Razón del nombre del blog

Razón del nombre del blog
El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

miércoles, 12 de marzo de 2014

El nuevo libro de Rafael Osio Cabrices se titula "Apuntes bajo el aguacero. Cien crónicas empantanadas"; imaginarán los conocedores de la situación venezolana que ese título alude a la dificultad que implica intentar describir ese país: la complejidad, intensidad y velocidad de sus transformaciones hace ver al periodismo como tomar notas bajo una lluvia incesante, que borra en parte cada línea que acabas de escribir.

Rafael Osio Cabrices: Desde hoy a la venta mi nuevo libro

Durante ocho años, de octubre de 2004 a octubre de 2012, publiqué la columna La Vida Sigue en la revista Todo en Domingo, que circula encartada en el diario El Nacional de Venezuela.
Varios temas toqué en ella, pero el de la convivencia en las ciudades fue siempre uno de los principales. Algunas de esas notas fueron reproducidas en este blog, pero hay varias más que tienen contenidos pertinentes para los interesados en la experiencia mayoritaria de nuestra era: la vida en ciudades.
Es fácil verlo en el libro que sale hoy a la venta en ebook y en los próximos días impreso también en Venezuela. Se titula Apuntes bajo el aguacero. Cien crónicas empantanadas; imaginarán los conocedores de la situación venezolana que ese título alude a la dificultad que implica intentar describir ese país: la complejidad, intensidad y velocidad de sus transformaciones hace ver al periodismo como tomar notas bajo una lluvia incesante, que borra en parte cada línea que acabas de escribir.
Desde hoy está a la venta el ebook en el sitio web de Cognitio, una editorial especializada en libros electrónicos. Pueden comprarlo allí desde cualquier lugar del mundo para cualquier dispositivo electrónico de lectura, Kindle, iPad y todos sus equivalentes.
Tapa diseñada por Cynthia Rodríguez para la edición electrónica de Cognitio
Tapa diseñada por Cynthia Rodríguez para la edición electrónica de Cognitio
Y durante los próximos días, se distribuirá en librerías de las ciudades principales de Venezuela la edición impresa en la editorial La Hoja del Norte, la misma que ha editado títulos exitosos como Afiuni: la presa del comandante, de Francisco Olivares, o El dragón en el trópico, de Michael Penfold y Javier Corrales. 
Tapa diseñada por Jaime Cruz para la edición impresa de la editorial La Hoja del Norte
Tapa diseñada por Jaime Cruz para la edición impresa de la editorial La Hoja del Norte
A continuación, copio el prólogo que muy generosamente escribió para Apuntes bajo el aguacero uno de nuestros más brillantes historiadores, Tomás Straka, director de la Maestría en Historia de la UCAB y autor, entre otros, de La voz de los vencidos, La épica del desencanto y Las alas de Ícaro.
Ha sido un diluvio
En aquel tiempo llovió durante cuarenta noches y cuarenta días. Una humanidad entregada a la violencia fue arrasada por otra mucho mayor desatada por el cielo. Al final sólo quedaron “los advertidos”, como los llamó en un famoso cuento Alejo Carpentier, es decir, ese puñado de hombres a los que cada cultura recuerda con el privilegio de recibir siquiera una señal de lo que vendría. Aquellos que pudieron hacer una barca y escapar: Noé, Uta-na-pistim, Manu, Deucalión o Amalivaca, por sólo nombrar a cinco. Cada uno, cuando finalmente escampó, tuvo el talento y la energía de crear una nueva humanidad.
