Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Por eso la diversa e incomprendida energia que traen al planeta los niños que estan naciendo, y que demuestra y describe muy bien,entre otros, www.caminosalser.com 14 Nancy Erica Ortiz – Autora del Curso © www.caminosalser.com Última edición: 2016.

Curso a distancia “Los Niños de Hoy” – www.caminosalser.com

 INTRODUCCIÓN Imagine el mundo espiritual colmado de espíritus libres, plenos, expandidos; sin limitaciones de ningún tipo: sin mente, ego o personalidad; sin preferencias, simpatías o antipatías. Solo puro bienestar por existir dentro de este gran útero divino. Y como tantas veces se da, uno de aquellos espíritus es convocado para una misión: deberá encarnar en la tierra y allí cumplir un propósito. Si bien esta experiencia genera gran entusiasmo y amor, el cambio también trae incertidumbre y revolución. De la gran seguridad se pasará a un estado desconocido: la materia resultará incomoda, el cuerpo causará dolor, el espíritu sentirá nostalgia, soledad, extrañeza. Solo el tiempo y una saludable adaptación al entorno elegido, guía, contención y comprensión, permitirán convertir a la tierra en el nuevo hogar: uno que otorga una diferente forma de libertad. El niño, su espíritu, viene aquí por amor, pero esto le representa un gran desafío y, a la vez, una gran motivación. Muchos pequeños llegan a percibir esta extrañeza, y logran manifestarlo en palabras como: “a mí no me gusta estar aquí”, “antes en el cielo podía hacerlo todo, acá no puedo”. Mi hija, a los tres años, me ha llegado a decir, en un momento de angustia: “me quiero ir al cielo”, o en un momento de alegría y de descubrimiento: “¡todo es un sueño, estamos dormidos!”... Para que esta adaptación, que en su esencia implica un cambio y sacrificio muy grande, sea saludable y feliz, se deberá contemplar especialmente la educación que el niño recibirá: ¿Cómo lo guiarán sus padres y escuela? ¿Tendrán en cuenta su espíritu? ¿Comprenderán la profundidad de sus manifestaciones y conductas? ¿Ayudarán a que su entusiasmo por estar aquí persista, y sea el combustible para su aprendizaje? Actualmente muchos educadores manifiestan que el niño no tiene voluntad para nada. Si bien esto se acentúa en la adolescencia, hoy es un tema frecuente en niños de cualquier edad. Si buscamos sus causas en lo externo, podemos deducir que una educación meramente intelectual, carente de sentido y pasión, la excesiva exposición a la TV o juegos de red y un entorno privado de armonía y salud pueden ser algunas de sus principales causas. Pero si indagamos más en lo profundo, veremos que esto es resultado de una forma de enseñanza general, que pareciera querer adiestrar, incluso doblegar, la voluntad espiritual, que son las puras ganas, ánimo y entusiasmo de ser parte del mundo en el que se vive.
 La curiosidad por estar aquí, por aprender a dominar las nuevas leyes que rigen este plano y el amor por aprender y hacer, se disipan ante las prohibiciones, las falta de posibilidades y terreno fértil para volcar estas fuerzas. Como consecuencia, el niño se vuelve obediente o desobediente, falto de voluntad por aprender y participar. Nada lo motiva porque nada convoca estas fuerzas que su espíritu trae. Sus ganas de saber y ser parte, pasan de estar activamente vivas, a estar dormidas o aplacadas. Los Niños de Hoy necesitan la valentía y entusiasmo de los Adultos de Hoy. El temor, la poca disposición anímica, la falta de creatividad y de poder personal, detiene y paraliza cualquier real encuentro con el niño. En este mundo de infinitas posibilidades ¿seguiremos transitando siempre los mismos senderos?, ¿recorreremos siempre los caminos seguros y conocidos? ¿Seguiremos llamando a las posibilidades de cambio, como “crisis negativas”? Seamos los iniciadores, seamos los guardianes de los Niños de Hoy, seamos los referentes espirituales que ellos necesitan, que nosotros mismos necesitamos ser.

