sábado, 4 de agosto de 2012

Las leyendas falsas en torno a Simón Bolívar La primera sobre su descendencia


LOS HIJOS DE BOLÍVAR  /  ALGO QUE NUNCA SE DIJO EN LA HISTORIA QUE ESTUDIAMOS
¿ERAN REALMENTE HIJOS DE SIMÓN BOLÍVAR?
Germán Fleitas Núñez
Cronista de La Victoria


La muestra de ADN del Padre de la Patria, obtenida durante la exhumación de sus restos, nos permitirá comprobar si realmente era el padre de los hijos que se le atribuyen. Existe numerosa descendencia de sus presuntos hijos y ya la ciencia está en capacidad de ayudarnos a despejar dudas genéticas y genealógicas.

A nuestro Libertador se le atribuyó la paternidad de cinco hijos, dos hembras y tres varones; dos europeos y tres americanos; que fueron: 1) La Niña de Achaguas, 2) Doña Flora Tristán, 3) Simoncito Biffard 4) Don Miguel Camacho y 5) Don José Costas.

Sobre estos "presuntos hijos" -como dicen los periodistas- existe abundante documentación y noticias en la prensa del siglo XIX, XX y en libros; pero muy poco interés le han prestado los historiadores, con el socorrido argumento de que "los grandes hombre no han dejado descendencia", lo cual es una verdad que tiene demasiadas pruebas en contrario. El viento parece haberse llevado  las palabras del gran hombre cuando el 18 de mayo de 1828 dijera que:  su esposa"...murió muy temprano y no ha vuelto a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo porque tiene prueba de lo contrario".

Dentro de los estrechos límites de una crónica, ofrecemos información ligera sobre estos cinco "presuntos" hijos del héroe, en espera de que algún día el ADN diga la última palabra.
1) La referencia a la primera niña, la trae en sus Memorias, publicadas en 1847, el pintor Carmelo Fernández Páez, sobrino del general Páez, quien desde muy niño anduvo con Bolívar y lo acompañó hasta el fin de su vida. Autor de la efigie del Libertador que está en nuestras monedas, y de las efigies de casi todos los próceres, a quienes conoció personalmente, don Carmelo dice que en la huida hacia el oriente, durante el año 1814, muchas de las familias de Caracas se radicaron en Cumaná; otras siguieron a Angostura (hoy Ciudad Bolívar), y cuatro de ellas  llegaron hasta Achaguas;"...en una de estas familias tuvo una hija El Libertador". Viniendo de un compañero fiel, que anduvo con él todo el tiempo hasta que murió, el dato es digno de crédito y de respeto. Algunos genealogistas creen que se trata de una niña de la familia Toro, de nombre Clorinda, cuya madre casó luego con el victoriano Manuel García de Sena. La niña CLORINDA GARCÍA DE SENA Y TORO, casó con Don Manuel Antonio Carreño, gran músico, autor de la "Urbanidad de Carreño" y es la madre de la gran pianista Teresa Carreño García de Sena, quien sería nieta del héroe (sus restos también reposan en el (Panteón Nacional y será muy fácil obtener muestras de su ADN).

2) La segunda, doña FLORA TRISTÁN, cuyo retrato revela un gran parecido físico con el genio, era hija de doña Teresa Laisney de Tristán, esposa del coronel peruano don Mariano de Tristán, de la alta aristocracia del Perú. Bolívar la conoció en su segundo viaje a Europa que comenzó en 1803 y dura hasta su regreso en 1806, vía Estados Unidos. Lleva la tristeza de su prematura viudez y tiene apenas veinte años. Con Teresa hace un largo viaje hasta Bilbao, ella queda embarazada y al poco tiempo, en Paris,  nace Flora. Vivió de 1804 a 1844; casó y tuvo dos hijos: un varón cuyo nombre desconocemos y una hembra llamada Aline, que es la madre del pintor Gauguin, quien sería bisnieto del Libertador.
Flora fue una destacada dirigente política, fundadora del Partido Socialista Francés, luchó por el proletariado, por los derechos de la mujer y por el establecimiento del divorcio. Fue muy infeliz en su matrimonio, publicó libros, entre ellos "Peregrinaciones de una Paria" en 1838; viajó a Arequipa en busca de su tío Pío Tristán. Publicó las cartas cruzadas entre su madre y Bolívar, y murió en 1844. Los obreros agradecidos le hicieron  un monumento en el cementerio de Burdeos donde reposan sus restos.

