Razón del nombre del blog

Razón del nombre del blog
El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

sábado, 12 de noviembre de 2016

Mateo 13:9 El que tiene oídos, que oiga. Marcos 4:9 Y El decía: El que tiene oídos para oír, que oiga.Lucas 8:8 Y otra parte cayó en tierra buena, y creció y produjo una cosecha a ciento por uno. Y al hablar estas cosas, Jesús exclamaba: El que tiene oídos para oír, que oiga.Apocalipsis 2:7 `El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios.' Apocalipsis 2:11 `El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda.' (Parte VI)

ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA

Profesor de Filosofía Contemporánea en la Maestría de Filosofía de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela.

Porque esta humanidad ha dicho basta


El monstruoso error de cálculo de Nicolás Maduro y quienes lo controlan y dirigen desde La Habana comienza a saldarse con el cambio histórico que hemos comenzado a vivir en estos últimos días en Venezuela, y que no se detiene ni detendrá ante las clásicas consideraciones con las que esos mismos personajes – Fidel y Raúl Castro, Ramiro Valdés y la corte policíaca del G-2 y la tiranía cubana nariceando a Chávez y a Nicolás Maduro – vienen estirando la cuerda de la opresión, la explotación, el abuso, el saqueo y el sometimiento disfrazado de “socialismo del siglo XXI” y bolivarianismo: apretar la soga y salir gritando: “maten al ladrón”. Para endulzar el veneno disparando con ofertas de diálogo. Ese juego, que ya tiene diecisiete años, llegó a su fin. Para ver si lo entienden, lo diré parafraseando las palabras de Ernesto Guevara en la ONU en 1964: «Porque esta humanidad ha dicho ¡Basta! y ha echado a andar. Y su marcha, de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia”. Que, colmo de las contradicciones, no será la independencia frente a los Estados Unidos y el imperialismo norteamericano, sino frente al odioso, avieso y criminal imperialismo cubano. Último rescoldo del totalitarismo marxista del pasado siglo que han pretendido implantar en Venezuela en los comienzos de este tercer milenio apoyados en el rentismo petrolero y la monstruosa inconsciencia de las fuerzas armadas, convertidas en pandillas de narcotraficantes y saqueadores del erario.
Lo acaba de afirmar el en muy buena hora elegido secretario general de la OEA, Luis Almagro, que vino a sustituir al socialista chileno José Miguel Insulza, alcahuete de la tiranía cubana, del chavismo y del Foro de Sao Paulo: "si Venezolanos no toman acciones contundentes, estarán destinados a repetir la historia cubana". Asumiendo el único y legítimo poder de la República, el de la soberanía popular que le fuera delegada a este Congreso Nacional el pasado 6 de diciembre, su presidente, Henry Ramos Allup, las está asumiendo. La asamblea nacional ha decidido hacer valer en toda su profundidad y extensión el valor de nuestra Constitución Nacional, ha iniciado acciones para enjuiciar al sátrapa de los Castro en Venezuela, le ha dado un portazo en las narices a los correveidiles de la dictadura, de los cuales Zapatero debía ser declarado por nuestro futuro gobierno “personan non grata” por servir de lacayo del imperialismo cubano e incluso ha puesto en su lugar a quienes, sin considerar la abierta declaración de guerra de la dictadura al pueblo venezolano negándole el derecho a proceder constitucional, pacífica y electoralmente a la destitución del sátrapa colombocubano que nos desgobierna mediante un Referéndum Revocatorio, se propone como mediador en un diálogo absolutamente falaz, pues procede “post festum”. Me refiero concretamente al enviado del papa. ¿Dialogar sobre qué, si ya nos arrebataron el último resquicio constitucional para liberarnos del yugo dictatorial? ¿Para hacernos bajar la testuz y volver, una vez más, a afianzar las cadenas de la tiranía? Insólito en quién depositáramos tantas esperanzas.
El pueblo venezolano exige respeto. Ese respeto que Luis Almagro y los ex presidentes de Hispanoamérica, de Andrés Pastrana y Tuto Quiroga a Felipe González y Sebastián Piñera nos han dispensado con generosidad y grandeza en estos trágicos meses del despertar definitivo. Y se los exige por igual al Vaticano de SS Francisco y al prepósito de los jesuitas Arturo Sosa SJ como al Departamento de Estado, cuyo actual gobernante, Barak Obama, pasará a nuestra historia como el alcahuete de la dictadura y, lo que es mucho peor, de los tiranos habaneros.
Nuestro pueblo ha dado pruebas soberbias y magníficas de tolerancia, aguante y respeto al orden constitucional, así éste haya sido quebrantado y usado como vulgar pretexto para tiranizarnos y expoliarnos con saña y alevosía por parte de la bajeza castrocomunista nacional, en perversa alianza con las fuerzas armadas. Hundidas en la inmundicia del narcotráfico, la corrupción y los negociados, incluso a costas del hambre y la miseria del pueblo, la alta oficialidad ha demostrado su bajeza moral, su avaricia y su absoluta desconsideración por los valores patrios. Vladimir Padrino pudo haber pasado a la historia de nuestra liberación: prefirió hundirse en el estercolero de la dictadura. Ya el presidente de nuestra Asamblea barrió el piso con su pretendida autoridad. Es un vulgar servidor de los Castro.
Y aquí estamos: en la encrucijada. De no seguir el consejo de Luis Almagro y tomar decisiones drásticas y contundentes, nos espera medio siglo de cubanía. De asumir nuestro deber histórico, honraremos a nuestros mayores y volveremos a ser lo que jamás debimos perder: un ejemplo de libertad, tolerancia y prosperidad en el hemisferio. La decisión es nuestra.

Carta Abierta al padre Arturo Sosa S. J. 

