sábado, 8 de septiembre de 2012

40 años de la publicación de "Boves, el Urogallo" de Francisco Herrera Luque

uro
José Tomas Boves(Oviedo, España, 18 de septiembre de 1782 — Urica, Venezuela, 5 de diciembre de 1814).

El Boves magnífico,
interpretado por el actor Gustavo Rodríguez



TALLER CRITICO
FRANCISCO HERRERA LUQUE ESCRIBE “BOVES, EL UROGALLO”
Por: 


ROBERTO LOVERA DE-SOLA.




“No es cosa fácil ni productiva echarle en cara a un pueblo sus lacras e iniquidades por más que una lección semejante sea expresión
de amor y de una firme voluntad terapéutica”
Francisco Herrera Luque: “Boves, el voz de los viejos”,
El Nacional, Caracas: septiembre 9,1971.

El 12 de Junio de 1972, en las prensas de la editora San José, imprenta de la editorial de Domingo Fuentes(1931-2010), situada de Delicias a Gobernador, n/ 67-1, en La Pastora, Caracas, apareció la primera edición, de Boves, el Urogallo(Caracas: Editorial Fuentes,1972. 330 p.), fue su publicación el gran pilar en la vida del escritor Francisco Herrera Luque(1927-1991), el libro más publicitado editado por la editorial Fuentes,  la primera aparición de uno de los hitos de la  novela venezolana, es de hecho el más reeditado después de Doña Bárbara(Barcelona: Araluce,1929. 345 p.) del maestro Rómulo Gallegos(1884-1969), el que forma parte de las tres novelas del período constantemente reeditadas: Piedra de mar(Caracas: Monte Ávila Editores,1968. 129 p.), de Francisco Massiani(1944) y El mago de la cara de vidrio(Caracas: Monte Ávila Editores,1973. 151 p.) de Eduardo Liendo(1941). Libro a través del cual su autor revela la gran eclosión de violencia encabezada por José Tomas Boves(1782-1814) en los días de la Guerra a Muerte(1813-1814), un proceso que durante todo el periplo de la guerra emancipadora solo tuvo Venezuela, novela en la cual, además, aparece Eugenia, el más fascinante personaje femenino de nuestra ficción en el último medio siglo.
Queremos hoy solo referirnos a los aspectos biográficos de la vida de Herrera Luque que dieron nacimiento a este libro, especialmente por el hecho de haber sido nosotros testigo de su proceso de su creación, al menos desde el momento en que ya estaba entre su tercera y cuarta versión, que fue el momento en que nos conocimos en su casa, una noche de febrero de 1972, faltaban aquel día cuatro meses para la aparición del libro, coloquio presidido por la sin par Negrita, bella como siempre, vestida aquella noche con un soberbio traje negro.
Desde luego la vida intelectual de Herrera Luque se inició quince años antes con la publicación de sus opúsculos Aspectos psicológicos y psiquiátricos de la inmigración en Venezuela(Caracas: Gráficas Castellana,1957. 30 p.) y Las neurosis en los medios populares venezolanos(Caracas: Gráficas Castellana,1957. 19 p.) que por sus temas se acercaban a su obra mayor de Los viajeros de Indias(Caracas: Imp. Nacional,1961. 536 p.), aparecida cuatro años más tarde. Fue tan singular la aparición de Los viajeros de Indias que Tomás Polanco Alcántara(1927-2003) escribió: “El libro tomó su propio camino y señaló el comienzo de un nuevo tipo de vida para el médico que lo había escrito”(Venezuela y sus personajes. Caracas: Italgráfica,1997,p.493). Después apareció su corolario, La huella perenne(Caracas: Alfar,1969. XVI,432 p.), producto y consecuencia de la polémica sostenida con ocasión de la publicación del primer libro. También entonces había publicado un manual universitario, Las personalidades psicopáticas (Barcelona: Editorial Científico Médica,1969. XV,111 p.), este si bien había sido concebido como obra dirigida a los alumnos de su cátedra, explicaba claramente el concepto de personalidad psicopática que él manejaba en sus libros, y, que dentro de las claves de la ficción, desarrollaría en su novelas.
Debemos señalar que fue la crisis universitaria de 1969, y como consecuencia la separación de Herrera Luque de la Cátedra de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Herrera Luque, lo que le otorgó el tiempo para aquella dedicación, algo, desde luego, que él hubiera realizada si hubiera continuado al frente de su cátedra, de la que era fundador, la que había obtenido por méritos propios.