3) Del tercero apenas conocemos, por habérselo oído decir a don Juan Uslar Pietri -hermano menor de don Arturo- que en 1805 nació en París un niño al cual apadrinó el futuro guerrero y le puso su propio nombre. La madre del niño había sido su amiga íntima. En una carta que le envía en 1823 Fanny Tobrian y Aristeguieta Du Villars, su prima, amante y confidente, al Libertador, le dice:"Vuestro ahijado Simoncito Briffard (espero que sea el solo que usted tenga en Europa) es digno de sus bondades y tiene el vivo deseo de ir a encontrarlo". No sabemos nada más de SIMONCITO BRIFFARD. Es a esta Fanny a quien le escribe en 1830 la carta que dice: "Me tocó la misión del relámpago; rasgar un instante la tiniebla, fulgurar apenas sobre el abismo, y tornar a perderse en el vacío".

4) El cuarto, don MIGUEL CAMACHO, nació en Pie de Cuesta, El Socorro, Santander del Norte, Colombia, pero vivió toda su vida en Quito donde murió el 10 de julio de 1898. Era más alto que Bolívar, pero tenía faz trigueña, frente alta y elevada, cabello ensortijado, bigotes bien poblados, nariz aguileña y barbilla perfilada, delgado pero bien musculado, ojos negros, de mirada penetrante y que en veces miraban al suelo y en veces, de lado.

Al día siguiente, el 11 de julio de 1898, el cortejo fúnebre era presidido por el General Eloy Alfaro, Presidente del Ecuador, por tratarse de un hijo de Simón Bolívar, pues como tal se le tuvo siempre. Poseía muchas cartas del Libertador y de"mi tía María Antonia, referentes a mi persona y particularmente a los gastos de mi manutención y crianza". Al fallecer, su criado era un hombre como de  setentinco años, llamado Lorenzo Camejo, hijo de Pedro Camejo, el Negro Primero, quien lo acompañaba desde su estancia en Caracas, en tiempos de Guzmán Blanco, y llamaba la atención de los quiteños "por su color negro, su altura, y porque llevaba en la oreja un arete de oro".

Don Miguel Camacho tuvo dos hijos llamados Margarita y Carlos.  Margarita casó con don Manuel de J. Benalcázar, honorable comerciante de Quito y tuvo tres hijos llamados Miguel Ángel, Antonio y Manuel.  Antes, don Miguel había tenido otro hijo llamado don Aquilino Camacho, profesor. Sus descendientes viven en el Ecuador.

5) Por último, el más conocido de todos es don JOSÉ COSTAS. Su origen remonta a los días de octubre de 1825, cuando el Padre de la Patria llegó a Potosí, para cumplir con su compromiso de clavar las banderas de la libertad, en el Cerro de la Plata. El 5 de octubre fue coronado por una linda mujer de veintiún años, de nombre María Joaquina Costas, esposa del general Hilarión de la Quintana, colocó sobre sus sienes una corona "de filigrana de oro, tachonada de diamantes", obsequio de la Municipalidad de Potosí. María Joaquina tenía "piel fina, ojos color azul, boca pequeña nariz fina y un hoyuelo en la barbilla".

En el momento de coronarlo le advirtió:"Cuídese general porque esta noche tratarán de asesinarlo".  Esta oportuna información permitió debelar  la conspiración del general León Gandarias, y salvar la vida del héroe. Esa noche el suntuoso baile vió aparecer a "otro Bolívar"; por primera vez sus compañeros de armas lo contemplaron sin bigote y sin uniforme. Bailó toda la noche con María Joaquina; surgió una intensa relación y el caraqueño decidió prolongar en Potosí su estada hasta el próximo 28 de octubre, para celebrar allí "su cumpleaños". María Joaquina quedó embarazada y nació su hijo a quien, a pesar de estar casada,  presentó como José Antonio, hijo natural suyo y del señor Simón Bolívar. Al conocer Bolívar el nacimiento del niño envió al Coronel José Miguel de Velazco, con la misión de llevarlos a la "Quinta de la Magdalena". En el Perú se hicieron varios retratos de doña Joaquina con el niño en los brazos. La comisión le valió a Velazco su ascenso a General y la Presidencia de Bolivia. Por su parte José Costas vivió sesentinueve años, casó con doña Pastora Argandoña y procrearon a Urbano y Magdalena, ambos con numerosa descendencia. En su partida de matrimonio se lee: "...casé y velé a José Costas, hijo natural de la señora finada María Costas y del finado señor Simón Bolívar."

