Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

domingo, 27 de septiembre de 2015

TEXTO: Discurso del Papa Francisco que no leyó en el Festival de Familias en Filadelfia

Captura Youtube
FILADELFIA, 26 Sep. 15 / 08:41 pm (ACI).- Como hace con cierta
frecuencia, el Papa Francisco decidió salirse del programa y
pronunciar un discurso completamente improvisado en el Festival
del Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, Estados Unidos.
A continuación el discurso que había preparado y que no leyó, pero
que entregó para su difusión:
Queridas familias:
Quiero agradecerle, en primer lugar, a las familias que se han
animado a compartir con nosotros su vida, gracias por su testimonio.
Siempre es un regalo poder escuchar a las familias compartir sus
experiencias de vida; eso toca el corazón. Sentimos que ellas nos
hablan de cosas verdaderamente personales y únicas que en cierta
medida nos involucran a todos. Al escuchar sus vivencias podemos
sentirnos implicados, interpelados como matrimonios, como padres,
como hijos, hermanos, abuelos.
Mientras los escuchaba pensaba cuán importante es compartir la vida
de nuestros hogares y ayudarnos a crecer en esta hermosa y
desafiante tarea de «ser familia».
Estar con ustedes me hace pensar en uno de los misterios más
hermosos del cristianismo. Dios no quiso venir al mundo de otra
forma que no sea por medio de una familia. Dios no quiso acercarse
a la humanidad sino por medio de un hogar. Dios no quiso otro
nombre para sí que llamarse Emmanuel (Mt 1,23), es el Dios-con-
nosotros. Y este ha sido desde el comienzo su sueño, su búsqueda,
su lucha incansable por decirnos: «Yo soy el Dios con ustedes,
el Dios para ustedes». Es el Dios que, desde el principio de la
creación, dijo: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2,18a),
y nosotros podemos seguir diciendo: No es bueno que la mujer
esté sola, no es bueno que el niño, el anciano, el joven estén solos;
no es bueno. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre,
se unirá a su mujer y los dos no serán sino una sola carne
(cf. Gn 2,24). Los dos no serán sino un hogar, una familia.
Y así desde tiempos inmemorables, en lo profundo del corazón,
escuchamos esas palabras que golpean con fuerza en nuestro
interior: No es bueno que estés solo. La familia es el gran don,
el gran regalo de este «Dios-con-nosotros», que no ha querido
abandonarnos a la soledad de vivir sin nadie, sin desafíos, sin
hogar.
Dios no sueña solo, busca hacerlo todo «con nosotros». El sueño
de Dios se sigue realizando en los sueños de muchas parejas que
se animan a hacer de su vida una familia.
Por eso, la familia es el símbolo vivo del proyecto amoroso que
un día el Padre soñó. Querer formar una familia es animarse a
ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar con Él, es
animarse a construir con Él, es animarse a jugarse con Él esta
historia de construir un mundo donde nadie se sienta solo, que
nadie sienta que sobra o que no tiene un lugar.
Los cristianos admiramos la belleza y cada momento familiar
como el lugar donde de manera gradual aprendemos el significado
y el valor de las relaciones humanas. «Aprendemos que amar
a alguien no es meramente un sentimiento poderoso, es una
decisión, es un juicio, es una promesa» (Erich Fromm, el Arte
de amar). Aprendemos a jugárnosla por alguien y que esto
vale la pena.
Jesús no fue un «solterón», todo lo contrario. Él ha desposado a
la Iglesia, la ha hecho su pueblo. Él se jugó la vida por los que
ama dando todo de sí, para que su esposa, la Iglesia, pudiera
siempre experimentar que Él es el Dios con nosotros, con su
pueblo, su familia. No podemos comprender a Cristo sin su
Iglesia, como no podemos comprender la Iglesia sin su esposo,
Cristo-Jesús, quien se entregó por amor y nos mostró que vale
la pena hacerlo.
Jugársela por amor, no es algo de por sí fácil. Al igual que para
el Maestro, hay momentos que este «jugársela» pasa por
situaciones de cruz. Momentos donde parece que todo se vuelve
cuesta arriba. Pienso en tantos padres, en tantas familias, a
las que les falta el trabajo o poseen un trabajo sin derechos
que se vuelve un verdadero calvario. Cuánto sacrificio para
poder conseguir el pan cotidiano. Lógicamente, estos padres,
al llegar a su hogar, no pueden darle lo mejor de sí a sus hijos
por el cansancio que llevan sobre sus «hombros».
Pienso en tantas familias que no poseen un techo sobre el que
cobijarse o viven en situaciones de hacinamiento. Que no poseen
el mínimo para poder construir vínculos de intimidad, de seguridad,
de protección frente a tanto tipo de inclemencias.
Pienso en tantas familias que no pueden acceder a los servicios
sanitarios mínimos. Que, frente a problemas de salud,
especialmente de los hijos o de los ancianos, dependen de un
sistema que no logra tomarlos con seriedad, postergando el
dolor y sometiendo a estas familias a grandes sacrificios para
poder responder a sus problemas sanitarios.
No podemos pensar en una sociedad sana que no le dé espacio
concreto a la vida familiar. No podemos pensar en una sociedad
con futuro que no encuentre una legislación capaz de defender
y asegurar las condiciones mínimas y necesarias para que las
familias, especialmente las que están comenzando, puedan
desarrollarse.
Cuántos problemas se revertirían si nuestras sociedades
protegieran y aseguraran que el espacio familiar, sobre todo
el de los jóvenes esposos, encontrara la posibilidad de tener
un trabajo digno, un techo seguro, un servicio de salud que
acompañe la gestación familiar en todas las etapas de la vida.
El sueño de Dios sigue irrevocable, sigue intacto y nos invita
a nosotros a trabajar, a comprometernos en una sociedad
pro familia. Una sociedad, donde «el pan, fruto de la tierra

y el trabajo de los hombres» (Misal Romano), siga siendo 
ofrecido en todo techo alimentando la esperanza de sus hijos.
Ayudémonos a que este «jugársela por amor» siga siendo
posible. Ayudémonos los unos a los otros, en los momentos
de dificultad, a aliviar las cargas. Seamos los unos apoyo de
los otros, seamos las familias apoyo de otras familias.
No existen familias perfectas y esto no nos tiene que
desanimar. Por el contrario, el amor se aprende, el amor se
vive, el amor crece «trabajándolo» según las circunstancias
de la vida por la que atraviesa cada familia concreta. El amor 
nace y se desarrolla siempre entre luces y sombras. El amor 
es posible en hombres y mujeres concretos que buscan no 
hacer de los conflictos la última palabra, sino una oportunidad. 
Oportunidad para pedir ayuda, oportunidad para preguntarse 
en qué tenemos que mejorar, oportunidad para poder descubrir 
al Dios con nosotros que nunca nos abandona. Este es un gran 
legado que le podemos dejar a nuestros hijos, una muy buena 
enseñanza: nos equivocamos, sí; tenemos problemas, sí; pero 
sabemos que eso no es lo definitivo. Sabemos que los errores, 
los problemas, los conflictos son una oportunidad para 
acercarnos a los demás, a Dios.
Esta noche nos encontramos para rezar, para hacerlo en familia,
para hacer de nuestros hogares el rostro sonriente de la Iglesia.
Para encontrarnos con el Dios que no quiso venir al mundo de
otra forma que no sea por medio de una familia. Para encontrarnos
con el Dios con nosotros, el Dios que está siempre entre nosotros.

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