Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

lunes, 7 de enero de 2013

Si leemos todas las entradas anteriores admiraremos más el talento de José Ignacio Cabrujas...En pleno S.XXI nada ha cambiado: seguimos buscando El Dorado.En algún momento, Cabrujas dijo que "los venezolanos somos admiradores de los mitos, porque no entendemos nuestra historia. Como ni siquiera la conocemos, nos hemos visto obligados a sustituir la historia por la mitología (...) Los venezolanos tenemos mitos, en los cuales creemos tanto que los convertimos en actos de fe" (El mundo según Cabrujas). Y hasta en falsos dioses que nos conducen al despeñadero, dioses malvados que no enviarán a ningún ángel para impedir que Abraham degüelle a su hijo.


De Interés

PAPEL LITERARIO

A 40 años del estreno de la obra de Cabrujas
Profundo: descenso a las entrañas de la Venezuela contemporánea

Por Alvaro Mata

Nadie duda a estas alturas --y tampoco en su momento-- que la de José Ignacio Cabrujas (1937-1995) es una de las inteligencias más preclaras que ha dado el siglo XX venezolano. Hombre de teatro (autor, director, actor), agudísimo cronista político (nadie como él para llevar con altura y sin ambages la voz del pueblo a los sordos gobernantes), reformador de la telenovela, opositor activo a la dictadura del militar Marcos Pérez Jiménez, y víctima del desasosiego existencial que significó el derrumbe de la mentira estalinista. En fin, sobreviviente de los años sesenta y de este país a medio hacer que se llama Venezuela.

Confesó Cabrujas: "A mí los sesenta para lo único que me sirvieron fue para entender que como había fracasado la insurgencia política, yo quedaba en libertad, el fracaso de la guerrilla fue un indulto, fue el pasaporte para decir: `José Ignacio, llegó el momento de decir lo que te da la gana’" (El mundo según Cabrujas). ¡Y vaya que lo hizo! Muestra de ello es Profundo, pieza estrenada en 1971, en la época de la bonanza petrolera y el despilfarro, del disfrute hoy y pague (bien caro) mañana. En esos años, el petróleo generaba el 80% de los ingresos del país; el precio del litro de gasolina era el más bajo del mundo; y la pacificación a la fuerza, nueva forma de hacer política, recordaba una época ya vivida.

¿El origen de la obra? Escuchemos al maestro Cabrujas: "Había la leyenda de que los españoles en los días de la Independencia enterraron baúles, arcones, botijuelas repletas de morocotas. Mi padre, un primitivo habitante de lo que hoy en día llamamos en Caracas, Catia, o Parroquia Sucre, solía hablar de un canario que a principios de siglo descubrió uno de esos tesoros. Cavó en la tierra, hizo un hoyo, y encontró monedas de oro. Pues bien: a eso se parece el petróleo.

Es cuestión de cavar hoyos y descubrir riqueza. El hueco petrolero sustituirá a la imaginación del hueco donde había morocotas españolas" (El mundo según Cabrujas).

La acción de Profundo transcurre en un cuchitril donde hay un hueco excavado en el que supuestamente se encuentra un tesoro enterrado por un sacerdote ya muerto, lo que representaría la felicidad para sus habitantes. En el cuartucho viven cinco personajes bajo el "mandato" de La Franciscana, especie de dictadora, de suma sacerdotisa quien impone y oficia el culto de todo lo relacionado con la inesperada riqueza. Es la viva representación de un caudillo más.

Mientras excavan, se topan con objetos de bastante significación: un sable y una bandera, que recuerdan nuestra historia reciente, revestida de heroísmo y paradigmas, no siempre comprobables; un muñeco, quizás una analogía de lo manejable, la masa, el pueblo; un barril: en Venezuela, cuando se dice barril, no es de otra cosa sino de petróleo; y una calavera, justo antes de realizar el gran hallazgo, como advirtiéndonos que a nada bueno nos puede conducir la fe ciega puesta en la fortuna que llega de pronto.

En lo profundo del hueco, donde las esperanzas están cifradas, sólo aguarda una cloaca. El hedor putrefacto invade la escena, haciendo casi imposible la permanencia en ella. Sin embargo, los personajes terminan por acostumbrarse a la podredumbre, al miasma: "A todo se acostumbra uno. Ya ni mal huele, ¿verdad?", dice uno de los habitantes del régimen caudillista de La Franciscana. Así, vuelven a contarse sus historias reinventadas, las leyendas sobre tesoros salvadores, y se las creen de nuevo, nos las creemos de nuevo, dando continuidad a la mitología que de ellos (y de nosotros) mismos se han creado. Es decir, seguiremos confiando en "papá petróleo" hasta que las bombas de succión ya no tengan nada que succionar, y despertemos del letargo en el que andamos desde hace tantos años.

Quizás en ese momento, la frase "sembrar el petróleo" pueda significar algo.

Bajo esta estructura aparentemente sencilla, subyace un amplio universo simbólico donde están latentes nuestros mitos fundacionales: un antiguo fraile español, las imposiciones asumidas con fervor religioso, el desarraigo, la perenne búsqueda de un anhelado tesoro...

Todos elementos que han formado parte de la idiosincrasia del venezolano.

Después de todo, nada ha cambiado: seguimos buscando El Dorado.

En algún momento, Cabrujas dijo que "los venezolanos somos admiradores de los mitos, porque no entendemos nuestra historia. Como ni siquiera la conocemos, nos hemos visto obligados a sustituir la historia por la mitología (...) Los venezolanos tenemos mitos, en los cuales creemos tanto que los convertimos en actos de fe" (El mundo según Cabrujas). Y hasta en falsos dioses que nos conducen al despeñadero, dioses malvados que no enviarán a ningún ángel para impedir que Abraham degüelle a su hijo.

Profundo no es un episodio aislado en la obra de José Ignacio Cabrujas, sino que forma parte de esa gran pieza teatral que escribió toda su vida: la que intentaba indagar en el ser venezolano, en lo que nos caracteriza, en lo absurdo de nuestra historia pasada y presente. Cuánto lo echamos de menos hoy, en momentos en que algo parecido a una noche oscura está cayendo firmemente, a modo de telón lento, sobre el país que fue testigo de sus obras, las que, a su vez, fueron testimonio del país.
El Nacional , 15 de mayo de 2010