Murió el 7 de octubre de 1895. Existe una fotografía de doña Joaquina a los setenta años, tiene en las manos un libro, su rostro es simpático e imponente, ojos soñadores, boca pequeña nariz bien perfilada, su vestido es una saya de anchos pliegues y una mantilla andaluza. Sus descendientes viven en Caiza, un pueblito a noventa kilómetros de Potosí.

El 26 de octubre de 1925,  se celebró en la Villa Imperial de Potosí el centenario del ascenso de Bolívar al Cerro de la Plata; allí en acto presidido por la Academias, la Sociedad de Geografía e Historia y el Presidente de la República, se reconoció a las familias Costas y Rosso, como descendientes de Bolívar. En el momento de su muerte, cuando Doña María Joaquina se confesó con el cura Ulloa, le pidió: "que no sea separado de mi cuerpo en la tumba, este precioso relicario que lleva el busto del Libertador, y que me fue ofrecido por él en prenda de amor (...) Dios le haya premiado y me perdone a mi esta única falta grave de mi vida, que siempre consagré al bien de mis semejantes y al recuerdo del héroe, mi único y solo amor en el mundo".

Por su parte, dos años antes de morir, el Libertador confesó: "El Potosí tiene para mi tres recuerdos: allí me quité el bigote, allí usé por primera vez un vestido de baile,  y allí  tuve un hijo".
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schumanes@gmail.com