La nueva etapa de su vida que se inició  con la publicación de Boves, el Urogallo, constituyó un nuevo período, el segundo, en la vida y en el escribir de Herrera Luque: la del novelista. Ni siquiera él, que puso alma, vida y corazón, al crearla, pudo imaginar lo que esta novela produjo. Inició así un nuevo periplo en su vida al que dedicó los siguientes diez y nueve años, tiempo que sólo cerró su deceso.
Al publicar Boves, el Urogallo había logrado tocar un punto esencial de las mil interrogantes que los venezolanos nos hacemos con relación a nuestra historia. Y, además, había hurgado en el tema cervical de nuestra experiencia colectiva: la presencia de la violencia en ella.
Pero, ¿cómo se engendró aquello?¿Cómo el ya conocido ensayista de Los viajeros de Indias y de La huella perenne había pasado de la reflexión, expresada en la prosa de un ensayista, siempre inspirado en los sucesos de la historia, a la escritura de una ficción. Cómo había sido el sendero tomado desde el momento en que comenzó a escribir un estudio psiquiátrico sobre su personaje hasta darse cuenta que ante aquella criatura se había quedado sin palabras, “me encontré de pronto impedido de hablar…y dejé que las ideas y las palabras, por ellas mismas, encontraran su forma”(Boves, el Urogallo.12.ed. Barcelona: Pomaire, 1980.342 p. La cita procede de la p.9. Esta es la edición que Herrera Luque consideró definitiva) como leemos en la novena línea de la advertencia.  Así nació el novelista Herrera Luque, así nació la técnica que aplicó a su cultivo de la novela histórica, es decir usó “la historia verídica, fabulada y verosímil”(p.9), que él dijo. Lo que más tarde llamó “la historia fabulada”. Aquello que hizo, según nos los escribió en una carta desde Ciudad de México(mayo 3,1976): “En el comienzo lo hice para dar vida al novelista que siempre presentí había en mi”.
Para asomarnos al periplo que venimos describiendo hay que decir que ser narrador era una vocación que estaba implantada en Herrera Luque desde muy atrás, desde la adolescencia. De hecho su vida literaria no se había iniciado con la publicación de sus dos primeros folletos en 1957, ni con la edición de Los viajeros de Indias. Se había iniciando cultivando la literatura, a los quince años con su cuento “El carretón del diablo” que su abuelo Andrés Herrera Vegas(1871-1948) había hecho publicar en la revista de la Liga antituberculosa que dirigía. Y con la escritura de una primera novela Doña Eufrasia o la vida galante de un señora decente, redactada a los diez y ocho años, que la mamá de amigo suyo, Micaela Fernández de Espinosa, llamada por todos Mila, destruyó por considerarla obra pornográfica. Esa narración es un eslabón que hoy nos hace falta para una más honda comprensión de la obra de Herrera Luque, es de hecho la génesis del narrador.
La nueva etapa de su vida, que inició con la publicación de Boves, el Urogallo comenzó con dos elementos, ambos nos sirven para acercarnos al proyecto en el comenzó a trabajar en 1969, el mismo año en que perdió, por maniobras propias de las oscuridades de la vida universitaria, perseguido por “la diabólica envidia” que dice Polanco Alcántara(Venezuela y sus personajes,p.496). Por ello se entregó aquella tarea, fue una forma de excorcizar aquellos fantasmas.
El primer insumo que tenemos es su artículo “Boves en la voz de los viejos”, publicado en El Nacional(Caracas: septiembre 9,1971), nueve meses antes de la aparición de la novela, cuando esta estaba ya más que bosquejada, de hecho su primer lector, su amigo el profesor Augusto Germán Orihuela(1920-2001), ya había repasado sus renglones y lo había estimulado a proseguir. El segundo fue la carta que nos dirigió a los pocos meses. Siempre le hemos dado un especial valor al artículo al cual nos referimos pues, tras leer la novela, una vez apareció, comprendimos que el esquema de la misma está trazado en el artículo. En él expresó:

BOVES EN LA VOZ DE LOS VIEJOS

“Quizá por esa irrefrenable vocación por lo absurdo que tenemos los psiquiatras, siempre me ha tentado estudiar la personalidad de José Tomás Boves(1782-1814), el antihéroe por antonomasia de la vida venezolana, el paladín de la antirepública, la negación de Bolívar.
La historia convencional lo pinta como un hombrón de sonrisa canina y mirada centellante, capaz de estuprar a una novicia présbite y de tener en ella una orgía a caballo. Su paso está marcado por el incendio, el saqueo y el crimen. Sus desmanes parecen cuentos de [Añfred] Hichtcock o del Monje Loco.
Como un fornido y viril Nerón, gustaba de combinar la música con el crimen. Había una sonata gachupina, llamada el Piquirico, que excitaba sus impulsos homicidas. En Valencia se la hizo bailar a las mantuanas, mientras en la acera  de enfrente tronaba el pelotón de fusilamiento que desgonzaba a sus maridos. Sobre él hay toda clase de cuentos y consejas como para dejar chiquito a un psicoanalista confeso. Se llegó a decir, incluso, que era hijo de el Diablo y de una bruja horrenda, a quien Satanás, quien al perecer no era muy exigente, violó a la orillas de un río. En fin, un verdadero monstruo a quien Venezuela puede presentar sin complejos, en la galería de la fama al cabo de Pizarro, Calígula o el próximo Ministro de Hacienda.
A pesar de todos estos hechos ciertos y demostrados, Juan Vicente  González(1810-1866), llegó a afirmar para escándalo de sus contemporáneos, y de los que siguen, que fue el primer “caudillo de la democracia venezolana”, un jefe amado y venerado por sus hombres; y respetado por patricios idóneos como Roscio, Duarte y Figueredo.
Como yo no le doy mucho crédito a los historiadores épicos, y en particular, si están ansiosos de describir patéticos el parto de la República, siempre me pregunté, siguiendo la línea del obeso  y polémico historiador, si Boves fue realmente un antihéroe y polémico como quieren todos, por qué entonces hay una serie de señales alrededor de su personalidad, que sólo se dan en los catalizadores de los grandes procesos históricos?.
En el Llano, monte adentro, a donde no llegan los investigadores de archivos y papelotes, la imagen del Taita, como lo llamaban sus seguidores, continua presente y omnisciente, y se le invoca y se le reza en silencio, como a esos dioses celtas a quien la iglesia católica expulsó del culto. En Guayabal, Cazorla y El Rastro viven los descendientes de aquellos feroces lanceros que le acompañaron desde el Orinoco hasta Úrica en terrible cabalgata. Hay que verle la cara a esos viejos llaneros cuando se les pregunta sin respeto y sin tacto, por las andanzas de aquel agitador astur. Primero, ponen la cara estrecha, escupen largo y nos responden esquivos sobre una serie de hechos vagos, confusos y contradictorios que en primer momento impresionan como una ausencia total de información. Pero si logramos demostrarles que no somos representantes de la religión oficial. Sino jueces imparciales que pretendemos redimir la verdad entonces veremos nacer las más hermosas herejías. Boves ya no es la replica española de un Atila en Tierra Firme, sino el Taita de quien contaba el abuelo bellas hazañas rebosantes de coraje, colorido y justicia expeditiva. Nos contaron, por ejemplo, que la culpa de todo la tuvieron los ricos de Calabozo que lo hicieron azotar en la plaza, además de matarle a un hijo, y todo porque se les quiso igualar mandando tropas contra los españoles. Dicen asimismo que era, como todos los héroes populares, bueno y generoso para con los desposeídos y terrible para los soberbios, o sea los que escribieron historia.
“El no era malo... pero lo hicieron malo” me dijo un zambo viejo que tiene su pulpería en Ortiz y que le enciende sus velas al Caudillo, cuando lo conmina al pago el mayorista, llega al pueblo el gobernador o se le hace más angosta la calle polvorienta.
Con un grabador a cuestas y aire de buhonero recorrí los caminos del Taita e interrogué a los viejos y a las familias patricias que se cuentan la historia de padres e hijos. Hablé mucho y caminé más, y de tanto oír supe, que si José Tomás Boves tenía sus defectos como era degollar de vez en cuando a un millar de enemigos, era un tipo simpático por lo demás, tornado y dicharachero, de buen plantaje y de buen ver por el que suspiraban lánguidas nuestras dulces bisabuelitas.
Todo esto discrepa con la crónica oficial; pero yo lo creo, porque estaba “en la voz de los viejos, que como dice Gillermo Meneses(1911-1978), tiene peso y valor de semilla”(Francisco Herrera Luque: “Boves, en la voz de los viejos”, El Nacional, Caracas: septiembre 9, 1971).

