Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Cuando sorpresivamente el Estado Islámico (EI) emergió en la escena en 2013 y en pocos días sus combatientes ocuparon extensos territorios habitados por suníes en Irak y Siria, hasta los servicios de inteligencia activos en la región tuvieron que admitir su desconocimiento sobre este nuevo protagonista. A diferencia de Occidente, en Medio Oriente la religión aún juega un papel predominante en la vida de los pueblos.

Por qué y para qué combate el Estado Islámico


Cuando sorpresivamente el Estado Islámico (EI) emergió en la escena en 2013 y en pocos días sus combatientes ocuparon extensos territorios habitados por suníes en Irak y Siria, hasta los servicios de inteligencia activos en la región tuvieron que admitir su desconocimiento sobre este nuevo protagonista.
A diferencia de Occidente, en Medio Oriente la religión aún juega un papel predominante en la vida de los pueblos.
Cuando se habla de suníes y chiíes, las diferencias no son comparables a las que existen entre católicos y protestantes en el Occidente contemporáneo, sino que hay que retroceder hasta las guerras de religión europeas (1524-1649), que se cuentan entre las más brutales y sangrientas de la historia.
Así como la europea Guerra de Treinta Años (1618-1648) no tuvo solamente orígenes religiosos, los conflictos entre suníes y chiíes también obedecen a diversas motivaciones, frecuentemente exacerbadas por las diferencias religiosas.
Desde que Estados Unidos presionó a los gobiernos de Arabia Saudita y Pakistán para que, tras la invasión soviética a Afganistán en 1979, organizaran la contraofensiva de los yihaidistas, pasando por la emergencia de Al Qaeda y los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, siguiendo por la invasión de Afganistán en 2001 y de Irak en 2003, y las acciones militares en Pakistán, Yemen, Somalia, Libia y Siria, parece que Washington tiene el efecto contrario del rey Midas: en cada crisis en que interviene su mano, todo se convierte en ruinas.
Ahora, con el levantamiento del EI, antes conocido como ISIS, y otras organizaciones terroristas, todo Medio Oriente está en llamas. Nadie debe cometer el error garrafal de suponer que se trata de un movimiento local destinado a desaparecer, o ignorar su influencia sobre multitudes de militantes suníes marginalizados y desilusionados.
En razón de su ideología, fanatismo y crueldad, de los territorios que ya ha ocupado, y de sus ambiciones regionales y quizás globales, el EI configura la mayor amenaza desde la Segunda Guerra Mundial. Tiene el potencial de cambiar el mapa de Medio Oriente y desafiar los intereses occidentales en el golfo pérsico o arábigo y más allá.
Desde que el islam apareció en los desiertos de Arabia en el siglo VII con su mensaje monoteísta y el eslogan: “No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta”, cambió la condición de los árabes y dio origen a una religión y una civilización que hoy en día tiene unos 1.500 millones de fieles en todo el mundo.
A diferencia de otros profetas que no alcanzaron a ver en vida el éxito de su misión, Mahoma no solo logró unir a los árabes en la península arábiga en nombre del islam. También creó un Estado y reinó sobre los convertidos al islam como gobernante y como profeta. Fue así un caso único en la historia de las religiones.
En consecuencia, mientras las demás religiones tienen en mente un Estado ideal, el “reino de Dios”, como una aspiración futura, para los musulmanes el Estado ideal se encuentra en el pasado, en el gobierno de Mahoma en Arabia, en la vida y las enseñanzas del profeta.
Cuando en el bienio 1516-1517 el ejército del sultán otomano Selim I conquistó Siria, Palestina, Egipto y Arabia con sus santuarios, el sultán asumió el título religioso de califa. Por lo tanto, el imperio otomano fue a la vez el califato suní.