 LOS NIÑOS DE HOY ¿QUIÉNES SON? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué puedo hacer para ayudarte a llegar a tu destino? Llegan a la tierra, traen enseñanzas, nos proponen cambios. Vienen con una gran madurez espiritual. Saben lo que quieren y adónde van, y hasta algunos de ellos tienen destellos del lugar de donde provienen. Son grandes seres espirituales jugando a ser niños. Son los Niños de Hoy, los Nuevos Niños. El amor los impulsa, buscan cambiar nuestra realidad, empujarnos a evolucionar, a sanarnos, en definitiva, a ser más felices y saludables. Estos pequeños y grandes seres tienen una gran misión: recordarnos quiénes somos; lograr que despertemos nuestro poder, y nos reconozcamos capaces de generar la evolución en nuestras vidas, que aportará evolución a la humanidad. Quien quiera reconocerlos, podrá hacerlo a través de su mirada. Allí se encuentra su impronta, su potencia, su alegría y seriedad. La transparencia y pureza de sus ojos desnuda el alma de quien los mira. Miran de forma sabia y serena, de forma sincera e inocente. Cuando se está frente de estos Niños, la emoción desborda el corazón; dentro se despierta una sensación de reverencia y respeto, y una gran intensión de colaborar con ellos. Muchos adultos, por estar tan inmersos en su mundo, pasan por alto el real encuentro con estos niños. Si esto ocurre, si sus presencias no hallan eco, buscan la forma de ser reconocidos. Con el lenguaje que sepamos escuchar, nos darán el mensaje que debemos oír, queramos o no. Muchas problemáticas actuales se deben a algo esencial: los niños no están siendo mirados por lo que son, y no solo esto, sino también están siendo catalogados como desobedientes, rebeldes, intolerantes, enfermos, etc., todo, justificado en las formas que encuentran para comunicarse y para hacerse escuchar. Todos, principalmente aquellos que se presentan como sus guías, educadores o referentes, debiéramos hacer un trabajo para superar el prejuicio que surge al observar sus conductas y reacciones, para intentar encontrarnos con su Gran Espíritu.

EL RECONOCIMIENTO QUE NECESITAN
 Todos necesitamos ser reconocidos… ¿no lo crees? Que el mundo nos diga: “Te acepto, te veo, te apruebo”; “Reconozco lo que eres, lo que puedes”; Seguramente podemos registrar que, cuando sentimos que no tenemos un lugar, cuando el afuera es indiferente a las propias capacidades, cuando hay constante desaprobación, juicio o descalificación, se produce una enorme angustia, y se hace presente la creciente necesidad de que el mundo, y quienes son significativos en nuestra vida, nos vean y valoren. Cuando los niños nos llaman la atención de una u otra manera, solo nos están diciendo cuánto nos necesitan. Con sus conductas nos piden que los miremos, que les dediquemos un tiempo a percibir lo que realmente son, más allá de lo que hacen. Solo nos están diciendo: “Necesito que me reconozcas”. Es por eso que, ante las conductas de los niños, lo primero que debemos hacer es correr los prejuicios y abrirnos a descubrir el mensaje. Los niños solo necesitan, y realmente exigen, que todo adulto que se presente como su guía y referente, se pregunte ante ellos: “¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué puedo hacer para ayudarte a llegar a tu destino?” Si nos proponemos mirar a los ojos a un niño, y por dentro dejar que estas tres preguntas “¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Hacia dónde te diriges?” hagan eco en nuestro interior y lleguen al interior del niño con verdadero interés, real y genuino interés, nuestro espíritu se encontrará con la verdadera identidad del niño. Solo una mirada, despojada de pensamientos y prejuicios, y cargada de real interés e inocencia, con tres simples y profundas preguntas: “¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Hacia dónde te diriges?”, puede ser la gran medicina para el alma. Haciendo esto estamos saliendo de la comodidad de siempre estar clasificando o descalificando al niño por su comportamiento. Estamos generando dentro un movimiento interior, que permitirá la apertura de un nuevo lugar para el niño: el lugar que ha venido a ocupar en esta familia, en esta escuela, en este mundo. Cuando los vemos enojados, irritables, desequilibrados, esto es lo que más necesitan; que nosotros, los seres que los hemos traído y quien se presente como un guía y referente, le otorgue un genuino reconocimiento a lo que realmente Son.