TALLER CRITICO
BOLIVAR ENAMORADO
Por: ROBERTO LOVERA DE-SOLA

Volvemos al interesante tema, un asunto que no parece agotarse. Este aparece otra vez en el libro del historiador y bibliógrafo venezolano Rafael Ramón Castellanos(1931): Simón Bolívar el hombre (Barcelona: Morales y Torres Editores,2006. 286 p.) por tocar aspectos que interesan a todo investigación de ser humano Simón Bolívar porque es esta obra más que al Libertador político intenta penetrar en el ser humano, especialmente en el universo de las relaciones amorosas de Bolívar. Hecha esta obra por un investigador profesional es imposible no señalar la extensa e importante documentación en la que se basa.
Pero adentremos aun más en el libro del acucioso Castellanos. ¿Cómo se debe tratar a Bolívar, cómo se debe escribir sobre él? Lo primero que observamos es que una historia de una personalidad egregia como fue la del Libertador requiere para su tratamiento que esta sea hecha no a base de adjetivos, que en el libro de Castellanos abruman al lector. Hubiera bastado con ser sustantivos, escribir con hondo sentido crítico, bastaba con seguir los argumentos que traen los documentos e ir reconstruyendo la historia sin esa inmensa cantidad de elogios que pueden hacer creer al lector que el Libertador fue lo mas lejano a un hombre de carne y hueso, que fue una especie de semidios, un ángel, un cíclope o un Prometeo, lo que no fue. Fue era un ser humano pleno. Y aunque presentarlo así es lo que pretendía Castellanos la inmensa red de elogios, el escribir con la entonación de un poeta sobre hechos del vivir cotidiano, que es igual en todos los hombres y en todas las mujeres, empequeñece el libro y afea el personaje. A veces Castellanos llega a lo cómico, como en una observación en la que dice que el Libertador al llegar a La Paz, Bolivia, el 18 de Agosto de 1825, lo hizo “en medio de una apoteosis de proyecciones imposibles de describir”(p.127), afirmación que un historiador no puede hacer: su trabajo es ofrecer lo que realmente sucedió aquel día, basado lo que se lee en los periódicos bolivianos que registraron aquella llegada y en lo que los memorialistas del momento consignaron en sus obras; en otros pasajes la euforia poética, innecesaria, termina por ser ridícula, sobre todo cuando afirma que “la joven Celmira Puyana, aquella belleza inmaculada”(p.161), ¿cómo lo sabe?, es un hecho que no puede probarlo porque para poder hacerlo debió estar presente en el momento en que aquello sucedió, y ello es imposible. Y además no es tarea del historiador, hubiera bastado con una exposición desnuda de los hechos. Lo demás sobra.
¿Qué le faltó a Castellanos? Hubo sin duda un abismo entre una investigación tan bien hecha y una escritura tan desbordada de innecesarios epítetos.
Sin embargo, su libro adolece de fundamentos a la hora de vertebrar una serie obra histórica, sobre todo con relación a los amores de Bolívar, parte sustancial de este Simón Bolívar el hombre. Aquí, como más adelante lo observamos, falto un análisis más extenso y más analítico de las fuentes, de los testimonios que tuvo a la vista, ya que repite consejas, señala cosas que no se pueden probar. Sobre todo con relación a los supuestos hijos de Bolívar, la argumentación se cae por su peso porque, como nosotros también lo hemos observado, a partir del libro de Antonio Cacua Prada, Los hijos secretos de Bolívar(Bogotá: Plaza y Janés,1992. 266 p.), que nosotros también esculcamos, ninguno de esos supuestos hijos pudo demostrar nunca que eran hijos del Libertador(ver nuestro: “¿Hijos de Bolívar?” en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, n/ 313,1996,p.194-199). Y, aun más, él mismo Bolívar, declaró no haberlos tenido en carta(Julio 27,1829) a su amigo inglés sir Robert Wilson(1777-1849), cuyo pasaje ese esencial dentro de este asunto (Cartas del Libertador. Caracas: Fundación Vicente Lecuna/Banco de Venezuela,1969, t.VII,p.240), cuando eso dictó le quedaban solo diez y siete meses de vida y ya entonces habían nacido los supuestos hijos que le atribuyó Cacua Prada, sin examen alguno, y también diversos autores, todos los cuales cita Castellanos, pero sin explorar más allá de los datos recibidos, tomándolos como hechos ciertos, sin detenerse a explorar cada una de esas noticias, cosa que debió hacer. Castellanos cita, también sin fundamento ni crítica alguna otros supuestos hijos, sobre todo durante el paso de Bolívar por Trujillo en 1820 y 1821, son tantos que aquello parece un delirio. En ningún caso exploró el hecho con atención, hurgó en la documentación con detenimiento, contrastó los testimonios recibidos con otros. Ni siquiera apeló a la cronología, ciencia auxiliar de la historia. Bolívar, es