La caída del imperio turco otomano y la abolición del califato en 1922 no solo fue traumática en sentido político y militar, ya que al mismo tiempo los suníes perdieron la máxima autoridad religiosa con su función unificadora.
Para muchos occidentales es difícil comprender el sentimiento de derrota y humillación de los suníes como consecuencia de las pérdidas sufridas en el siglo pasado. Para tener una idea, imaginemos la caída de un poderoso imperio cristiano multisecular junto con la abolición del papado.
Con el fin del califato, los países suníes fueron divididos y controlados por potencias extranjeras, que impusieron su dominación en los planos económico, militar y cultural.
Antes del colapso del imperio otomano las potencias occidentales y Gran Bretaña en particular, habían prometido a los árabes que a cambio de levantarse en armas contra los turcos, se les concedería la formación de un califato islámico en las tierras árabes sujetas al imperio otomano.
Además de traicionar esa promesa, Francia y Gran Bretaña secretamente fraguaron el acuerdo Sykes-Picot (1916) para repartirse las tierras árabes.
Y en virtud de la Declaración Balfour (1917), Londres ofreció al movimiento sionista un territorio en Palestina que no era suyo, para “dar un hogar al pueblo judío”.
Cuando terminó la era de la colonización, en todo el Medio Oriente ascendieron al gobierno, golpes de Estado mediante, regímenes de militares que habían luchado contra la dominación extranjera: el general Kemal Ataturk en Turquía, el general Reza Khan en Irán, el coronel Gamal Abdel Naser en Egipto, el coronel Muammar Gaddafi en Libia.
También los golpes militares en Siria e Irak, que sucesivamente llevaron al poder al partido Bath, con el general Hafez Al Asad en Siria, y el brigadier Abd al-Karim Qasim, el coronel Abdul Salam Arif y Saddam Hussein en Irak.
Prácticamente todos los países de Medio Oriente alcanzaron la independencia mediante golpes de militares que ignoraban el bagaje histórico, cultural y religioso de sus propios países y eran completamente ajenos a los conceptos de democracia y de derechos humanos.
Los gobiernos castrenses lograron establecer un cierto orden, a punta de bayoneta.
Ante la ausencia de organizaciones de la sociedad civil, de tradiciones democráticas y de libertades sociales, el único camino abierto a las masas deseosas de sacudirse las dictaduras militares fue el de volver a la religión y utilizar las mezquitas como sus cuarteles.
La aparición de movimientos religiosos como la Hermandad Musulmana en Egipto, Ennahda en Túnez, el Frente Islámico de Salvación en Argelia, Al Da’wah en Irak, y otros, representó la mayor amenaza para los regímenes militares, que los reprimieron y proscribieron.
La tragedia de los modernos regímenes mediorientales ha sido su incapacidad de coexistir con los movimientos islámicos y, por lo tanto, con los amplios estratos sociales que aquellos representaban.
Es así como, tras repetidas derrotas y humillaciones entre los militantes suníes, especialmente entre los árabes cuyos países fueron divididos y sometidos al colonialismo occidental y después a dictaduras militares, fue creciendo la añoranza por el califato.
Cuando se pronuncia la palabra califato islámico, los suníes comprometidos experimentan un sacudón de adrenalina.
El fracaso de los regímenes militares y la marginalización y la eliminación de agrupaciones de inspiración religiosa han desembocado, ahora, en la irrupción de un movimiento extremista.
El grupo terrorista EI se vale de esta situación y basa su atractivo en la convocatoria para el resurgimiento del califato.
*Ex profesor y ex decano de la Facultad de Lenguas de la Universidad de Isfahan, enseña desde hace 28 años en el Departamento de Educación Permanente en la Universidad de Oxford

El misticismo en la mecánica cuántica: una controversia olvidada

El debate sobre mente y materia se ha reducido a la dicotomía ciencia versus religión