ND 30 Octubre, 2014
Antonio Sanchez Garcia
Advertencia: Esta carta abierta fue escrita y publicada en junio de 2002, inmediatamente después de los hechos de abril, en respuesta al artículo escrito por el Padre Sosa a que se refiere*. Dados los más de 12 años transcurridos, la aterradora confirmación de todos nuestros supuestos y vaticinios así como la mantención de juicios y criterios que entonces nos situaban en aceras confrontadas, creo necesario volver a publicarla para esclarecer posiciones y determinar en justicia nuestras equivocaciones y errores.
Un veedor de buena fe me ha hecho llegar a través de la red un artículo del Padre Arturo Sosa* que promete ser no sólo un descarnado análisis de los dramáticos sucesos del 11, 12, 13 y 14 de abril recién pasados, que conmovieran a Venezuela y sorprendieran al mundo, sino una propuesta encaminada a encarrilar nuestros descarriados trenes, evitar el feroz choque final y arribar, en mancomunada armonía a una misma feliz estación: “la decisión colectiva de mirar hacia el mismo horizonte”.
¿Puede un intelectual y sacerdote responsable, como el Padre Sosa, sacarse de la manga una fórmula mágica que permita hoy reunir en un mismo mirador a Hugo Chávez Frías, Diosdado Cabello, Lina Ron, Freddy Bernal y José Vicente Rangel, por nombrar sólo a algunos de los pasajeros de uno de los trenes, con Pedro Carmona Estanga y Fedecámaras, Carlos Ortega y la CTV, y todos quienes participan del bloque opositor, desde los propietarios de los medios hasta la alta gerencia de PDVSA, pasando por esos multitudinarios sectores populares que marcharon el jueves 11 – ¿o es que populares son sólo los seguidores de Hugo Chávez? – y lograr una unidad de propósitos que los haga no sólo concebir, sino disfrutar al unísono de un mismo horizonte?
Tal comprensiva, humana y ambiciosa propuesta me llevó a leer con extremado detenimiento el largo ensayo del Padre Sosa. Dejo a las autoridades competentes ocuparse de los hechos luctuosos que él intenta esclarecer. Me intereso, en cambio, por “las perspectivas”, segunda parte de su enjundioso análisis. Para mi desconsuelo, no he encontrado una sola idea concreta que legitimara el interés despertado por la promesa. Pues para arribar al legítimo y humanitario deseo de Sosa, el padre, de unificar a tal extremo los bloques en conflicto, Sosa, el intelectual, debe eludir cualquier mención a los auténticos horizontes de nuestros “maquinistas”. Ni una sola palabra acerca del proyecto que nutre al “proceso bolivariano”, cero mención de los pasos concretos dados por el gobierno, el único y auténtico dueño de la locomotora, los rieles y la estación, en estos tres años de recorrido por imponerle a una parte que ya va siendo mayoritaria, su horizonte, que no es otro, como muy bien lo sabe el estimado Padre Sosa, que el del “mar de la felicidad cubana”. Y ha obviado, lo que es una grave falta de percepción indigna en un hombre de pensamiento, que en rigor el descarrilamiento al que estamos asistiendo atónitos y angustiados no es el de dos sino de un solo tren, para más señas llamado Venezuela. Tal tren, estimado padre Sosa, está en manos de un solo maquinista y un sólido equipo de obstinados carboneros, mientras una parte muy importante de sus pasajeros ha comenzado a reclamar, primero a viva voz y ahora ya con violencia, detener su marcha y cambiar al maquinista, so riesgo del más feroz descarrilamiento de toda nuestra atribulada historia. Muy abundante, por cierto, en tales sangrientos y espantosos enfrentamientos sociales que el padre Sosa equipara metafóricamente con un descarrilamiento.
No sólo omite Usted cualquier mención a los confesados, públicos y proclamados propósitos revolucionarios de Chávez y del chavismo –y sabe Usted muy bien a qué se refiere el término revolución en boca de Hugo Chávez o Fidel Castro, querido Padre Sosa, por no mencionar a Marulanda y al comandante Reyes – sino que en una suerte de prestidigitación se eleva Usted por sobre todos nosotros, comunes mortales, y desde la torre de control de la Venezuela Rail Road Company a la que sólo Usted pareciera tener acceso mide fuerzas con un desapasionamiento digno de mejor causa y utilizando la balanza del contable, decide que el enfrentamiento es entre dos vectores de igual magnitud e intencionalidad, igualmente responsable por la aparentemente inevitable catástrofe, y aunque subyace a sus palabras la evidente valoración mayor con que juzga a uno de ellos los considera meras fuerzas de atracción y repulsión físicas. Abstracción pura digna del mejor tomismo aristotélico. Desde esa torre proclama Usted finalmente la auténtica bitácora que debieran seguir nuestros maquinistas del futuro: “afirmar la necesidad de cambios estructurales en las relaciones básicas de la sociedad venezolana; reconocer la mayoría no polarizada de la sociedad, su sustrato democrático vinculado con el respeto al marco constitucional y la activación de la ciudadanía a través de organizaciones plurales que participan activamente en la reconstrucción de lo público.” La proposición contiene matices de grandiosa perspectiva histórica, luce prometedora y atrae la atención. Pero una vez detenidos a evaluar cada uno de los términos y a sopesar cada proposición con la rigurosidad que nos impone la responsabilidad histórica no dejan de sorprendernos algunas vagas imprecisiones. Muy querido padre Sosa: ¿con qué se comen los “cambios estructurales en las relaciones básicas de la sociedad venezolana”? Inteligente como Usted es no podrá dejar de advertir que puede llenar el predicado con soluciones políticas, sociales y económicas de la más diversa índole, desde las ya ensayadas y fracasadas marxistas leninistas, hasta las fascistoides propias de sociedades autocráticas, sin olvidar aquellas inmanentes al sistema democrático de gobierno: las socialdemócratas, las socialcristianas y hasta las propias del capitalismo globalizado, denigradas al vuelo como neoliberales. Si no nos aclara de qué estructuras y de qué cambios está hablando, la frase suena bella, pero es hueca: no dice absolutamente nada.