verdad, en 1820 y 1821, estuvo en las tierras trujillas, pero siempre en pasos veloces, estaba en plena campaña, la que lo llevaría al campo de Carabobo en el último de estos años. Veamos en 1820 estuvo en la ciudades de Trujillo, Carache, Escuque y Santa Ana, entre el 7 de Octubre y 2 de Diciembre. Y en 1821 en esas mismas tierras entre el 2 y 3 de Marzo, volvió allá el 22 por tres días; retornó entre el 23 y el 26 de Agosto. Estuvo, según este computo, que concluimos de los estudios de Vicente Lecuna(1870-1954), en ese período 55 días allá. Y al año siguiente ocho días. Pudo, nos preguntamos, en sesenta y tres días tener la inmensa actividad genésica que Castellanos le atribuye. Desde luego que no. En general las mujeres no se embarazan ni tan rápida ni tan fácilmente.
Además todo el análisis de este aspecto de la vida del Libertador debe partir del análisis de dos pasajes contradictorios del Diario de Bucaramanga puesto en claro por monseñor Nicolás Eugenio Navarro(1867-1960) cuando preparó su insuperable edición crítica del Diario de Bucaramanga(Caracas: Tip. Americana, 1935. XV, 450 p.) que Cacua Prada desdeñó solo por el hecho de haber sido el señor Navarro un prelado, sin darse cuenta el altísimo historiador que fue, sin percibir que su edición crítica de las versiones del manuscrito de Louis Perú de La Croix(1780-1837) es una de las obras sobresalientes de análisis de un texto histórico con la que cuenta la historiografía venezolana. En el libro de Castellanos el arzobispo Navarro  nunca aparece mencionado, ni el propio Perú de la Croix en relación con lo que señalamos, aunque este último si aparece varias veces en el libro de Castellanos. Esto a lo que nos referimos ni siquiera lo cita Castellanos y allí está la clave, la que nos lleva a la única conclusión seria a la que se puede llegar: el Libertador fue persona estéril, ninguna de las mujeres, a quienes amó y estuvo mayor tiempo, llegaron a embarazarse, ni su esposa María Teresa, ni Fanny du Villars, ni Pepita Machado, ni Manuelita Saenz(1797-1856), solo que en este último caso sabemos que la quiteña fue también estéril, lo que en su caso le dio la libertad para tener la plena y libre vida erótica de la que gozó a todo lo largo de su vida, aunque tras Bolívar, con quien se unió en 1822 no se le conoció otra relación amorosa, ni siquiera en los veinte y seis años que transcurrieron desde la muerte del Caraqueño hasta su deceso en Paita.
El asunto es este: para tratar de hacer luz en este problema Cacua parte de lo dicho por el Libertador en sus coloquios de Bucaramanga, los cuales recogió fielmente, sin que lo supiera Bolívar, uno de los miembros de su séquito en aquellos graves días: el oficial francés Louis Perú de Lacroix(1780-1837), quien los consignó en su célebre Diario de Bacaramanga. En su conversación del domingo 18 de mayo de 1828, según lo señalado por Cacua, expresó Bolívar: “que él solo no ha tenido posteridad porque su esposa murió muy temprano, y que no ha vuelto a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo, porque tiene pruebas de lo contrario”(p.17). El subrayado es de Cacua. Este denomina “textual” esta cita que el tomó del Diario sin haberse dado cuenta que fue añadida años más tarde a lo escrito por de Lacroix, antes que su libro fuera impreso por vez primera.
Fue este, y otros añadidos, lo que llevaron a monseñor Navarro a volver sobre el escrito de Perú de Lacroix para establecer, tras el minucioso examen de sus diversas versiones, su verdadero texto. Esto lo hizo el señor Navarro en su espléndida edición crítica del Diario de Bacaramanga que antes hemos citado.
Pero vayamos por partes para poder explicar hasta donde es inexacto Cacua cuando llama al arzobispo Navarro “escrupuloso inquisidor del Diario”(p.23), como falta al creer que el deán Navarro repudió trozos de aquel escrito(p.80), como este ni omitió ni quitó fragmento alguno sino que logró reconstruir el conjunto que procedía de la redacción del Diario. Esto dio lugar al nacimiento de una de las obras sobresalientes, entre nosotros, del análisis de textos históricos, del cotejo documental. Y por ser el obispo Navarro hombre de Iglesia no puede ser acusado de faltar a la verdad. Habría sido, en su caso, la negación de su personalidad, dentro de la cual convivieron siempre sin estorbarse, complementándose, el sacerdote y el historiador. Si como clérigo no iba a alterar ni a trastocar la verdad menos lo iba a hacer como hombre de letras, quien siempre amó los viejos papeles. Sus muchos estudios, todavía, a más de medio siglo de su deceso, arrojan numerosa luz sobre hechos de nuestro pasado. Pero en su caso, y al examinar su edición del Diario, debe el lector