UNA MISIVA

Leído aquel artículo, joven escritor entonces, de veinte y cuatro años, se nos ocurrió enviarle una carta con una de sus pacientes, querida amiga nuestra, con la que compartía la admiración por el autor de Los viajeros de Indias. En síntesis nuestras preguntas, parecieron no gustarle todas, era que cómo un tratadista de hechos serios de nuestra historia como lo veíamos, nos sorprendía que fuera a cambiar de método, a dejar las bibliotecas y los archivos e irse con un grabador por los caminos de la Venezuela profunda. Ignorábamos entonces que lo que había hecho era escribir una novela y que el viaje realizado era para documentarse en las voces de la tradición. Nos contestó la carta que le vamos a leer a donde otra vez está trazado el esquema de Boves, el Urogallo. Esto son dijo el 10 de enero de 1972:

“Mi estimado amigo:
Antier, y con bastante atraso, recibí su carta del 11 de noviembre, la cual me apresuro en contestar tanto por el interés que usted merece como por su deseo, de que ampliemos en una entrevista este diálogo epistolar, siempre constructivo o insuficiente.  Pero como a usted le gustan “los archivos y los papelotes” me permito responderle por escrito a algunas de las objeciones que hace a mi ensayo sobre “Boves en la voz de los viejos”.
En primer lugar pone en boca mía una afirmación que jamás he hecho, como es haber escrito una biografía “científica” de Boves partiendo de las tradiciones orales recogidas a la manera de [Oscar]Lewis(1914-1970).  Yo tan sólo he dicho que el recoger por tal sistema una serie de hechos, he encontrado nuevos aspectos, los que no corresponden a la historia oficial (siempre escrita por los que ganan).  Luego de estudiar minuciosamente la bibliografía existente (que no es muy extensa que digamos) y de hacerlo igualmente con su espacio y con su tiempo (ya más amplia) elaboré mi hipótesis de trabajo sobre cómo era la psicología del personaje.  Teniendo por asidero los principios fundamentales de la Psicopatología de la Personalidad, de la cual tengo alguna experiencia y obras, y partiendo del material documental y recogido en la tradición, elaboré un semblanza psicológica de este célebre personaje de nuestra historia, yendo de lo estructural y definitivo hacia el verosímil o factible; con(ello) dábamos lugar a un Boves, que si podría ser cuestionado “sensu estrictus” desde el punto de vista científico era mucho más real y coherente desde este nuevo enfoque, como suele suceder en realidades humanas y sociales cuando son analizadas ingenuamente (como preconiza la fenomenología).  Aunque tentado por un material tan estupendo no pude menos que recordar mi condición de hombre de ciencia que también usted recuerda, y renuncié a la idea de hacer una biografía, como usted y yo la concebimos; pero jugando y jugando me fue saliendo de entre las manos una novela, que algunos amigos han considerado publicable.  Esa es la historia y no otra.  He escrito una biografía novelada donde es lícito hacer aparecer la imaginación en grado y medida conveniente.  No sé cuando la publique ni qué méritos literarios tendrá; lo único que puedo decirle es que no tiene ningún valor científico, valor que por otra parte jamás he mencionado; de modo que encuentro fuera del lugar sus argumentaciones y objeciones sobre el particular, de la misma forma que me sorprende y lastima un tanto, la pobre formación epistemológica que me atribuye, el recordarme los deberes y caminos que he de acatar y seguir en mis investigaciones.  Si a estas alturas de la vida no conociera yo el valor del testimonio literario dentro de la antropología o el papel que le podemos adjudicar a la tradición, no creo que merecería la atención de un hombre como usted.  ¿No le parece?.
En lo que se refiere al tono desdeñoso que capta en mí al referirme a los “investigadores de archivos y papelotes”, debo aclararle o recordarle que en sano ensayo de humor, como es el que pretendo practicar en El Nacional, es lícito reírse de vez en cuando de todo lo solemne y de uno mismo, ya que si hay algún historiador de archivos y de papelotes ese soy yo, como lo podrá comprobar usted mismo tanto en la obra que le envié como en esta segunda edición de Los Viajeros de Indias que le adjunto.
Yo comprendo y acepto que usted como muchas otras personas tenga una imagen negativa, sea de mi obra o de mi persona.  No es cosa fácil ni productiva echarle en cara a un pueblo sus lacras e iniquidades por más que una lección semejante sea expresión de amor y de una firme voluntad terapéutica; pero cuando un hombre de su talento e indispensable equidad nos echa en cara errores que no cometimos o nos señala caminos buenos de andar para los que se inician nos invade un desconcertante estupor al comprender de pronto la terrible resistencia que producen en Venezuela, estos veinte años de tenaz y doloroso esfuerzo.
Mucho me gustaría platicar con usted sobre estos temas en el momento y circunstancias que usted elija.  Por los momentos reciba un cordial abrazo de este amigo que lo aprecia:
Francisco Herrera Luque.