Viene luego lo de “reconocer la mayoría no polarizada de la sociedad”. ¿A qué mayoría se refiere, padre Sosa? ¿A una sociedad de amantes del pensamiento cristiano occidental que observa la marcha del 11, la carnicería de Miraflores y los saqueos de Catia, La Vega, La Yaguara, Antímano y Los Teques, desde aquel maravilloso mirador al que quisiera invitar Usted a Carmona y a Hugo Chávez o desde su personal Torre de control? ¿No estará usted tratando de pasarnos gato por liebre, poniendo en una misma balanza a los sectores activos y a los sectores pasivos de la sociedad? Y al referirse a aquellos, ¿poniendo Usted en un mismo plano los armados círculos bolivarianos con las inermes organizaciones de la sociedad civil desarrolladas al calor de la protesta contra las iniquidades del régimen?
Su bien intencionada objetividad científica me asombra. Pues siguiendo en esa misma tónica pasa luego a exigir “el respeto al marco constitucional”. ¡Eureka! Así, en bloque, ¿quién sino los disparatados golpistas del 11 lo han irrespetado? Es claro que tras esa neutral y ética exigencia de respeto a la constitución pasa Usted por alto -consciente o inconscientemente- algunos de los poderes asentados en esa constitución, como la Fiscalía General de la República, la Defensoría Del pueblo, la Contraloría General de la República y el Consejo Nacional Electoral. ¿Respetan los señores titulares de todos esos constitucionales cargos “el marco constitucional”? ¿Lo respeta quien ha convertido esa constitución en un totémico librito en miniatura para encubrir sus diatribas, sus insolencias, sus abusos y sus desmanes? ¿Lo respetan los círculos bolivarianos? ¿Lo respetaron quienes decidieron impedir el paso de la marcha del 11 por las calles que son de utilidad pública, según derechos consagrados en ese “marco constitucional”? ¿Lo respetaron los francotiradores y pistoleros apostados en los aledaños de Miraflores?
“La reconstrucción de lo público”- qué bella frase, padre Sosa. Resuenan en ella por lo menos ecos lejanos del lenguaje de la Filosofía del Estado y del Derecho del buen Hegel, el mismo que le diera al mundo la definición de “sociedad civil” –bürgerliche Gesellschaft, la llama. Y nos da Usted en el mismo envión la clave del sujeto que se hará cargo de tal reconstrucción: “la activación de la ciudadanía a través de organizaciones plurales”. Imagino que sabe Usted perfectamente que tampoco tal activación y sus organizaciones carecen de contenido previo al horizonte que tanto le apasiona. Hugo Chávez decidió hace aproximadamente dos años “activar la ciudadanía” con sus “círculos bolivarianos”, y como tal activación puede encontrar obstáculos en otras ciudadanías activadas, pasó según todos los indicios a dotar dichas “organizaciones plurales” con un sofisticado armamento, del que ya hemos recibido pública demostración el 11 de abril pasado.
En este punto no es malo ampliar nuestro horizonte histórico real –el de verdad verdad, no aquel ilusorio surgido de su bondadosa fantasía – al del mar de la felicidad. Pueda que gran parte del horror que parece estar sufriendo una buena parte de nuestra sociedad por el curso que lleva nuestro tren de marras se deba a la fundada sospecha de que su maquinista pretende llevarnos directamente a esa utópica estación final: La Habana. Y sabiendo en qué estado de participación real se encuentra la ciudadanía de nuestra querida Cuba, cuan plurales son sus organizaciones ciudadanas y por qué medios quien allí gobierna en solitario desde hace 43 años suele activarla cuando lo necesita – reclamos masivos ante la embajada de Estados Unidos, conmemoraciones en la Plaza de la Revolución, etc., etc., etc.- , una parte de nuestra sociedad cuyo número Usted no menciona pero seguramente no desdeña, decidió precisamente lo que Usted con un poco de tardanza y otros fines nos recomienda: se ha activado, ha salido a la calle y está en pie de guerra defendiendo su derecho a construir una sociedad justa, libre, moderna y democrática.
Que Usted no lo reconozca, asombra. Nuestra “sociedad civil” ya está activada, padre Sosa. No requirió esperar a su consejo. Y es una simple canallada pretender medirla con el mismo rasero platónico con que Usted pretende medir nuestras confrontaciones. Como si fuera una abstracción – mera realidad virtual la llama Rangel, nuestro áulico intrigante de palacio – perfectamente comparable con otros “vectores” sociales, como los presentes en los saqueos a negocios con sus saldos de muerte y desolación de modestos comerciantes, los intimidantes paseos motorizados frente a nuestros medios de comunicación, los asaltos a pedradas y martillazos a sus sedes principales, los ataques armados a rectorados y otros despachos universitarios, así como las ya recurrentes y a veces sangrientas agresiones a camarógrafos, fotógrafos y reporteros de ambos sexos, ocupados en sus deberes profesionales.
El problema no es este descolorido panorama en blanco y negro, súbita aunque no sorprendentemente teñido de rojo el 11, 12, 13 y 14 de Abril. No es un dato de la naturaleza que el país esté dividido, según su percepción, aparentemente en dos partes iguales, que homologa Usted con dos trenes desbocados. Esa es una flagrante falacia indigna de un intelectual como el padre Sosa. El país ha sido dramáticamente dividido, con intención, dolo, maldad y alevosía por quienes han vuelto con la prédica de la lucha de clases, un proyecto político y un proceso revolucionario que pretende aniquilar nuestra tradición democrática. Si es cierto que tras esta política conscientemente divisionista hay problemas de fondo que deben ser rápidamente enfrentados y resueltos con coraje, inteligencia y voluntad –aquello que Usted sin querer profundizar llama “problemas estructurales” y que se remiten a las escandalosas diferencias sociales que nos aquejan-, no es menos cierto que dichos problemas han sido agudizados antes que resueltos por quienes pretenden utilizarlos para alimentar sus ansias de Poder, cuando sabe Usted perfectamente bien, estimado padre Sosa, que pueden y debieran ser resueltos en el marco de una sociedad democrática, solidaria y justa, que busque modernizarse para hacerse próspera y participativa.