distinguir claramente el momento en que Navarro edita el texto de Lacroix, de sus muchísimas acotaciones sobre las características de los manuscritos que analizó y preparó para ser impresos, de aquellos momentos en los cuales escribe por sí mismo, expone sus propias conclusiones, todas ellas surgidas del estudio del tema, en las cuales expone aquello a lo cual ha llegado tras examinar la documentación, conclusiones que en muchos casos están teñidas, y así debía serlo, de su propia formación, de su propia visión de la realidad. De esto hay ejemplos diversos en sus notas a su edición del Diario. Por ello el lector del trabajo de monseñor Navarro debe distinguir, cuando repasa su edición crítica del Diario, aquellas notas que son estrictamente técnicas de aquellas segundas que son explicativas, distintas también de las terceras en las cuales expresa sus propias opiniones, pensamientos en muchos de los cuales se explaya a partir de su libro Tópicos bolivarianos.(Caracas: Tipografía Americana, 1933. 137 p.) en donde glosa, desde sus propias opiniones, algunos contenidos del Diario.
Todo ello lo hizo el arcediano Navarro por haberse dado cuenta al estudiar el Diario como desde su primera edición, preparada por un sobrino del Libertador, Fernando Bolívar Tinoco(1810-1898), e impresa bajo el mote de Raciocinios del Libertador/Efemérides colombianas.(París: Imprenta Walder,1869.140 p.) en cuya carátula interna ostenta el título de Raciocinios del Libertador, observación que hacemos para que no se crea que se trata de dos obras distintas. Al estudiar las Efemérides colombianas, repetimos, comprobó el protonotario Navarro como Bolívar Tinoco había introducido en ella “tales alteraciones y lo adobó con tales añadiduras de índole puramente personal, que resultó una verdadera adulteración y caricatura del original”(Diario de Bucaramanga, Edición crítica,p.11); de “grandes infidelidades” adolece también(Diario de Bucaramanga, Edición crítica,p.65) la edición parisina del mismo escrito preparada por el escritor colombiano Cornelio Hispano(Diario de Bucaramanga. París: Ollendorf, 1912. 267 p.). Así la primera edición seria, la que lleva el texto genuino(Diario de Bucaramanga,Edición crítica,p.67) fue la hecha en Caracas(Diario de Bucaramanga.Caracas: Editorial Elite, 1931. XV,194 p.) al cuidado del bibliófilo venezolano José Eustaquio Machado(1868-1933). Tuvo la suerte Navarro de encontrar el manuscrito original del Diario, que fue la base de su edición crítica, que hemos venido citando. Esta dio lugar también a la llamada “edición acrisolada” preparada por el mismo(Diario de Bucaramanga. Edición acrisolada, Caracas: Ministerio de Educación, 1949. 281 p.). Gracias a este hallazgo pudo ponerse Navarro a trabajar para fijar la autenticidad del Diario, para así comprobar “si todo lo que encierra el consabido códice es digno de crédito”(Diario de Bucaramanga, Edición crítica,p.77).
Para hacerlo trabajó Navarro con el “códice autógrafo” de Perú de La Croix el cual poseyó don Ramón Azpurua(1811-1888), uno de los mas connotados editores de textos históricos que hemos tenido en nuestro país. Fue ese original el que le permitió percibir las intercalaciones, las dobles redacciones, la poca veracidad de algunas de sus cláusulas, lo indeciso de ciertas formas de expresión. Fue esa lectura la que le permitió aclarar el texto y así convertirlo en una confiable fuente histórica.
En cuanto a lo citado por Cacua halló Navarro dos lecturas contradictorias del mismo pasaje. La primera es “que solo no ha tenido posteridad, porque su esposa murió muy temprano y que no ha vuelto a casarse, pero que no se crea que sea estéril o infecundo porque tiene prueba de lo contrario” (Diario de Bucaramanga,Edición crítica,p.280). La segunda “que el solo no ha tenido posteridad; porque su esposa murió muy temprano, y que no ha vuelto a casarse, ni ha tenido nunca hijos; sin saber la causa”(Diario de Bucaramanga,Edición crítica,p.281).  Así de cada lectura se puede llegar a una conclusión distinta: si podía tener hijos según la primera; no podía tener hijos, según la segunda, que es la que aparece en las Efemérides colombianas. Según esto la parte final “no se crea sea estéril o infecundo porque tiene pruebas de lo contrario”(Diario de Bucaramanga,Edición crítica,p.280) fue afirmación añadida a la redacción original. Por ello Navarro al editar esta obra hizo esa supresión dejando la sentencia “que sólo él no ha tenido posteridad, por su esposa murió muy temprano y él no ha vuelto a casarse”(Diario de Bucaramanga,Edición acrisolada,p.91). Y esto hizo el canónigo Navarro para restablecer el texto, no para hacer “recortes y enmendaduras al original...mas de acuerdo