Esta es para nosotros la génesis de aquel libro que estaba contenido en su espíritu, como lo estaban, aunque no lo sabía la tarde de aquel viernes en que de regreso a casa del trabajo me encontré con el ejemplar que me había remitido.
Y por cierto, nosotros no teníamos ningún concepto negativo sobre él. Ya habíamos comprendido que vivió siempre entre los que lo elogiaban y los que lo criticaban. Este fue su destino.

DOS ESCOLIOS MÁS


EL PRIMERO: EUGENIA

Hemos mencionado antes a Eugenia, la sin duda protagonista de Boves, el Urogallo, muchos años después muere en En la casa del pez que escupe el agua(Caracas: Editorial Fuentes,1975. 472 p.), el tercer libro de la trilogía, concluida en Los amos del valle(Barcelona: Pomaire,1979. 2 vols), cronológicamente la primera obra del conjunto, a la que sigue Boves, el Urogallo y cierra En la casa del pez que escupe el agua, si seguimos el natural desarrollo de nuestra historia, ya que la tríada se inicia con la fundación de Caracas y concluye con la muerte de Juan Vicente Gómez(1857-1935).
Eugenia es aquella criatura a quien, en todo momento, la sexualidad siempre empuja, dibuja y explica su vida.
Ahora bien, ¿quién?, ¿cómo fue Eugenia? Eugenia es la máxima creación femenina salida de la pluma de Herrera Luque. La segunda es la madre mantuana del protagonista de Manuel Piar, caudillo de dos colores(Caracas: Pomaire,1987. 258 p.), la tercera es Aracantir de Los amos del valle.
Para comprender a Eugenia se tiene que tener en cuenta que es una criatura hondamente sexual, de “rabo caliente”(p.54), como dice Herrera Luque, ella es alguien que se expresa humanamente con su cuerpo y piel, es en todo momento sensual, hipersexual diríamos hoy. Eugenia fue formada sexualmente desde niña cuando escondida veía a su mamá hacer el amor, con los todos recovecos del erotismo, con un mulato, cuando su papá estaba de viaje. Esto es central en Eugenia. Y todas sus reacciones futuras vendrán de aquí y se desarrollaran desde ese hecho. Es un ser libre y libérrimo sexualmente así se tarde en consumar sus deseos por las características de la época y por lo vigilada que la tenían precisamente por razones sexuales. Eugenia era una mantuana, blanca, bonita y catira, vivía dentro de la  atmósfera sexual de su iniciación, penetrada de un hondo hálito de sexualidad, incluso cuando es enviada al Convento para ponerle fin a sus devaneos sexuales que nunca la abandonaran.
Eugenia, por sus raíces sexuales, tiende a buscar sus parejas sexuales en hombres de color, ello es natural en ella, son los que la excitan. Por ello el mulato Andrés Machado es esencial en sus fantasías sexuales, por ello su encuentro con él en la “Emigración a Oriente” es central en su vida: el momento en que hacen el amor y ella luego se monta en la grupa en su caballo y huyen juntos es fundamental. 