Chávez , bien por el contrario, pretende resolverlos por medio de una dictadura socializante y caudillesca, que nos retrotrae a lo más tenebroso y polvoriento de nuestro pasado. La inmensa mayoría de la población que le adversa, por medios institucionales y democráticos. ¿Da lo mismo una u otra fórmula si sólo nos atenemos a “la necesidad de resolver los problemas estructurales”? Si así fuera caeríamos en un indigno dilema moral: permitir las iniquidades de una dictadura -de cualquier signo, castrista o pinochetista- en nombre de la solución de los problemas básicos que nos aquejan. No puedo creer ni acepto que Usted, alto dignatario de la iglesia antes que “intelectual”, sea de tal predicamento.
Revolución o democracia: ¿cabe una reconciliación de los términos? Muy a nuestro pesar, no creemos posible que el chavismo y el anti chavismo miren a un mismo horizonte. La línea que separa a demócratas y revolucionarios es infranqueable. Son términos tan excluyentes y contradictorios, que han dado lugar a muchas y muy cruentas guerras civiles, como la rusa de Octubre de 1917 -y si consideramos la de 1905 y los enfrentamientos anteriores prácticamente desde comienzos del XIX- hasta hoy marcando todo el decurso del sangriento siglo recién pasado con sus millones y millones de cadáveres. La tarea consiste, pues, en iluminar los espíritus y permitir un reencuentro de todos, pero en este lado de la línea, del lado de la democracia, del lado de las libertades públicas, la alternabilidad, el sacrosanto respeto a los derechos humanos, la paz, la justicia y el respeto mutuo de todos los hijos de una misma nación, todavía vigentes entre nosotros gracias a nuestra “activada sociedad civil” y a la tenaz lucha de los medios de comunicación.
Ante la palabrería vana y auto complaciente que pretende, así sea de buena fe, encubrir este profundo hiato que nos tiene en este ruinoso estado, más vale el silencio.
junio de 2002
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* Arturo Sosa A., Del choque de trenes al programa mínimo: Venezuela: 4 – 14 de Abril de 2002, recientemente publicado en la revista Temas de coyuntura, 45/junio 2002.
@sangarccs

La venganza de Fidel

N D 9 Abril, 2014
Antonio Sanchez Garcia
El proyecto de Fidel se redujo a apoderarse de Venezuela, exprimirle sus riquezas hasta que la vaca petrolera reventara exangüe, reducir a la miseria a sus habitantes para castrarlos humana y políticamente, malversar sus riquezas para expandir su influencia en esta postrer oleada de éxitos regionales antes de su muerte y exhalar su último suspiro con la honda, la celestial satisfacción de haberse vengado de Venezuela y los venezolanos.
1
En un artículo de Elisabeth Burgos publicado en la Revista Zeta, de Caracas, el 21 de marzo pasado, además de analizar el efecto que podría haber causado en el propio Castro la incisiva y valiente misiva que la diputada María Corina Machado le dirigiese personalmente (http://abcblogs.abc.es/bochinche-venezolano/2012/01/31/maria-le-responde-a-fidel-castro/) adelanta un juicio que además de constituir un grave señalamiento respecto del talante del liderazgo venezolano tradicional, desvela una de las taras más nefastas de la actual situación político ideológica de Venezuela y toda la región: “El castrismo ya es parte de la estructura mental del comportamiento político del latinoamericano, de allí el milagro que significa el surgimiento en Venezuela de una generación de jóvenes libres de esa tara congénita…La rebelión ciudadana que desde febrero ha tomado las calles del país ha desplazado radicalmente las piezas del tablero y ha demostrado un hecho de suma importancia histórica. En Venezuela ha surgido una oposición que ya no es rehén del castrismo.” (http://elrepublicanoliberal.blogspot.com/2014/04/elizabeth-burgos-el-crimen-de-maria.html).
Ambas afirmaciones: la del condicionamiento del pensamiento político latinoamericano por el castrismo y la caracterización de sus élites en calidad de “rehenes del castrismo” resultan incluso inofensivas ante una realidad cuando menos escandalosa: todos los actuales presidentes de los países de la región fueron, han sido y seguramente siguen siendo castristas. De allí que lo de rehén no alcance a expresar en su verdadera dimensión la gravedad del momento histórico político que vive la región: el dominio incontestable de la hegemonía castrista, así se haya acoplado a las circunstancias concretas y se matice en función de los datos socioeconómicos y políticos de la región. Con una salvedad de extrema importancia, que es preciso considerar para comprender la extrema gravedad de la situación de exterminio en que se encuentra Venezuela: nuestro país ha sido excluido de las “bondades” del capitalismo globalizado con el que en su vertiente más socialdemócrata los integrantes del Foro de Sao Paulo han tratado a Brasil, a Chile, a la Argentina, incluso a Bolivia y el Ecuador. Venezuela ha sido castigada por los Castro a ser sistemáticamente saqueada y destruida.
¿Cuáles ha sido las razones para ese trato discriminatorio?
2
Para comprender esa exclusión de Venezuela de las bondades del capitalismo socialdemocrático con las que ex castristas militantes como Lula da Silva, Dilma Rousseff, Michelle Bachelet, Pepe Mujica, Rafael Correa e incluso Evo Morales consienten a sus países, hay que comprender en toda su magnitud otra aseveración del importante artículo de Elisabeth Burgos: “Fidel Castro es paciente en el odio y la revancha siempre termina tomándola”.