 LA ENCARNACIÓN DEL NIÑO EN LA TIERRA
 La tarea de todo educador de hoy debiera ser proteger y nutrir la unión del niño con el mundo espiritual. Colaborar en su llegada al mundo, sin por eso, alejarlo o forzar el olvido de su origen. Hay muchas teorías que hablan del proceso de encarnación del espíritu en el cuerpo físico. Como hemos dicho al principio, esto no es sencillo, y muchos niños padecen las dificultades que dicha transición conlleva. Se suele escuchar a padres manifestar que sus hijos, cuando eran más pequeños, mostraban más sensibilidad o intuición, y que a medida que fueron creciendo se desconectaron de dichas facultades. Esto, que a veces preocupa, es parte de un proceso natural. Debemos saber que, como parte de la maduración y arraigo en el mundo material, en un momento, el niño manifestará cierta negación o rechazo hacia lo que antes parecía anhelar o buscar intuitivamente. Cuando comienza a encarnar en el mundo, a encontrarse con sus pequeños y grandes desafíos, debe, de alguna manera, alejarse o negar su conexión espiritual. Lo hace para encontrar su independencia y su individualidad, y también busca con ello, fortalecerse en su lugar actual de pertenencia. Es similar a lo que sucede cuando ingresa a la adolescencia. Necesita enojarse con sus padres, negarlos, avergonzarse de ellos, o alejarse. Aunque internamente los necesite más que nunca, lo hace porque está intentando encontrarse consigo mismo, con su verdadera identidad. El niño también necesita rechazar su origen espiritual, olvidarlo, para encontrarse con él mismo y su estadía en la tierra. Si bien esto es un proceso inevitable, ciertas vivencias o experiencias pueden forzar y acelerar este paso, y esto es lo que podemos evitar. Muchas veces, lamentablemente, el niño se encuentra con el mundo tan brusca y violentamente que es inevitable su alejamiento espiritual. Es como si se lo empujara de la cima de la montaña al abismo diciéndole: “¡Aprende a volar, debes hacerlo!”. Claro, debe y necesita hacerlo, pero tiene que ser de forma gradual. Aquí está un punto clave en el arte de educar: ¿cómo enseñamos? ¿Con qué cuidado lo hacemos? ¿Con qué mirada, y la de quién? Debemos observar especialmente el mundo en el que creemos, porque este será el que enseñaremos. Si se cree en un mundo competitivo y agresivo, la enseñanza estará enfocada en la supervivencia; en aprender a defenderse desde el individualismo u egoísmo; si se cree que los estados de crisis y angustia pueden ser aplacados desde el mundo material, cada vez que el niño demande atención, intentaremos calmarlo a través de objetos materiales, programas televisivos o juegos de computadora. Pues, si, aquí se está empujando al niño a un abismo de dolor. Cuidar al niño de aquellas situaciones a las que es expuesto y son totalmente evitables, es la gran tarea que podemos hacer, si queremos colaborar con una saludable encarnación, respetando el proceso que se necesite transitar. Si a través del cuidado del hogar, del trabajo consciente de los maestros y guías, se lo acompaña a ver la realidad material y las leyes del mundo, con contención y herramientas para nutrir su propia conexión, se lo estará guiando a integrar el mundo espiritual y material como una misma esencia. Para que el proceso de encarnación en la tierra siga su curso natural, sea positivo, otorgue mayor madurez y favorezca el crecimiento, habrá que conservar la comunión entre el mundo espiritual, su primer origen, y el mundo terrenal, su actual lugar de pertenencia. ¿Cómo? De esto nos encargaremos a lo largo de todo el Curso, observándolo desde los distintos ámbitos de los que el niño forma parte; favoreciendo su entorno, enriqueciéndolo, quitando lo que no se necesita y recordando lo esencial.

