Razón del nombre del blog

Razón del nombre del blog
El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

martes, 23 de octubre de 2012

En medio de tan inquietante situación, debe admitirse que el problema que asfixia a los venezolanos no es otro sino aquel que ha sido asomado hasta la saciedad: sigue existiendo una Venezuela cuya base política carece de perspectiva. O sea, una población sin sentido de las realidades y sin cultura política.


Pasemos la página

Nos corresponde impedirle a Chávez y a los suyos que reescriban la historia a conveniencia

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ASDRÚBAL AGUIAR |  EL UNIVERSAL
martes 23 de octubre de 2012  12:00 AM
Regreso de Sao Paulo, luego de cruzarme con los editores del Hemisferio y dos expresidentes, quienes coinciden en que la sola elección no truca en demócrata a Hugo Chávez; a la vez que aprecian de titánico el esfuerzo unitario de la oposición democrática y milagroso como sorprendente el carisma de Henrique Capriles, quien despertó en los venezolanos esa cuota de emocionalidad sin la cual las ideas políticas nunca llegan a su destino. Pero les preocupa, eso sí, saber si los responsables de este magno desafío al primitivismo populista que hoy gobierna en Venezuela serán capaces de estar a la altura de su avance, sobre todo proyectarlo hacia el porvenir. 

El cuento de la regeneración "democrática" del mandatario repitiente solo interesa a quienes la manipulan a su favor. La opinión internacional -que no la representan los intereses de los gobiernos- está clara en el asunto. Antes bien, les resulta patético y muestra de la crisis terminal que afecta al sistema de los Estados -ocupados de proteger a sus presidentes y no a los ciudadanos- el hecho de que un agente de nuestra "demoautocracia" ocupe a partir de noviembre un sillón en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. 

Luego de consultar y leer distintas opiniones a mi vuelta, aprecio, no obstante, un estira y encoge muy agrio entre algunos actores de la oposición partidaria, quienes o no fueron llamados o acaso sus ideas no fueron acogidas por el Comando Venezuela, con los líderes de éste. Se trata de un escarceo que tras argumentos racionales -como la importancia de evaluar los daños después de la tormenta, salvar los enseres en buen estado y mejorar las defensas- expresa el drenaje de molestias y recelos incubados desde las primarias en las que vence el gobernador mirandino. 

Unos y otros tienen algo de razón, pero el conjunto no puedo menos que describirlo como el choque inútil que a todos quienes somos padres se nos presenta con nuestros hijos, una vez como crecen e intentan caminar con sus propios pies, con libertad e independencia. Los hijos nos ven como tontos o desfasados, y nosotros, a la vez, intentamos mantenerlos bajo tutela e incluso forzarlos a ser nuestra proyección, los defensores de nuestra historia vivida. Pero quienes así nos empeñamos a lo largo dejamos en el camino a hijos eunucos, frustrados, incapaces de valerse por sí solos y de hacer camino una vez como la muerte nos alcanza. Los ejemplos sobran y no son de agradecimiento. 

Los hijos que optan por un perfil propio -en la política no es distinto- no pocas veces sufren golpes inesperados, pero al caso maduran, y hacen historia propia. Es una ley de vida. El reconocimiento hacia los mayores llega en éstos sólo cuando se curan del "mal de la juventud" -maravilloso mal- con el paso implacable de los años. De modo que, y he aquí la enseñanza, a los padres quienes hemos vivido y hecho historia nos queda la obligación de contarla y defenderla; pero mal se quiere a los hijos e injusto se es con ellos cuando pretendemos que defiendan historias que no han vivido o nunca les contamos o mal contamos, y que no supimos hacerla un referente pedagógico ante ellos. La culpa es nuestra. 

De modo que pasemos la página. A quienes hicimos historia buena o mala nos corresponde recordarla o explicarla; entretanto, a quienes nos siguen mejor es que se apalanquen sobre el porvenir y nos contaminen con su esperanza, sin abandonarlos. Ya tendrán tiempo de contar sus historias. 

Así las cosas, a los dolientes del siglo XX concluido nos corresponde impedirle a Chávez y a los suyos que reescriban la historia a conveniencia. Es nuestra tarea, indelegable. Y hemos de recordarle a éste, justamente, que a la caída de la penúltima dictadura, en 1958, los venezolanos vivíamos como edad promedio 52 años, y sí él, ahora reelecto vive aún, es porque el promedio de vida nos llegó, no por azar u obra de la Providencia, a 73,5 años en 1998. Dejamos atrás a un país de letrinas -Pérez Jiménez construyó 450.000 durante su gobierno- y conocimos luego las pocetas y el agua potable; las aguas negras se canalizaron, se derrotaron las epidemias a la par que se llenó el país de viviendas rurales y electricidad, hasta en Sabaneta. Pero esa es la historia que pasó y hemos de repetirla mientras conservamos la memoria. 