Con Venezuela, ese odio y esa revancha, que le fuera servida casi bíblicamente en bandeja de plata por un militar felón que le cayó prácticamente del cielo, llamado Hugo Rafael Chávez Frías, ha tardado medio siglo, más exactamente 47 años si contamos a partir de la ominosa y apabullante derrota militar que sufrieran sus mejores y más distinguidos comandantes de élite en el teatro de operaciones de las guerrillas castristas en la Venezuela de los sesenta – Falcón y Miranda, principalmente – y que vieran escaparse con la cola entre las piernas, gravemente enfermos y al borde de la desesperación nada más y nada menos que a Arnaldo Ochoa Sánchez, posteriormente condecorado como héroe en Ogadén, elevado a la gloria como el general victorioso de todas las batallas africanas y finalmente fusilado por sus propios compañeros de guerrillas en Venezuela: Ulises Rosales del Toro y Tomás Menéndez “Tomasevich”, que desembarcaran por Machurucuto el 7 de mayo de 1967 convencidos de que venían a dar un paseo y conquistarían el poder en unos pocos meses de escaramuzas con unos ejércitos tan cobardes, coruptos y decadentes como los batistianos.
No tuvieron ocasión de participar en una sola batalla de importancia: antes de que abrieran sus mochilas y prepararan sus kalaschnikof habían sido cruelmente hostigados por una selva como ellos no conocieran en Cuba, pasaron hambre y fatigas inenarrables, se los comió la gastroenteritis y la leihmaniasis y no hicieron más que escapar por los inhóspitos montes venezolanos acosados por los cazadores del ejército. No les dieron tregua ni respiros. Y en vez de ser ellos los acosadores, tal como dictan las leyes de las guerrillas, fueron ellos los acosados. Sin encontrar un campesinado que los recibiera en gloria y majestad, como se los prometiera la izquierda castrista venezolana, sino unos humildes trabajadores rurales comprometidos con su recién conquistada democracia. Vinieron por lana y salieron trasquilados. Si quiere enterarse con sus propios ojos del puesto que ocupaban todos ellos en la élite guerrera y belicista cubana, que consulte Dulces guerreros cubanos, de Norberto Fuentes. Y si el tema de la invasión de Cuba a Venezuela por Falcón y Machurucuto les interesa, que consulte La invasión de Cuba a Venezuela, de mi autoría sobre el relato del comandante guerrillero Héctor Pérez Marcano. El fiasco de los gloriosos generales de Fidel Castro en Venezuela demostró que sus recientes hazañas en la Sierra Maestra, en donde no se encuentra una serpiente venenosa ni en un serpentario, y frente a unos ejércitos corrompidos hasta la médula y desprovistos de todo respaldo nacional e internacional, estaba más cerca de la comedia que le montara Fidel Castro a los reporteros estrellas de los grandes medios norteamericanos que de la realidad de una guerra de carne y hueso, como vino a conocer por primera vez en Venezuela.
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En los primeros escarceos de intervencionismo en Venezuela, luego de su catastrófico encuentro con Rómulo Betancourt, que en un tête-à-tête celebrado en Prados del Este, a poco de que éste ganara las elecciones presidenciales, lo midió en minutos de arriba abajo y lo devolvió a La Habana con los bolsillos vacíos y el odio y la ira del despecho contenido en el rostro, sufrió una primera y colosal derrota política, entonces aliado al Partido Comunista Venezolano, que aún no comprendía la dimensión de la victoria de la democracia el 23 de enero de 1958. Quiso boicotear las elecciones presidenciales de diciembre de 1963, para empujar al caos, sembrar la violencia y asaltar el poder como ya lo intentara con sendos cuartelazos en Barcelona y Puerto Cabello. Desembarcó una tonelada de armas, que se les quedaron frías. No sólo fue un fracaso rotundo: la participación electoral superó el 90%. Venezuela se le negaba por las buenas y por las malas.
A ambas graves derrotas, la política del 63 y las militares, particularmente las de las guerrillas de los años 66 y 67, les había precedido una monumental derrota diplomática, impulsada por el mismo Rómulo Betancourt y de imponderables consecuencias históricas: el 31 de enero de 1962 en su reunión cumbre celebrada en Punta del Este, Uruguay, Cuba era expulsada de la OEA. Con el voto en contra de la misma Cuba y la abstención – vaya casualidad – de los países que hoy, con la excepción de México, constituyen el eje medular de UNASUR e insisten en mediar en el conflicto que vivimos y ha sido provocada, en rigor, por la propia Cuba castrista: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México. ¿Puede alguien dudar de que en el desvencijado corazón del tirano no arda una inextinguible llamarada de odio y rencor contra el único país latinoamericano que le dio una paliza y hundió su soberbia en el fango de la derrota?
De allí que la ocasión la pintaran calva y en la oportunidad de vengarse de su megalómano orgullo herido le arrancara el brazo al pobre infeliz que quisiera usurparle la herencia a Raúl Castro para, luego de ser tasajeado a placer en los inútiles quirófanos del CIMEQ, terminara descuartizado sobre un mesón de la morgue en La Habana. Si Fidel hubiera querido que Venezuela prosperara hasta convertirse en el paradigma perfecto del socialismo modélico, no tenía más que ordenarlo: con los trillones de dólares del petróleo, una población relativamente pequeña para un inmenso territorio atiborrado de riquezas, las fuerzas armadas postradas, todas las instituciones rendidas y un apabullante respaldo popular la Venezuela de Chávez pudo ser el único caso en el mundo en que el marxismo-leninismo-maoismo-castrismo-peronismo-guevarismo-allendismo exhibiera hospitales de lujo, escuelas y universidades computarizadas, autopistas de ensueño, urbanizaciones populares hollywoodenses, empresas mixtas boyantes, transportes dignos de la Tercera Fase, centros turísticos e industriales dignos del Primer Mundo y el logro, al cabo de milenios, de la ansiado utopía celestial sobre la tierra. Si Chile, sin una gota de petróleo, ha alcanzado los 20.000 dólares per cápita, ¿qué se lo impedía a un país dotado de las mayores reservas petrolíferas del planeta?