Los venezolanos que nacimos en el último cuarto del siglo XX hemos visto llover por bastante más que cuarenta días con sus noches. No sabemos si los que sobrevivan serán capaces de crear una nueva humanidad. No sabemos ni siquiera si algún día escampará. Pasamos la adolescencia entre nubarrones que se volvieron tempestades. A cántaros cayó el agua mientras estábamos en la universidad. Pasamos el umbral de los treinta años y el mal tiempo no dio señales de amainar. Al contrario, arreció. Lo capeamos como pudimos. Encaminamos –bien, mal o regular- nuestras vidas, muchos nos casamos y compramos apartamentos; bastantes ya han tenido sus hijos; estamos aterrizando en nuestros cuarenta, tenemos algunas canas y lo notable es que no para de llover. ¿Hubo advertidos entre nosotros? Tal vez se ponderen por tales los que hicieron una barca y se marcharon en busca de su propio Monte Ararat (¿no cabría Noé como la metáfora bíblica de una especie de balsero mayor?). A lo mejor se ponderen igual aquellos que como Isaías o Ezequiel usaron las advertencias divinas para acicatear a la sociedad, involucrándose en la política, reclamando los necesarios cambios morales para una salvación. ¿Era un “advertido” el Uslar Pietri que de muchachos leíamos en el liceo y veíamos en la televisión? ¿Lo era cuando desde la altura de su talento y la profundidad de su naufragio político nos pintaba un futuro con proporciones de desastre bíblico? Al menos para quien escribe, las imágenes de las vacas flacas y del festín de Baltasar le llegaron inicialmente por la capacidad uslarpietriana de dibujar a sus sentencias con los colores más vivos.
Y si Uslar Pietri fue (o al menos quiso ser) el Daniel criollo que le tradujera a los gobernantes venezolanos los signos trágicos que Yahvé les pintaba en el horizonte y que sólo él –aseguraba- podía descifrar; dos adecos arrepentidos –y en cuanto tales, en gran medida arquitectos del sistema que entonces empezaba a desquebrajarse- intentaron el papel de Jonás en las calles de Nínive: en 1976 Domingo Alberto Rangel y Juan Pablo Pérez Alfonzo pronosticaron un desenlace sombrío cuando la fiesta apenas parecía despegar. Como quien grita el fin del mundo en las calles de su ciudad, no rehuyeron ser aguafiestas. El resto de los venezolanos, hay que admitirlo, les reconoció su condición de profetas, pero no por eso se preocupó demasiado en oírlos (el remoquete con el que los coronaron, “profetas del desastre”, tiene un evidente tono burlón). Finalmente, José Ignacio Cabrujas, con sus crónicas sabatinas y sus obras de teatro y televisión, que como dardos afilados aguijoneaban a la conciencia nacional, también pudiera entrar en este juego de profetología criolla. A pocos los celebraron tanto. A pocos los tomaron menos en serio (porque es más fácil aplaudir que tomar en serio).
No es el momento de determinar en qué medida Uslar Pietri, Rangel, Pérez Alfonzo y Cabrujas, los grandes augures de las décadas que van de 1970 al 2000, fueron atinados en sus visiones. En la actualidad hay quienes los interpretan –sobre todo al primero, que nunca abandonó del todo la arena política- como francotiradores que dispararon contra el sistema sólo para ayudar a su derrumbe y, tal vez sin saberlo, allanarle el camino a otro peor. Cabe, naturalmente, mucho de eso en su balance histórico. Pero esto tampoco puede ocultar los vicios y falencias del régimen anterior que, cuando menos, hicieron verosímiles sus críticas de venezolanos preocupados por la marcha de su país. O el sagrado derecho que en una democracia todos tienen de expresar su opinión.  En todo caso, Uslar Pietri se deslindó rápidamente del régimen de Hugo Chávez y Rangel le hizo pública oposición. Pérez Alfonzo y Cabrujas ya estaban muertos para cuando llegó al poder. Aunque se pueden tener sospechas, es imposible saber si lo hubieran apoyado o no.
El conjunto de textos que Rafael Osío Cabrices ha reunido en Apuntes bajo el aguacero. Cien crónicas empantanadas, recuerda, por muchos aspectos, a las prédicas y angustias de aquellos “profetas”. Generacionalmente, es coetáneo con el autor de estas líneas, por lo que conoce bien de qué aguacero habla. No hay manera de saber si el diluvio que ha sido nuestras vidas nos llevará a alguna forma de redención. Lamentablemente no somos hombres veterotestamentarios a los que se nos revela el futuro por prodigios de Dios. Estamos más cerca de la angustia venezolana de los augures que hace treinta años anunciaron un desplome que finalmente se verificó, que si hicieron de “profetas” fue por el estudio y el solo uso de la razón. De hecho, al leer estas crónicas –Osío Cabrices las llama así, pero: ¿dónde en realidad termina la crónica y comienza el ensayo?- vemos una clara ilación entre ellas y los problemas de fondo que los movieron: si vamos a la base antropológica e histórica, el caso del criollo que ve un poco sorprendido los numerosos cortocircuitos de sus valores al entrar en contacto con los de buena parte de su sociedad.
