Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

martes, 22 de mayo de 2012

Gracias a Dios que quien fue el tema de mi tesis de grado tutoreada por otro hombre coherente Joaquín Marta Sosa permanece fiel con las ideas a pesar de las traiciones a los ideales que se decían poseían los revolucionarios comandados en el mundo por Fidel Castro


Ernesto Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

El poeta nicaragüense, enfrentado desde hace años con la cúpula sandinista, es una de las figuras clave de la lírica hispánica

Día 03/05/2012 - 19.38h
Ernesto Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana
SIGEFREDO CAMARERO
Si el descomunal Walt Whitman hubiera sido granadino, de la Granada nicaragüense, se habría llamado Ernesto Cardenal. Pocos poetas como este sacerdote de la liberación y en tiempos ministro y convencido sandinista han puesto en verso las peripecias del hombre y sus circunstancias en las últimas décadas.
Cardenal ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, una de las más altas distinciones de las letras hispánicas. Además, con este fallo, el jurado ha roto una tradición no oficial pero tácita, según la cual el premio va cada año a una orilla distinta del Atlántico. El galardón está dotado con 42.100 euros y reconoce «el conjunto de la obra poética de un autor vivo».
El jurado que ha fallado el premio, que se ha dado a conocer en el Palacio Real, estuvo formado, entre otros, por José Manuel Blecua, Antonio Lobo Antunes, Soledad Puértolas, José Manuel Caballero Bonald, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles y Luis Alberto de Cuenca.
En la pasada edición la triunfadora fue la cubana Fina García Marruz, por lo que en principio debería «tocar» un poeta español. Pero no ha sido así.
Sin embargo, solo cabe felicitarse ante esta distinción obtenida por el poeta nicaragüense, que durante casi seis décadas nunca ha dejado de sorprender al planeta literario con su poesía siempre arriesgada, sobrecogedoramente humana, atenta a los problemas sociales, a los pobres, a los desposeídos, a los desarraigados. Poeta a pie de calle, a pie de obra. Poeta siempre de guardia.
Pero poesía con gran altura de miras filosófica, que sitúa al hombre en el centro de su discurso pero que no deja de mirar a las estrellas, a los planetas, a las fuerzas de la Naturaleza, como recogió en ese nerudiano y whitmaniano libro que fue «Canto cósmico», una de las obras trascendentales de la poesía hispánica contemporánea, en la línea del «Canto general» del Nobel chileno y el «Canto a mí mismo» del autor de «Hojas de hierba».
Hombre capaz de escribir poemas a bordo un avión, de retirarse a un monasterio norteamericano para resarcirse de algunas derrotas políticas, de crear una comunidad católica ascética y de estrictísimas y austeras normas de convivencia como la que levantó en la isla de Solentiname, en el lago de Lago Cocibolca, episodio que luego plasmaría en el hermosísimo libro «El Evangelio de Solentiname», nadie puede olvidar la reprimenda que le infligió el Papa Juan Pablo II en el aeropuerto de Managua, ni nadie puede olvidar tampoco que fue de los primeros prohombres de la cúpula sandinista en discrepar con los hermanos Ortega, y abandonar finalmente el partido. Experiencia ideológicamente traumática que reflejó en uno de sus libros de memorias, «La revolución perdida».
Ernesto Cardenal, amurallado tras sus barbas y sus canas whitmanianas, cubierto por su boina a lo Che Guevara, granadino de la Granada nicaragüense, bien podría ser homenajeado con aquellos versos de otro poeta por él admirado, Octavio Paz en su memorable «Piedra de Sol», porque también como el mexicano ha sabido con sus palabras poner los signos en rotación, los signos del hombre y los signos del Universo. «Amar es combatir, es abrir puertas, dejar de ser fantasma con un número...».