12/06/2009 - Autor: Yaiza Martínez - Fuente: tendencias21

Albert Einstein y Rabindranat Tagore
Albert Einstein y Rabindranat Tagore
A principios del siglo XX, un grupo de físicos europeos revolucionó el mundo al desvelar el extraño funcionamiento de la materia a nivel microscópico. Fue entonces cuando ciertas mediciones revelaron que, de alguna manera, la conciencia humana podía influir en la composición de la realidad. Inmediatamente, se creó un debate entre los físicos materialistas -que negaban cualquier subjetivismo en la ciencia- y los físicos idealistas, que defendían que el ser humano podía ser a un tiempo actor y observador del mundo. Este apasionante debate decayó a mediados del siglo XX, dando paso a la consabida dicotomía “ciencia vs. religión". El historiador Juan Miguel Marín, de la Universidad de Harvard, propone sin embargo que los físicos actuales no olviden las interpretaciones iniciales de los físicos fundadores de la teoría cuántica, porque a través de ellas podría enriquecerse la perspectiva de la física moderna.

Juan Miguel Marín, historiador de la Universidad de Harvard, acaba de publicar en el European Journal of Physics un artículo en el que habla de la controversia entre misticismo y materialismo que, a principios del siglo XX, se generó a partir de los descubrimientos de la física de partículas.
Marín se pregunta en dicho trabajo si el misticismo tiene aún un lugar en la mecánica cuántica de hoy día o, por el contrario, la idea de que la mente juega un papel en la creación de la realidad ha sido trasladada ya por completo al ámbito de las reflexiones filosóficas.
En la revista PhysOrg.com, que publica una síntesis del artículo del historiador con declaraciones suyas, se explica que el origen del debate se produjo en Alemania, en los años 20 del siglo pasado, y que estos “enfrentamientos” entre físicos materialistas e idealistas de entonces fueron muy distintos a los debates que hoy día generan entre científicos religiosos y científicos ateos.
Ausencia de dicotomía
A principios del siglo XX, por ejemplo, religión y ciencia no estaban tan divididas como hoy día, y algunos de los más eminentes físicos de la época se sentían especialmente inspirados por el misticismo oriental.
A pesar de las diferencias entre una y otra época, Marín afirma que estudiar las interpretaciones originales sobre la mecánica cuántica podría ayudar a los especialistas actuales a entender mejor la teoría, y también podría resultar de gran importancia para el público general.
Según el historiador, “ser conscientes de este tema (de las primeras y diversas interpretaciones dadas a los descubrimientos de la física de partículas) permitiría que la audiencia general se diese cuenta de que existen muchas otras alternativas a la que ofrece la dicotomía entre ciencia y religión”.
De hecho, “ciencia versus religión es una forzada elección reciente, que los fundadores de la mecánica cuántica jamás habrían reconocido ni mucho menos aceptado”.
Introducción de la conciencia
A principios del siglo XX, los físicos descubrieron que, aunque en nuestra vida cotidiana las cosas parecen existir sin que pongamos nada de nuestra parte, es decir, independientemente del observador, en el nivel cuántico de la materia no ocurría lo mismo, ya que las observaciones científicas podían afectar a lo que se estaba observando, explica Marín.
La conocida como “interpretación de Copenhague” para esta característica del mundo cuántico fue la siguiente: no se puede hablar de una realidad objetiva más allá de lo que se nos revela a través de la medición y de la observación. O, en otras palabras, nada se puede afirmar de lo que pasa cuando no se observa.
El debate sobre la introducción de la conciencia en la ecuación de la interpretación del mundo cuántico, tal y como explica Marín, se inició en 1927, cuando Einstein (físico materialista) acusó a Neils Bohr (físico idealista) de aplicar a la ciencia un misticismo incompatible con ésta.
Bohr negó estas acusaciones y culpó a Einstein de no haberle entendido bien cuando afirmaba que los humanos eran tanto actores como observadores del mundo. Porque, aunque Bohr pensaba que los procesos cuánticos sucedían sin la necesidad de los observadores, también simpatizaba con la idea de que la extensión de la teoría cuántica podría ayudar a comprender la conciencia.