No fue el proyecto de Fidel, ni alcanzó a ser el sueño del pobre infeliz que se le ofrendara, un militar inculto, torpe, primitivo y carente de la más mínima grandeza. El proyecto de Fidel se redujo a apoderarse de Venezuela, exprimirle sus riquezas hasta que la vaca petrolera reventara exangüe, reducir a la miseria a sus habitantes para castrarlos humana y políticamente, malversar sus riquezas para expandir su influencia en esta postrer oleada de éxitos regionales antes de su muerte y exhalar su último suspiro con la honda, la celestial satisfacción de haberse vengado de Venezuela y los venezolanos.
La carta de María Corina debe haberlo despertado del ensueño y Elisabeth Burgos ha puesto los puntos sobre las íes: no logrará su propósito. Volverá a ser derrotado en territorio venezolano, como hace medio siglo, a pesar de que hoy todo pareciera jugar a su favor. Desde el Foro de Sao Paulo, la OEA y la UNASUR hasta la ominosa complicidad de quienes fueran sus crías de juventud. Salvo la juventud venezolana y sus nuevos liderazgos. Morirá como todos los tiranos que en el mundo han sido: sin lograr convertir al mundo que lo rodea en la imagen perfecta de sus sórdidos caprichos.
@sangarccs
La interpretación cristológica y hermenéutica de Nicolás Maduro
2 Marzo, 2014
¿Puede un gobernante travestir su praxis inmediata y manifiesta de crimen, robo, sangre, asesinato y devastación, brutal atropello de los derechos humanos y la prédica del odio universal como instrumento de máximo Poder, enmascarándola con el mensaje de Jesús, la venida del Reino de Dios y su concreción en una práctica concreta de amor universal? No es simplemente apostasía: es una estafa, una violación y un atropello a la Iglesia, que ningún fiel puede tolerar. Hacerlo significa traicionar no sólo a la Patria, sino a nuestras más íntimas y sagradas creencias.
A Asdrúbal Aguiar
Leo dos libros extraordinarios sobre Cristo y la impresionante relación de Israel con el Antiguo testamento. Dos temas que me parecen cruciales para la comprensión de nuestro devenir como miembros de la comunidad histórico cultural de Occidente, incomprensible sin el Cristianismo y la Biblia. Incluso sin la insólita historicidad del pueblo hebreo, cuya fidelidad y permanente recreación crítica y analítica de su propio pasado, único en la antigüedad de los pueblos semíticos, narrado, categorizado y metabolizado en las recreaciones literarias de la Biblia se constituyó en esencia de su identidad. El otro pilar sobre los que descansan nuestra conciencia y ser históricos, junto al grecolatino, su otro fundamento epistemológico. Incluso existencial.
En el primero de dichos libros, Jesús, la historia de un viviente, del teólogo holandés Edward Schillebeeckx, encuentro una fascinante interpretación de lo que podríamos denominar la secularidad de Jesús, su comprensión histórico antropológica en el contexto de las turbulencias sociales y espirituales de su tiempo y la inmensa fuerza salvífica de su Evangelio. Publicado en holandés en 1974 y en español en 2002, no puedo menos que encontrar poderosas resonancias de lo que hoy por hoy es el mensaje de nuestro Cardenal Bergoglio, Papa Francisco. Y que me arrancan de los ojos una venda que me ha impedido ver en todo su esplendor el sencillo, directo y conmovedor mensaje de Jesús para un mundo estremecido por las calamidades, que clamaba por un Mesías, un Salvador que rectificara el rumbo hacia el Apocalipsis. Y que renace, como entre nosotros, asediados por la calamidad de un régimen profunda, esencial, existencialmente anti cristiano.
¿Cuál era esa venda? La confusión entre la inmanencia y la trascendencia, la postergación del cumplimiento del Reino de Dios como promesa escatológica, a realizarse al final de los tiempos. Tras el Juicio Final. Promesa de la que han profitado y a la que se han aferrado los infieles del trastorno político de origen marxista leninista para mediar con sus postulados salvíficos entre una realidad que conminan a conquistar y devastar, para construir en su lugar, en un futuro mediato, su particular visión del Reino de Dios: la utopía o platónica sociedad perfecta. Una expropiación del auténtico mensaje evangélico de Jesús y su Iglesia que ha conducido a las mayores, más cruentas y crueles estafas. En el planeta entero, incluidas aquellas regiones ajenas a la tradición judeocristiana y grecorromana, como China y todas las sociedades orientales que cayeran bajo el influjo del marxismo leninismo. Millones de millones de crucificados en aras del partido, del caudillo, de una ideología perversa, estúpida y criminal. Que ha devastado a las sociedades que cayeron bajo su influjo, bordeando el Apocalipsis y desatando las mayores conflagraciones mundiales vividas por la humanidad. Llevándola al borde de la desaparición física.
Schillebeeckx lo resume en forma magistral: “Jesús, con su vida, da un rostro concreto al Reino de Dios: procurando el bien y la salvación del hombre, incluso corporal…Donde él aparece, desaparece el miedo, tanto a la vida como a la muerte: libera a los hombres y los hace más dueños de si mismos…La “ortopraxis” es la manifestación o reproducción consecuente del amor salvífico universal de Dios en términos de praxis humana…Jesús ve en esa praxis el signo de la venida de la soberanía de Dios y puede descubrir en su propia vida el signo de esa venida. Así, la venida del reino de Dios tiene en Jesús un factor humano de mediación…Todo esto hace que el nexo apocalíptico entre la esperanza escatológica y un inminente reino de paz se convierta en un nexo intrínseco entre la esperanza escatológica y una nueva praxis en este mundo, sin que por ello se deje de lado la idea de una salvación inminente…El don de la conversión, exponente histórico de la venida del reino, no tiene en Jesús el significado apocalíptico (mesiánico) de un “cambio de los tiempos” mediante una acción repentina de Dios, sino el de una nueva mentalidad, y una nueva actuación fundada en la convicción de que el Reino de Dios está cerca. El mensaje de Jesús sobre la soberanía y el reino de Dios es, por tanto, en su plenitud, el amor universal de Dios a los hombres, manifestado en su vida práctica, el cual constituye para nosotros una invitación a creer y esperar en esa salvación y en ese reino de paz y a manifestar confiadamente la venida de todo esto con una vida coherente: la praxis del reino…”[1]
¿Puede un gobernante travestir su praxis inmediata y manifiesta de crimen, robo, sangre, asesinato y devastación, brutal atropello de los derechos humanos y la prédica del odio universal como instrumento de máximo Poder, enmascarándola con el mensaje de Jesús, la venida del Reino de Dios y su concreción en una práctica concreta de amor universal? No es simplemente apostasía: es una estafa, una violación y un atropello a la Iglesia, que ningún fiel puede tolerar. Hacerlo significa traicionar no sólo a la Patria, sino a nuestras más íntimas y sagradas creencias.