Eugenia es uno de los más significativos personajes femeninos de la novela venezolana. Tan importante es Eugenia como lo son, en nuestra novela del siglo XX, María, de Rufino Blanco Fombona(El hombre de hierro);  María Eugenia Alonso, de Teresa de la Parra(Ifigenia); Doña Bárbara, Luisana(Pobre negro) y Remota Montiel(Sobre la misma tierra) de Gallegos; Esbelta Fortique, de Andrés Mariño Palacios(Batalla hacia la aurora); Valentina, de Ramón Díaz Sánchez (Borburata); Leticia, de Laureano Vallenilla Lanz (Fuerzas vivas); Jezabel, de José Antonio Rial(Jezabel); Delia, de Adriano González León (País portátil); Migaja, de Pedro Berroeta(Migaja); Mercedes, de Isaac Chocrón(Cincuenta vacas gordas); Manuelita de Denzil Romero(La esposa del doctor Thorne); Nadezca, de Antonio García Ponce(La ilusión del miedo perenne); Doña Inés, de Ana Teresa Torres(Doña Inés contra el olvido) o Noelia, de  Eduardo Liendo(El round del olvido). En las novelas de nuestro siglo XIX no encontramos ninguna: en ellas nuestras mujeres siempre padecen y siempre lloran, como en la de Virginia Gil de Hermoso(1857-1913), en esa época risas solo hay en Don Secundino en París(Caracas: Imp.Soriano,1895.253 p.) en don Francisco Tosta García(1846-1921).







EL SEGUNDO: ¿POR QUÉ UROGALLO?

Mucha gente se ha preguntado por qué escogió Herrera Luque el cognomento de Urogallo para bautizar a su personaje. La razón es sencilla, y ello debió abrevarlo Herrera Luque en sus años de postgrado en España: el Urogallo es un pájaro de la cordillera cantábrica, asturiano por lo tanto, como también lo era Boves. Pero hay más: el Urogallo es un pájaro, dice la leyenda, que se muere cuando se enamora. Esto sucedió al caudillo cuando embelezado hasta los teque teques por Inés Corrales, una mantuana de Calabozo, con cuya familia José Tomás tenía larga amistad, recuérdese que en aquellos llanos pasó diez años de su vida, la mayor parte de su vida venezolana, aquí solo vivió trece años. Inés al fin le había dado él si, había hecho el amor él bajo un bello árbol de Cotoperí(p.263), se había embarazado(p.267) y le había regalado un caballo, montado sobre aquel alazán murió aquel hombre de treinta y dos años. Pero hay más, estaba tan enamorado, como el Urogallo, que siendo un jinete avezado, tan gran conocedor de aquellos animales, como lo era su antagonista Simón Bolívar(1783-1830), no probó aquel potro y se lanzó el combate, en el cual, es lo más posible, el General Cordillera, el patriota Pedro Zaraza(1775-1825), así llamado por lo blanco de su pelo, no por ser andino ni hombre de edad, era tres años menor que Boves, de un lanzazo acabó con su vida. El caballo no reaccionó como debía, se quedó encabritado, por ello la gran novela de Herrera Luque se cierra con estas dos palabras: “¡Arre, Urogallo!”.


(Leído en el Círculo de Lectura de la Fundación Francisco Herrera Luque, en su sesión de la tarde del martes 4 de septiembre de 2012. Participaron también los profesores Alexis Márquez Rodríguez y Carlos Sandoval).