EL NIÑO Y LA ESPIRITUALIDAD Mucho se viene hablando de la ‘nueva energía’, de los “nuevos niños”, de las nuevas generaciones, como una manera de explicar lo que, sin dudas, acontece. Una necesidad natural, inherente a todo ser humano, es la de encontrar un lugar y grupo de pertenencia. Las características “distintas” de los niños de hoy, sus necesidades nuevas, sus planteos, respuestas, crisis, dificultad de adaptación a lo establecido o su des-identificación del entorno y de sus normas, trajo tanto a padres como educadores, terapeutas y profesionales la sensación de estar perdidos, de no poder encontrar un lugar que represente al niño, un espacio físico y anímico donde este pequeño y su familia se sientan identificados y reconocidos. De aquí surge la necesidad de buscar nuevos horizontes afines, respuestas a los interrogantes, conectar con otras personas que atraviesan lo mismo, otros niños con las mismas cualidades y manifestaciones. Muchos han encontrado en las terminologías índigo-cristal, o similares, un amparo, un reflejo de lo que sus niños sienten. En base a este descubrimiento ha crecido una gran expectativa, saber, ansiedad por haber encontrado. Muchas preguntas surgen al respecto son: ¿quiénes son los niños Índigo?, ¿quiénes los niños Cristal?, ¿cuáles son sus características?, ¿cómo los reconocemos? Teniendo en cuenta que hay mucha información y también mucha confusión al respecto, intentaré con su ayuda y apertura, dilucidar la esencia que esto presenta, para que dicho conocimiento colabore con el camino espiritual de los niños y de todo aquel que se presente como su guía. Para abordar este tema de una forma práctica, lo enfocaremos desde el punto de vista energético. Al tratarlo de esta forma, lo despersonificamos, y así el término Índigo o Cristal no queda solo reservado para los niños; sino comprobaremos que son energías que toda persona, sin importar la edad, puede sentir tener. En vez de preguntarnos: “¿quiénes son los niños Índigo y Cristal?”, preguntaremos: ¿qué es la energía Índigo, y qué la Cristal? ¿Quiénes portan esta energía? ¿Cómo reconocerla en los niños y en los adultos? ¿Cómo trabajarla, encauzarla y potenciarla? Antes de continuar, dos aclaraciones: Hay otras terminologías referidas a estos temas donde se hace referencia a “niños arco iris”, “niños estrella”, “niños de las nuevas generaciones” o términos similares. Desde el enfoque que planteo, estas son derivaciones de un mismo núcleo; es decir, son las mismas energías expresadas de forma distinta. Cada ser humano puede refinar su cualidad, elevarla a energías nuevas, o expresarla de distintas formas según su situación de vida y trabajo interno. Cuando esto sucede, pareciera que surgen nuevas energías pero en realidad son las mismas, pero más sutilizadas, maduras, con una cualidad propia de la persona, o su momento de vida. Si dejamos de lado el análisis racional que siempre nos arrastra a medir cada avance como algo distinto, podremos ver que nuestro núcleo siempre es el mismo, aspirando a la perfección o a una mayor evolución. La segunda aclaración: hay quienes manifiestan como crítica que dicho tema insta a la selectividad, discriminación o categorización de niños. Ustedes verán a lo largo del Curso que ese no es su enfoque. Pero, para evitar confusión, me adelantaré a aclarar que, no comparto ni me adhiero a la tendencia que lleva a personas a sentirse superiores a otras (por sentirse “especiales”, “mejores” o “más importantes”). Reconozco que existe esto en algunos ámbitos, pero lejos está de lo que propongo aquí. Estas energías proponen algo diferente, ni mejor ni peor, solo diferente. Quien la reconoce dentro de sí, podrá sentir una fuerza definida, la búsqueda de la libertad interior e ideales muy unidos a las necesidades y circunstancias  del mundo actual. A la vez, por supuesto, estará el desafío de reconocerlo con humildad, y sentirse naturalmente como un ser con una responsabilidad y conciencia despierta. Abordando sensiblemente el tema Índigo–Cristal descubriremos que son energías que proponen cambios, que no pueden adaptarse a viejos modelos; y si lo hacen, es un gran sacrificio. Estas fuerzas, bien canalizadas, pueden ser de gran orientación, inspiración y claridad en el camino.