“La poesía en castellano no está muy bien”

Ernesto Cardenal recibió la noticia del Premio de Poesía Reina Sofía a las 5.30 de la mañana

"He reivindicado lo social, lo político y lo revolucionario"

el poeta nicaragüense es autor de libros como 'Oda a Marilyn Monroe' y 'Epigramas'

El poeta Ernesto Cardenal / CLAUDIO ÁLVAREZ


Vida perdida, vida ganada

Cuando se anunció en Madrid que Ernesto Cardenal había ganado el Premio Reina Sofía, el poeta español Luis Antonio de Villena, miembro del jurado, declaró que todas las consideraciones "extraliterarias" habían quedado atrás para abrir paso a la justa concesión del galardón a un poeta universal reiteradamente postergado, precisamente por causa de esas consideraciones.
Ernesto fue un conspirador desde su juventud, cuando participó en la rebelión de abril de 1954 contra la dictadura de Somoza, fundador de la dinastía, ocasión en que la mayor parte de los conspiradores terminaron muertos en las cámaras de tortura y fusilados y enterrados en tumbas sin nombre.
Lo relata en Hora 0, su poemario de 1957, donde describe en versos a la Centroamérica dominada por dictadores de opereta trágica, capitales tétricas en las noches tropicales a la luz de una luna biliosa hasta la que subían los gritos de los torturados en las prisiones, cuarteles de piedra, palacios presidenciales como queques rosados o pintados en color caca amarillento. Era la historia escrita en líneas cortadas, era la vida.
En 1956 decidió que se haría sacerdote y su vida cambió para siempre. Entró en el monasterio trapense de Gethsemani, en Kentucky, y salió de allí, abandonando el silencio obligado, para ordenarse en el seminario de La Ceja, en Colombia. Al salir del monasterio dejó atrás un mundo, como había dejado atrás otro al entrar, el mundo de su juventud perdida, de sus primeros amores cantados en los espléndidos Epigramas de 1961, y a los que volvería en el Cántico cósmico de 1989; y el mundo de las fiestas mundanas, de las cantinas y los burdeles de la vieja Managua, que recordaría precisamente en su libro Gethsemani, Ky, de 1960, cuando, comprometido para siempre con su fe, lo veía quedar atrás envuelto en sombras, el pecado constantemente delante de él como una proyección de cine: tu pecado estará siempre delante de ti, como rezan los Evangelios.
La comunidad que de regreso a Nicaragua fundó en el archipiélago de Solentiname, en el Gran Lago, ya no pudo ser una comunidad contemplativa, sino que se convirtió en una comunidad de campesinos pobres, luego, en un símbolo de resistencia cultural, y más tarde, en símbolo de resistencia contra la dictadura de los Somoza, al punto de que sus jóvenes discípulos tomaron las armas para asaltar el cuartel militar en el vecino puerto de San Carlos, en octubre de 1977. La soldadesca incendió la comunidad, empezando por su humilde iglesia, hasta donde había llegado el año anterior Julio Cortázar, quien participó en el diálogo dominical sobre el Evangelio, que esa vez trataba del prendimiento de Cristo; un diálogo muy tendencioso, como el mismo Julio lo diría con humor cortazariano, ya cuando los ecos de la revolución entraban a través de las ventanas de la iglesia.
La revolución se hizo en Nicaragua con diversos componentes, entre ellos el compromiso de los cristianos; el país se volvió un laboratorio de la teología de la liberación, y se produjeron graves conflictos entre la jerarquía católica y los sacerdotes militantes, entre ellos Ernesto y su hermano Fernando, de la Compañía de Jesús, y todo vino a desembocar en la muy famoso fotografía que dio la vuelta al mundo, Ernesto arrodillado en la rampa del aeropuerto de Managua, el 4 de marzo de 1983, frente al papa Juan Pablo II, quien lo señala admonitoriamente con el dedo mientras le exige que arregle sus cuentas con la Iglesia. Ese momento viene a ser lo más "extraliterario" en la vida de Ernesto, capaz de haber incidido tanto tiempo en el reconocimiento de sus méritos como un poeta de su tiempo, y de todos los tiempos.
Con la revolución, que vivió con alma mística, comprometido hasta los huesos, cerró sus cuentas en su libro del 2004, La revolución perdida, el último de sus libros de memorias, que empiezan con Vida perdida, de 1999: "El que pierde su vida por mí, la salvará", cita el Evangelio de San Lucas. E igual que en aquellas recuerda con nostalgia su juventud perdida, en estas memorias de la revolución recuerda, también con nostalgia, el derrumbe de aquella torre hasta el cielo, cuyas piedras aún siguen cayendo con ecos sordos.
SERGIO RAMÍREZ
www.sergioramirez.com


Alí Primera - La Patria es el Hombre

www.youtube.com/watch?v=nnJ0NgzQAUc24 Mar 2009 - 5 min - freddyesfreddy
¿Por qué me piden cante? si me han cortado a tiritas todo el azul de mi cielo se han caido "toiticas" mis ...

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