[1] Edward Schillebeeckx, Jesús, La historia de un viviente, Trotta, Madrid, 2002, págs.140 ss.
Rómulo Betancourt y Fidel Castro
2 Enero, 2014
Al perder la singladura betancourista, la sociedad venezolana había perdido sus más poderosas armas de defensa política e ideológica contra el castrocomunismo. El precio ha sido espantoso. Y aún no lo conocemos.
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Los historiadores y estudiosos de la historia venezolana nos deben un análisis pormenorizado de la polémica y trascendental relación – no sólo para la historia venezolana sino para la región toda – entre Rómulo Betancourt y Fidel Castro. Posiblemente los dos paradigmas del enfrentamiento entre democracia y revolución o, si se prefiere, entre liberalismo y comunismo, que ha asolado al continente desde la constitución de los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial – que fuera una de sus consecuencias – y en particular durante la segunda mitad del siglo XX. Período durante el cual los desarrollos contradictorios y en paralelo de la democracia venezolana y la revolución cubana, paridas ambas por sendos líderes, constituyeron la alternativa político ideológica que movilizó la historia social y política de la región. Uno de cuyos subproductos serían las dictaduras militares instauradas a partir de los años sesenta como reacción al embate del castrocomunismo. Y cuyas consecuencias han adquirido una novedosa y singular actualización desde la configuración del Foro de Sao Paulo y la emergencia del chavismo y la ideología bolivariana desde los años 90. Que recicla, así sea solapada y veladamente, de acuerdo a las nuevas condiciones imperantes en el mundo, el enfrentamiento primario entre democracia y dictadura para América Latina.
El destino quiso atravesar en su camino a Betancourt y Castro. Castro, que viaja al encuentro constitutivo de la Organización de Estados Americanos en Bogotá en abril de 1948, financiado por Juan Domingo Perón, dado el confesado nacionalismo anti imperialista y filo peronista del joven universitario cubano, – por entonces más cerca de Mussolini y Hitler que de Lenin y Stalin. Hace escala en Caracas, pretendiendo un encuentro con el presidente Rómulo Gallegos o con el mismo Rómulo Betancourt, que no llega a producirse. Como tampoco el que pauta con José Eliézer Gaitán, cuyo asesinato da lugar al Bogotazo, en el que tiene una participación secundaria, debiendo escapar de Colombia gracias a las gestiones de la embajada cubana.
El encuentro entre ambos líderes se producirá, finalmente, una década después, recién triunfante la revolución cubana y electo primer presidente de la república democrática de Venezuela Rómulo Betancourt. Ambos procesos coincidentes en el desalojo de sus respectivas dictaduras: la de Pérez Jiménez mediante un levantamiento cívico militar que instituye una Junta Patriótica de Gobierno y el compromiso a dar inicio a un proceso de democratización de la sociedad venezolana; la de Batista mediante la violencia de una guerra de guerrillas rural y urbana respaldada por los Estados Unidos y el gobierno de la Junta de Gobierno venezolana.
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Es en el fulgor de ambos procesos, antinómicos en su esencia, contradictorios en sus formas y obedientes a las dos visiones estratégicas – democracia o dictadura – que representan a la perfección ambos líderes, que tiene lugar la trascendental reunión entre Fidel Castro, líder indiscutido de la Cuba revolucionaria – de cuyos propósitos sólo se conoce por entonces su naturaleza popular y democrática – y Rómulo Betancourt, recién electo presidente de la República al frente de su partido Acción Democrática, con un claro, publicitado y aplaudido propósito de instaurar lo que se ha venido en llamar la República Liberal Democrática. El polo antagónico al que llegaría ser el eje de la revolución cubana, muy pronto declaradamente marxista, socialista y alineada con el bloque soviético.
Para desgracia del recuento de los hechos, no existe un protocolo pormenorizado de la mencionada reunión, que tuvo lugar el 25 enero de 1959, prolongándose en la más estricta intimidad durante casi cinco horas. Fue, al parecer, un encuentro tenso que al poner las cartas sobre la mesa demostró la absoluta imposibilidad del más mínimo entendimiento. En principio, Castro plantea la necesidad de contar con el respaldo ideológico, político y sobre todo material – petróleo y respaldo financiero – por parte de un gobierno que considera posible enrielar por una vía de enfrentamiento contra los Estados Unidos y favorable al desarrollo de sus propias políticas antiimperialistas. Conoce del ánimo revolucionario de los sectores populares pues ha participado en una masiva y exultante manifestación popular de respaldo, que le organiza el movimiento estudiantil que lo ha invitado al país, y que según el propio Castro convoca a más de trescientos mil caraqueños; resiente la animadversión de los manifestantes contra el recién electo presidente de la República y pulsa el ánimo contestatario y fervientemente favorable a una radicalización del proceso sociopolítico que vive el país. Sabe, asimismo y de primera mano, de la honda penetración del comunismo venezolano en las filas de las fuerzas armadas, recibiendo la constatación en el entusiasta discurso de bienvenida que le da en Maiquetía el almirante Wolfgang Larrazábal y conoce del ánimo imperante en el interior del partido Acción Democrática por los discursos de los líderes de AD Luis Beltrán Prieto Figueroa y Domingo Alberto Rangel. De allí la confianza con que se abre y trata de ganarse a Betancourt hacia una alianza antiimperialista y consolidar un frente unido que busque el control revolucionario del continente. La máxima y nunca abandonada aspiración de su vida. El respaldo de Betancourt le permitiría lograrlo a los menores costos en vidas y bienes. El desiderátum.