LA ENERGÍA ÍNDIGO La energía índigo se puede percibir como una energía fuerte, dirigida, penetrante, innovadora, revolucionaria, iniciadora. Como un impulso que tiene la capacidad de mover, reorganizar o romper lo viejo o aquello que está estancado para hacer surgir lo nuevo. Las personas que se identifican con ella manifiestan no poderse mantener inactivas, pasivas o meras espectadoras de lo que no desean. No pueden adaptarse a modelos establecidos y sufren cuando se las quiere encasillar en alguno. Muchos se oponen desobedeciendo, resistiéndose o rebelándose en el lugar en el que estén, ya sea familia, religión, educación o cualquier marco donde, suponen, se las quiere “comprimir”. Se sienten diferentes, y buscan la manera de que esto pueda convivir armónicamente con el mundo externo. Muchos son conscientes de esta fuerza que los guía, saben lo que quieren, adónde quieren llegar y qué quieren lograr. Aceptan las diferencias de caminos y elecciones de los otros, pero continúan firmes en su propósito. Están también los que no son conscientes de la energía que portan, se dejan llevar por sus impulsos y entran en luchas constantes contra la manera de vivir o los caminos elegidos de otras personas. Saben más lo que no quieren, que lo que quieren, por esta razón, desperdician su ímpetu, rechazando o imponiendo sus ideas o queriendo forzar el cambio de los demás. Su energía está mal direccionada, y esto lo manifiestan en enojo o necesidad de forzar a quien ve la vida desde otra perspectiva. Si se alcanza el equilibrio, una estabilidad interior, el gran caudal de energía se encausará benéficamente, pudiendo ofrecer sin asperezas lo que han venido a hacer.

LOS NIÑOS ÍNDIGO, O LA ENERGÍA ÍNDIGO DE LOS NIÑOS
 Para comprender a estos niños hay que reflexionar en lo siguiente: los adultos hemos construido una moral basada en la educación recibida, los códigos de convivencia, las normas culturales, como también la propia conciencia. Todo esto son reguladores silenciosos de las conductas; una especie de freno de aquellos impulsos que quieren llevarnos a hacer y decir sin importar las consecuencias. El niño que tiene esta energía no acepta códigos impuestos, e incluso muchas veces, encuentra placer en romperlos. Si no hay coherencia, una actitud entusiasta y compromiso real con las propuestas educativas, se negará a colaborar. Solo se mostrará receptivo y disponible, si aquello que es presentado como una pauta o un modelo, es comprensible, verdadero y tiene sentido. Estos niños no aceptan órdenes por imposición. No aceptan un “no porque no”, ni tampoco querrán ser tomados como chiquillos que nada entienden y que nada saben. Querrán una relación simétrica, de respeto mutuo, donde puedan percibir la coherencia, justicia y equidad. Un niño con esta energía exigirá siempre la verdad, y para ello necesitará tener el espacio y el tiempo para comprobar por sí mismo lo que se le ofrece. Necesitan experimentar lo que les presentamos abstractamente. Aprenden participando; desean ser autores de la vida que viven. Si la educación está basada en repetir una conferencia, rápidamente se volverán desinteresados, apáticos, incluso, destructivos. La experiencia es la llave que abre sus sentimientos, interés, ánimo, pasión, alegría, compromiso. Cuando el aprendizaje es vivencial, estos niños se encienden, muestran gran inteligencia, capacidad, flexibilidad, disponibilidad y curiosidad. Muchas veces se los califica como indiferentes o desmotivados, pero no hay nada más alejado que esto. Son niños que tienen un fuerte y vivo deseo de aprender. Quieren conocer el mundo porque lo aman, y necesitan saber qué pueden hacer en él. Precisan nuevas formas de enseñanza, y este es el mayor problema que tienen las escuelas; su viejo sistema de instrucción se desencuentra con los intereses y necesidades de los niños, y si esto no tienen lugar, no hay razón justa para que se movilicen y comprometan. Como adultos dedicados a la educación, debemos hacer un trabajo para rescatar lo esencial en lo que queremos transmitir. ¿Qué es lo que sirve para la vida? ¿Nos hemos preguntado para qué se aprende cada cosa o qué es lo que verdaderamente importa?
