del pueblo”.