Einstein, por su parte, se opuso de manera inflexible a cualquier subjetividad en el terreno científico y, de hecho, dedicó gran parte de su vida a buscar evidencias que fundamentaran la teoría de la mecánica cuántica dentro del realismo.
Físicos y también filósofos
Por otro lado, el físico Wolfgang Pauli fue defensor de algunas de las ideas que Einstein rechazaba. Por ejemplo, estaba a favor de un “misticismo lúcido” que fuera una síntesis entre la racionalidad y la religión.
Pauli creía que la teoría cuántica podría unificar los enfoques científico/psicológico y filosófico/místico de la conciencia. La perspectiva de Pauli estaba influenciada por la filosofía de Arthur Schopenhauer, a su vez influenciada por las religiones orientales.
Otros físicos ofrecieron perspectivas distintas. Marín señala que Max Planck, por ejemplo, consideraba que la religión y la ciencia eran compatibles, porque creía que ambas estaban basadas en la objetividad aunque referidas a distintas facetas de la realidad.
El físico inglés Paul Dirac, por el contrario, rechazaba cualquier tipo de vocabulario religioso señalando que “la religión es un revoltijo de falsas aseveraciones con ninguna base de realidad”.
Se extiende el misticismo
En el año 1929, la controversia sobre el misticismo también se expandió al ámbito público. Ese año, el astrofísico Arthur Eddington publica The Nature of the Physical World, libro en que defendió el misticismo y con el que captó la atención de los medios de comunicación internacionales.
En los siguientes años, los físicos Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger tendieron también cada vez más hacia el misticismo, irritando a Einstein y a Planck.
En 1958, finalmente, Schrödinger, inspirado desde su juventud por Schopenhauer, publica las conferencias “Mente y Materia”, en las que argumenta que existe diferencia entre las mediciones con instrumentos y la observación humana: un registro con un termómetro no puede ser considerado un acto de observación dado que no contiene sentido en sí mismo.
Por tanto, la conciencia se necesitaría para hacer significativa la realidad física. Según concluye el físico: “algunos de vosotros, estoy seguro, lo llamaría a esto misticismo. Pero, con el debido reconocimiento al hecho de que la teoría física es en todo momento relativa, dado que depende de ciertas suposiciones básicas, creo que podemos afirmar que la teoría física en su estado actual sugiere fuertemente la indestructibilidad de la Mente por el Tiempo”.
Unificar física y mente
Tal y como señala Marín, las conferencias de Schrödinger marcan el fin de la generación que vivió la controversia del misticismo. Esta controversia desaparecería en la segunda mitad del siglo, cuando la cultura física de entonces se mezcló con el mundo anglo-americano.
La mayoría de los físicos actuales son, como Einstein, realistas, y no creen que la conciencia juegue un papel en la teoría cuántica. La perspectiva moderna dominante es que una observación no puede originar que un átomo exista en la posición observada, sino que, simplemente, el observador se encuentra al átomo como está.
Y eso a pesar de que ha habido posteriormente físicos y pensadores que han intentado rescatar las perspectivas de los físicos idealistas de los años 20, en libros como “El Tao de la Física”, del físico Fritjof Capra o “La danza de los Maestros” de Gary Zukav, e incluso en una película titulada “What the Bleep do we know?”, de la que ya hablamos en Tendencias21.
Pero, según Marín, hoy la ciencia se ve como opuesta a la religión, aunque en el origen de la física cuántica hubiera en realidad físicos religiosos y no religiosos a ambos lados del debate.
El historiador espera que los científicos puedan enriquecer sus propias posturas en investigación considerando cómo los fundadores de la física de partículas interpretaron su propia teoría.
Porque, para Marín, muchos físicos actuales quedarían impresionados si se acercaran a la manera en que Pauli o Weyl (un matemático alemán) describían, por ejemplo, el concepto de “campo” en sus artículos. Ambos estaban inmersos en el misticismo, buscando una vía para unificar mente y física, una vía que ahora parece perdida.

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