 Se necesitan adultos creativos, valientes, capaces de renovar sistemas. Y para esto, no hace falta pensar en cambiar todo el sistema educativo. Olvídese de la frase que respalda aquella comodidad que lo hace sentir impotente: “No hay lugar para nuevas ideas en esta sociedad”, “los directivos de esta escuela no acepta nuevos emprendimientos”, “los padres me lo cuestionarán”, “tengo miedo de perder el control” o “qué dirán de mí mis familiares, pensarán que he perdido la razón”. No se trata de perder la razón, se trata de unir la razón y el corazón, pues de esta manera seremos siempre coherentes, cuidadosos y conscientes. Usted, de la puerta para adentro de su hogar, de su grado, de cualquier espacio que comparta con un niño, puede ser un ser vivo y dinámico. ¡Que corra fuego por sus venas! ¡Que haya pasión, que arda su corazón, y que ese fuego construya lo nuevo! Quien quiera llegar verdaderamente al alma de estos seres, deberá ganarse ese privilegio; y para esto no hay estrategia válida. Lo único que servirá es el real acercamiento, conquistar su amor a través del respeto e interés por ellos. EL PELIGRO O DESAFÍO DE LA ENERGÍA ÍNDIGO EN LOS NIÑOS Como hemos dicho, los adultos podemos tener la capacidad de detener nuestro impulso para no dañar a otro. Construimos una moral y conciencia que nos dice: “no puedes hacer esto, o no debes hacer aquello”. Estos niños son puramente espontáneos y verdaderos. Así como son sinceros en un abrazo, lo son con cualquier otro impulso emocional. Muchos niños con estas características, si no tienen una acertada guía, pueden caer reiteradamente en conductas agresivas. Si bien no es una agresión cualquiera, es decir, muchas veces, por ejemplo, será una manifestación ante una injusticia. Pero, sea cual sea el motivo, lo importantes es que no se naturalice ni se permita este tipo de conductas, ya que no solo es muy dañino para el niño sino para su entorno y sus relaciones. Muchas veces por respetar al niño en su expresión, el adulto no sabe cómo poner límites, y esto termina siendo muy desfavorable para su desarrollo. Imagine una fuerte energía dentro de un círculo. El círculo es la contención, el límite. Imagine ahora que este contorno desaparece y su contenido queda a la deriva, desparramado, deambulando de acá para allá. Todo este movimiento por más descarriado que parezca, tiene orientación: busca desesperadamente un lugar donde entrar y finalmente descansar. Busca un nuevo círculo, un nuevo límite.
Ahora, hay círculos grandes y pequeños. Hay círculos rígidos y flexibles. No se trata de rigidizar al niño dentro de un círculo, menos aún dentro de un cuadrado; pero tampoco de no ofrecerle ningún marco donde estar contenido, porque lo buscará de la forma que sea. El límite es fundamental para la educación, pero no debe ser una pared con la que el niño se tope y no pueda continuar. Todo límite debe estar acompañado por una reflexión interna del adulto con respecto a la educación, su forma, y qué podría modificar para que esto no se vuelva a repetir. A la vez tiene que estar seguido por otras posibilidades. Por ejemplo: “esto no se puede hacer. Bien. ¿Qué es lo que sí se puede hacer?”.
Si los niños con esta energía tan poderosa no reciben contención, un marco donde moverse; pueden volverse manipuladores, tiranos, con poca flexibilidad, caprichosos u obstinados. Claro que esto tuvo un origen, una situación que obligó al niño a manifestarse de determinada manera, pero si no se la supo subsanar, encontrando la causa y enmarcándola con contención, el niño naturalizará esta forma de comportamiento. Descubrirá que así se hace escuchar o goza de ciertos beneficios, que es más visto que antes y que tiene poder para manipular al entorno. A falta de un círculo sano, él se creó su propia estructura. Pero no es saludable, él lo percibe, y nosotros también. El niño es rebelde, caprichoso o agresivo con la esperanza de que alguien lo rescate de allí y lo guíe hacia un nuevo lugar. [Sigue: EL POTENCIAL DE LA ENERGÍA ÍNDIGO EN LOS NIÑOS] […] Nota: hasta aquí llega el extracto gratuito de la Primera Etapa del Curso a Distancia “Los Niños de Hoy”. Esta etapa continúa. Términos y condiciones Este contenido forma parte del curso a distancia “Los Niños de Hoy”. Su utilización corresponde exclusivamente a la persona que haya abonado el mismo. Este contenido no puede ser reenviado, ni reutilizado en forma total ni parcial para su difusión por Internet o cualquier otro medio sin nuestro previo consentimiento. Si conoce alguien que pueda estar interesado en este curso, por favor invítelo a realizarlo enviándole este link: http://www.caminosalser.com/337-indigocristal/curso-a-distancia-los-ninos-de-hoy/ Agradecemos su consideración. Curso a distancia “Los Niños de Hoy” – www.caminosalser.com 14 Nancy Erica Ortiz – Autora del Curso © www.caminosalser.com Última edición: 2016.