Su sorpresa ante la visceralidad del rechazo de Betancourt a todos sus pedimentos ha de haber sido mayúsculo y muy decepcionante. Si se encontraba bien informado, y lo lógico es que lo haya estado, sabía que Betancourt había sido hacía veinte años Secretario General del Partido Comunista de Costa Rica. Que en sus primeros escritos había expresado la posibilidad de enfrentar a la dictadura de Gómez incluso con las armas y en carta escrita a Luis Augusto Dubuc y a Carlos Andrés Pérez con fecha 21 de mayo de 1957 – a poco menos de dos años del encuentro con Fidel Castro – había escrito literalmente: “Lo que está haciendo Fidel Castro” – alzarse e impulsar la guerra de guerrillas en todos los frentes – “y con mucho más éxito, debí hacerlo yo en 1950; y deberemos hacerlo en 1957, si no hay elecciones libres…” (Rómulo Betancourt, Antología Política, Tomo Sexto, pág. 619). Su radicalidad al respecto llegó al extremo de plantearse un levantamiento armado para terminar con la dictadura o callarse la boca: “Es más: si en el 57 o comienzos del 58 no hay solución al problema venezolano – evolutiva o a la brava – no nos quedaría otro camino sino el de ponernos el bozal, y no hablar más en el exilio de los atropellos, etc., de aquella gente”. (Ibídem).
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De aquel encuentro sólo trascendió la absoluta negativa de Betancourt a regalarle una sola gota de petróleo a la Cuba castrista y de los ingentes problemas financieros que enfrenta el país ante la necesidad de saldar su deuda externa y atender a los gastos que demandará satisfacer las demandas populares. El desencuentro es absoluto y total. Y del rechazo abierto o implícito se pasará a la absoluta y frontal enemistad. Castro ha comprendido que a Venezuela o se la conquista por las armas o por cualquier otro medio tan siniestro como una invasión o debe renunciar a todo intento por contar con ella. Y lo que verdaderamente le importa: manejar su petróleo, con cuya posesión espera apoderarse del hemisferio. Escogerá los medios armados, que se saldarán con una brutal derrota. Pero recibirá el regalo de los dioses gracias a la confianza en aquella penetración que ya viera corporeizada en Larrazábal. La historia terminó satisfaciéndole el capricho.
Rómulo, por su parte, constató de una vez y para siempre que en Fidel Castro y su revolución tendría a sus más mortales enemigos. Que ni la región ni su país podrían dormir en paz mientras esa descomunal fuerza de la naturaleza estuviera activa. Razón que lo llevó a enfrentarlos con la radicalidad que lo caracterizaba, hasta vencerlo en todos los ámbitos de la acción política: el electoral, el militar y el diplomático.
Me interesa destacar al respecto la mortificante duda que habrá quedado en el ánimo de Betancourt ante lo que él mismo llamara en la carta citada “las presiones internas”, a saber, entre otras, la seducción que ejercía Fidel Castro, su revolución y su descarada manipulación e injerencia sobre los más amplios sectores democráticos del país. Si entre ese encuentro y la pacificación impulsada por Rafael Caldera intentó Castro la vía armada, en la que cosechó una tremenda derrota ante los dos primeros gobiernos acción democratistas, posteriormente la vía política y diplomática se profundizó con los sostenidos intentos del gobierno cubano por cooptar adeptos y minar las resistencias de la democracia venezolana al castrocomunismo. No encontró otros obstáculos que el del solitario Betancourt. Cuenta Héctor Alonso López en EL ROSTRO HUMANO DE LA POLÍTICA una anécdota reveladora de la furia que sacudía a Betancourt al ver la irresponsable liviandad con que la dirigencia de su partido caía rendida ante la seducción de Fidel Castro, a la que ni siquiera uno de los mortales enemigos de las guerrillas, el propio Carlos Andrés Pérez, pudo sustraerse: en 1975 Héctor Alonso aceptó participar con la juventud de su y otros partidos democráticos venezolanos en un encuentro mundial de juventudes que se celebraría en La Habana. López, encargado juvenil de AD, pidió la aprobación de Piñerúa Ordaz, entonces Secretario General del partido, quien no dudó en otorgársela. Indignado, Betancourt solicitó desde Berna la inmediata expulsión del joven dirigente merideño y la cancelación de dicha visita. No logró lo primero, pues López había contado con la aprobación del Secretario General. Pero obtuvo lo segundo. Su partido canceló la participación.

Sólo la muerte de Betancourt permitió la insolente presencia de Fidel Castro y su rumbosa y provocadora comitiva en los fastos de lo que la prensa opositora dio en llamar “la coronación” de Carlos Andrés Pérez. Si hubiera visto la conmoción que la presencia del monarca cubano provocó entre famosos y connotados periodistas, fotógrafos, camarógrafos, artistas, académicos – ochocientos de ellos le dedicaron una ominosa apología – políticos, empresarios y banqueros hubiera vuelto a morirse. El motín con el que la barbarie asomara sus garras a pocos días de esa coronación en el escenario de la futura tragedia venezolana hubiera más que justificado sus odios, rencores y aprehensiones. Al perder la singladura betancourista, la sociedad venezolana había perdido sus más poderosas armas de defensa política e ideológica contra el castrocomunismo. El precio ha sido espantoso. Y aún no lo conocemos.