La generación digital, que no hace discursos y le bastan 140 caracteres para comunicarse y resolver problemas, es la llamada a abrir una senda nueva, sin lamentos por el pasado. Tiene derecho a hacer su historia, y distinta. El siglo XXI es otra cosa. Sobre éste ya escribirá cuando le toque, y recordará a quienes le hemos precedido, tanto como hoy lo hacemos nosotros con quienes dejaron sus pellejos en La Rotunda o en los sótanos de la Seguridad Nacional. 

correoaustral@gmail.com

La gesta de un saco de papas

De cómo el chavismo desafía el sentido común, las normas y lo políticamente correcto

ROBERTO GIUSTI |  EL UNIVERSAL
martes 23 de octubre de 2012  12:00 AM
La transgresión de las normas convencionales, del sentido común y de lo políticamente correcto es una práctica que Hugo Chávez ha desarrollado como una constante de su comportamiento político. Así, al amparo de una presunta actitud institucional se dispone a completar veinte años de permanencia ininterrumpida en el poder, lo cual, ya de por sí, constituye una aberración negadora de nociones democráticas como la alternancia y la temporalidad.

Ese juego pérfido, a través del cual se simula el cumplimiento activo de las formas civilizadas de gobernar para luego violarlas en su contenido, con absoluto descaro, le ha permitido cumplir el objetivo básico de gobernar sin freno en el tiempo y dotado de una amplitud, en la dimensión de sus poderes, que le facilita, por ejemplo, el manejo arbitrario de inmensas cantidades de dinero sin necesidad de rendirle cuentas a nadie. De manera que estando ante uno de los gobernantes que acumula mayor cantidad y extensión de poderes en el planeta, la palabra dictadura calza sin dificultad en ese molde.

Pero esa dictadura embozada bajo el manto democrático es creativa, heterodoxa y audaz. En otras palabras, se atreve a desafiar cánones establecidos y diseña estrategias de carácter electoral, amparadas no sólo en el ventajismo obsceno sobre el cual no insistiremos, sino también en recursos políticos aparentemente agotados. Y me explico: se cree que el venezolano distingue perfectamente entre una elección presidencial y otra de gobernadores porque los últimos resultados electorales así lo demuestran. Una cosa es votar por Chávez y otra por Aristóbulo.

Se cree, también, que la figura del portaaviones (un Chávez que hace elegir gobernador a un saco de papas con sólo levantarle la mano), ya no funciona. Se sostiene, en esa honda, que un líder regional, electo en primarias y conocedor profundo de su región, tiene todas las de ganar ante un forastero que aterrizó allí por obra del designio imperial. De acuerdo con esos argumentos, el advenedizo, total desconocedor del medio en el cual aspira a gobernar, tiene asegurada la derrota.

Pues no, a la luz de los resultados del 7-O, un hombre que se impone por la escabrosa combinación de su gracia particular, la total de falta de escrúpulos a la hora de las añagazas, una gigantesca política clientelar basada en el halago y el miedo, así como en el uso indiscriminado de recursos materiales de toda clase, puede hacer elegir al saco de papas de marras, venciendo el sentido común, las expectativas convencionales y las formas correctas de hacer política, en este caso, electoral. ¿Cómo evitarlo? Los políticos tienen la palabra. 

@rgiustia

¿Sin cultura política?

Sigue existiendo una Venezuela cuya base política carece de perspectiva

ANTONIO JOSÉ MONAGAS |  EL UNIVERSAL
martes 23 de octubre de 2012  12:00 AM
La victoria del oficialismo, forjada el pasado 7-O, no fue convincente. Muchas dudas se entretejieron alrededor del hecho, lo que animó a que fuera aceptado con hastío. Debe reconocerse que dicho triunfo no resultó de un proceso político establecido sobre el andamiaje de un proselitismo sensato y decente. Tal resultado obedeció a razones relacionadas con el efecto miedo que ha venido sembrando el gobierno central a través de un discurso presidencial despectivo. También, con el auxilio de bandas de militares y grupos de civiles guapetones valiéndose de amenazas, intimidaciones y de armas. Personas estas movidas por la ignominia y por la promesa de vulgares prebendas. 

Opresor 

Es indiscutible que el miedo, en el venezolano, no ha dejado de ser su confidente, su reclusorio. O peor aún, su opresor. Un miedo que desgarra sentimientos y constriñe esperanzas. El sentido de la frase: ¿quién dijo miedo?, perdió vigencia. La valentía que muchos demostraron, pareció esconderse cuando arreció la campaña electoral presidencial manejada con abuso, humillación e insultos. Así dispusieron de los recursos del erario y de la manipulación organizada para aplicar de un perverso proyecto político de intensiones hegemónicas. 

Ese mismo miedo llevó a que el país sucumbiera. La irracionalidad e inmadurez, le abrieron el paso a la comodidad de quienes votaron sin reflexión ni preocupación ante lo que acecha el futuro nacional. Con ello vuelve la oscuridad que arropa todo régimen de tendencia vertical. 

En medio de tan inquietante situación, debe admitirse que el problema que asfixia a los venezolanos no es otro sino aquel que ha sido asomado hasta la saciedad: sigue existiendo una Venezuela cuya base política carece de perspectiva. O sea, una población sin sentido de las realidades y sin cultura política

amonagas@cantv.net

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