Hay numerosas explicaciones sobre esto –que casi podríamos llamar género: lo que Jorge Bracho ha llamado “el discurso de la inconformidad”- que van desde las recepciones diversas y hasta contrapuestas de la modernidad, o de nuestras distintas modernidades; hasta las viejas teorías de la civilización contra la barbarie que apuntalaron las angustias de nuestros bisabuelos y que creíamos superadas para no volver jamás. Cuando Osío Cabrices y quien escribe nacieron, en Venezuela parecía haber advenido el imperio de la “civilización” (las comillas no son por simple corrección política, aunque admitimos lo que de eurocéntrico y excluyente tenía el término). El proyecto que encarnó Rómulo Gallegos se había impuesto sobre todo lo que representaba Doña Bárbara, o parecía estarse imponiendo de manera definitiva: el autoritarismo, la ilegalidad, la violencia que no reparaba en usar sicarios, la religiosidad transaccional del chamanismo, el resentimiento como resorte fundamental, el mujiquismo como horizonte moral. O eso al menos es lo que se creía en las urbanizaciones de aquella clase media que también parecía estarse consolidando. Por algo los “profetas del desastre” o eran objeto de risas complacientes, o blancos de ira e indignación.
Pero aquellos venezolanos alimentados, vestidos y educados como nunca antes en la historia del país no percibieron –o no percibieron lo suficiente- que el proyecto de modernidad (de “civilización”: ya en los setenta no se usaba esta palabra) tenía sus flancos débiles y sobre todo un correlato alternativo, que había llegado a acuerdos impensables con el espíritu de Doña Bárbara que no desapareció cuando la “guaricha” regresó a los ríos de donde vino, que se recombinó con el proyecto civilizador del que la democracia se consideraba heredera. Y no se trata, como en los textos de Gallegos, de una dicotomía campo-ciudad, acaso reconfigurada en barrio-urbanización, porque el fenómeno tuvo un alcance longitudinal, penetrando en todos los estratos. Ni los barrios son solo coto de “barbarie” como, respingones, creen algunos; ni las urbanizaciones lo son de la “modernidad”. El famoso montaje de Meyer Vaisman pudiera presentarse de dos maneras: como el rancho que es un elegante apartamento “funcionalista” por dentro (como en la realidad pasa tantas veces, y no sólo en términos de menaje, también en los de muchos de sus valores); o como el apartamento que se “ranchifica” en la medida que uno se adentra en él. Cuando el modelo económico quebró y la versión, digamos, gallegiana de la modernidad se hizo más difícil de sostener, las certezas de quienes creyeron y apostaron en ella fue difuminándose hasta casi desaparecer. Dice Osío Cabrices en uno de los textos recogidos en este libro que “me preocupaba dejar constancia por mi parte, entre muchas otras personas que también lo han hecho desde sus miradas respectivas, de lo que estaba ocurriendo con este país que creía estar encaminado a otras cosas”. En otro se repite a sí mismo, como quien invoca un mantra, que los países no desaparecen.  El problema es que a veces sí lo hacen (verbigracia Nínive); o al menos desaparece una forma de que lo sean, una forma de sentirlos. No desaparece el país: desaparece tu país.
