Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

miércoles, 26 de octubre de 2011

IN MEMORIAN DE DOMINGO MILIANI

Un Smithsonian para

Domingo Miliani


Me tropiezo con una vieja Moleskine rota ya por

el abuso y el tiempo. La primera página de la libreta me transporta

a un viaje

y a la intención nunca concretada de hacer un texto que también

fuera un pequeño

homenaje particular a mi tío Domingo Miliani, crítico literario,

profesor, escritor,

embajador, agricultor en Boconó y, entre otras cosas, uno de

los mejores

contadores de cuentos que jamás conocí.

Fue en un viaje a Washington algunos años después de su muerte

tras el cual

me hubiera gustado comentarle que, al fin, había conocido ese

fabuloso complejo de

museos que es el Smithsonian.

Seguramente él no iba a recordar que la primera referencia que tuve

de esa maravilla

me la dio él en uno de sus sabrosos relatos, cuando estaba tan

emocionado por

su reciente nombramiento como director del Museo de Ciencias

hace un montón de

años atrás. Ahí, en la edificación de la caraqueña Plaza Morelos,

aquel hombre

de letras soñaba con traer parte de la tecnología y la museografía

que había visto en

el Smithsonian. Y alguito de eso pudo hacer.

En el Museo de Ciencias Naturales del complejo gringo, lo primero

que ves —espero

que siga allí- es un enorme elefante africano disecado que te hace

dudar: ¿Voy a

la izquierda al salón de los mamíferos o a la derecha a empalagarme de fósiles?

En estos casos, conviene empezar por el principio.

Aunque hay exhibiciones de pequeñas formas de vida de cientos de

millones de años

atrás, las estrellas aquí son los grandes dinosaurios. Es imposible no

sucumbir a la

impresión del entrañableTriceratops —un bicho acorazado dotado de tres
peligrosos

cuernos- en posición de combate haciendo frente a un fiero Tiranosaurio
Rex, que

le aventaja en dentadura y hambre.

Aquí es todo flashes. Cámaras apuntando a un lado y a otro, gente posando

ante el T Rex;

niños gritando emocionados, adultos queriendo ser niños ante cosas

como los

huesos de un Stegosaurio de 150 millones de años o ante una curiosidad

para mexicanos:

el Quetzalcoatlus northropi, una magnífica criatura voladora del Cretáceo

Tardío que debe

haber inspirado las leyendas de dragones con sus 12 metros de diámetro.

La visita aturde. La cantidad de información es avasallante y el recuerdo del

tigre dientes

de sable de Plaza Morelos palidece ante la magnitud de esta muestra colosal

que te deja

pasmado, más allá, frente a la estampa formidable de un búfalo en la

sala de los

mamíferos contemporáneos.

El Museo del Aire y del Espacio es la otra cara de la moneda: si aquella es

la obra de

la naturaleza, aquí está parte de la carrera humana por conquistar los cielos

y el espacio

exterior. Apenas al entrar te sacude la presencia del Spirit of St Louis

suspendido

sobre tu cabeza: el avión de Lindbergh. Y abajo, a nivel de tus ojos

asombrados,

el módulo de comando del Apollo 11 que llegó a la luna en 1969. Y por

ahí mismo,

la cabina del Breitling Orbiter 3, el globo en el que el suizo Bertrand

Piccard y el inglés

Brian Jones dieron la vuelta al mundo sin escalas, una historia que escuché

directamente

de Piccard en un viaje a Suiza.

Tuve la fortuna, además, de que hubiera una encantadora exposición

llamada

Tesoros de la Historia Americana: un sombrero de Lincoln, disfraces

del Mago de Oz,

la primera cámara Kodak, el R2D2 deEl retorno del Jedi, los timbales

de Tito Puente y

una aporreada trompeta de Louis Armstrong, cuyo sonido habría

resultado perfecto para

acompañar el relato de este viaje que me quedé con las ganas de

contarle a Domingo,

allá en su casa en las montañas de Boconó.