Naturalmente, admitimos que esta explicación es cuando menos simplificadora, pero sirve para entender esa necesidad que tuvo Osío Cabrices de aportar un sentido a las cosas que pasan. También para explicar ese estado de ánimo que recuerda al de cien años atrás, cuando después de lo que parecía el sostenido avance de los días de Guzmán Blanco, otra generación de venezolanos llegaba a sus treinta enfrentados a la bancarrota del Estado, una sucesión de guerras civiles, grandes amputaciones territoriales y dictaduras. Así, desconsolados, llegaron a convicciones como las del “continente enfermo” (César Zumeta), del finis patriae (Díaz Rodríguez), la condena a vivir bajo “gendarmes necesarios” y “césares democráticos” (Vallenilla-Lanz). Osío Cabrices no ha llegado tan lejos y nada hace prever que, desencantado y acaso envilecido, termine entregándose a un tirano, como lo hicieron aquellos intelectuales. Confiesa en la introducción de este libro que en 2004 empezó a publicar en la revista Todo en domingo, que viene encartada en el diario El Nacional, la columna de la que acá hace una antología, con el propósito de “invitar al pensamiento independiente, a mirar de nuevo más allá de lo aparente, a tener el coraje de distanciarse un poco de unas cuantas mentiras que ciertas tradiciones han alojado entre nosotros” pero, sobre todo, porque “pretendía brindar un consuelo frente a los problemas que arrasan a Venezuela”, de allí su título: “La vida sigue”.
Por eso es que está más cerca de los “profetas del desastre” del último cuarto del siglo pasado: hay que recordar que más allá de sus admoniciones, de sus amenazas, de sus imágenes apocalípticas, los profetas al cabo quieren conmover a una sociedad, hacerla mejor, dar una esperanza de porvenir. Es decir, son por esencia demócratas y optimistas, ya que creen en las potencialidades del pueblo para que libremente pueda cambiar el rumbo de su destino (de allí la importancia de los libros en la configuración de la democracia moderna entre los siglos XVII y XIX). Para Vallenilla-Lanz los venezolanos éramos los condenados ninivitas, que no tenían remedio; para Cabrujas o Pérez Alfonzo, somos un pueblo que si oye, tiene al menos una esperanza de salvación. Con el agua de su propio diluvio en los tobillos, Osío Cabrices  se propuso “traducir el cómo se siente vivir y escribir en un país que parece sumergido por una inundación bíblica que hizo todo más difícil –moverse, conversar, permanecer sano, descansar, encontrarse con los otros, reconocer el paisaje- y en la que el agua, oscura de miedo y de escombros, no se escurre por más que pasan los años”. Aunque, como en todo ensayo, es una visión personalísima, militante de determinados valores políticos, puede extenderse a todo un sector de la sociedad que, como hemos oído tantas veces de tantas personas, siente que este país “ya no es suyo” (porque es ostensible, al menos si apelamos a los resultados electorales, que otro sector está algo más que contento con este orden de cosas, quizás como resultado de la otra “modernidad” que también se desarrolló generando otros valores y sociabilidades).
A ocho años de la primera entrega de la columna es muy temprano para hacer un balance. Podemos avizorar que sus entregas constituyen un importante testimonio histórico que en un futuro será muy valorado para compulsar nuestra actualidad, o al menos una determinada sensibilidad y unos determinados valores frente a la misma. Percibimos en ellas un tipo de escritura que se mueve entre la narrativa no ficcional, periodística, que está tan de moda (y en la que el lenguaje está obteniendo algunos de sus mejores triunfos), y el ensayo libre, que ya configura un estilo, un tono propio, que de un momento a otro reventará en otras obras y seguramente dará de qué hablar. Pero, sobre todo –y si se nos dispensa el que también nos atrevamos a profetizar- algo nos dice que la prédica no fue en vano, que no fue un clamor en el desierto (sigamos con los profetismos), que el universo de sus lectores representa una opción cierta para que, cuando un día por fin escampe, se produzca un nuevo pacto social. No nos atrevemos a decir una nueva humanidad (ni nosotros ni este diluvio damos para tanto), pero nos daríamos por bien pagados si por lo menos podemos fomentar un orden mejor de convivencia. Es entonces cuando veremos, en toda su amplitud, lo que encerraba el llamado de la vida a continuar, a no rendirse, a dar un paso adelante y seguir.
Tomás Straka

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