con sus propios esquemas, glosando y mutilando a cada rato el original” como se lee en otra edición(Diario de Bucaramanga, Edición sin mutilaciones. Caracas: Centauro,1973,p.X), porque eso que se indica hubiera sido la negación del trabajo que se impuso Navarro al rescatar el verdadero texto del Diario; sería una falta de ética de investigador histórico, cosa  de lo nunca adoleció Navarro. Y su edición del Diario no fue el único documento histórico que él preparó con precioso cuidado. Tan esmerada como esta edición fue el esclarecimiento que hizo sobre quien había sido la persona a la cual dirigió Bolívar la Carta de Jamaica, investigación cuidadosa y minuciosa si la hay(El destinatario de la Carta de Jamaica. 2ª.ed.aum. Caracas: Imprenta Nacional, 1956. 83 p.). Igual podemos decir de su publicación del Litigio ventilado ante la Real Audiencia de Caracas sobre el domicilio tutelar y educación del menor Simón Bolívar. Año 1795.(Caracas: Imprenta Nacional, 1955. 64 p.) que hallado por el investiador Blas Bruni Celli(1925) Navarro editó.
La conclusión de esto es sencilla: la aseveración “pero no se crea que es estéril o infecundo, porque tiene pruebas de lo contrario”(p.17) no se puede utilizar como elemento para probar la posible paternidad del Libertador, pese a que ello se encuentre así dicho en algunas ediciones, una de las cuales hemos citado antes(Diario de Bucaramnga,Versión sin mutilaciones,p.96), por que no tiene veracidad documental, no la dijo Bolívar en la conversación suya que hemos citado, ni la registró Perú de La Croix en su obra. Que no es cierta lo prueba también un hecho histórico: ninguno de los hijos que se le han atribuido al Libertador, ni sus madres, han logrado probar, a lo largo del tiempo, que fueron vástagos de Bolívar. De allí que sea pura falacia que hayan sido retoños suyos. Lo cual prueba que el Libertador fue estéril. La mejor prueba de ellos es que con ninguna de las mujeres con las cuales convivió durante mayor tiempo, su esposa María Teresa Toro, Josefina Machado o Manuelita Saenz, engendró hijo alguno. Tampoco en sus amplios escritos hay mención alguna a los hijos que se le han atribuido. Esto no deja de ser otra prueba ya que su extensa correspondencia está llena de materiales en los cuales se ocupo de diversas maneras de sus hijos afectivos. Es por ello que tiene razón Cacua cuando afirma “Son curiosas las afinidades, coincidencias, anécdotas, presunciones y leyendas que se han creado sobre las posibles paternidades del Libertador”(p.240).
Por lo tanto no fueron hijos de Bolívar ni Flora Tristán(1803-1844), ni Eugenio Dervieu du Villars, ni el padre Secundino Jácome(1826-1895), ni Miguel Simón Camacho ni José Antonio Costas(1826-1895), la relación con cuyas madres examina Cacua, en algunos casos para negar la posible paternidad.
Flora Tristán no pudo ser hija de Bolívar. Lo desmiente la cronología. Basta echar una mirada a ciertos detalles para probarlo. Flora, según la partida de bautismo que presentó en el Perú, cuando fue a reclamar su herencia ante sus tíos, papel que publica Cacua en su original francés(p.148), fue bautizada el 7 de Abril de 1803, según esto nació ese año, fue concebida entonces durante el mes de Agosto de 1802. Y en esa fecha Bolívar no estaba allí. Había dejado Bilbao el 29 de abril de 1802. El 26 de Mayo se celebró su matrimonio, con María Teresa Rodríguez del Toro(1781-1803), en Madrid. En Junio partió para Venezuela. El 12 de Julio llegó a La Guaira. No regresó a Europa hasta el 23 de octubre de 1803. Para ese momento la pequeña Flora tenía más de seis meses. Así no pudo ser padre de Flora menos pudo ser abuelo del pintor Paul Gaugin(1848-1903), nieto de Flora, cosa que tanto se ha propalado sin tener pruebas certeras para decirlo.
Tampoco fue hijo de Bolívar Eugenio Dervieu du Villars, ya que de haberlo sido la insidiosa Fanny du Villars, su madre, se lo habría dicho enfáticamente en las capciosas cartas que le remitió, en las cuales hasta dinero le pidió, a partir del 18 de junio de 1820(Memorias del General O’Leary. Caracas: Ministerio de la Defensa, 1981, t.XII,p.293). Eran tan falaces que Bolívar sólo respondió una, le envió también un retrato suyo, en la que sin duda fue la última vez que se refirió a ella.(Cartas del Libertador. Caracas: Fundación Lecuna,1969, t.VII,p.501).
La peana en que se basa la adjudiciación al Libertador de la paternidad del presbítero Secundino Jácome no puede ser más falaz, “los fisonomistas resolvieron que José Secundino se parecía a....Bolívar y sin más documentación lo tildaron de hijo del Libertador”(p.163). Lo cual no vale como prueba ya que, entre otras cosas, muchos hijos verdaderamente legítimos no se parecen a sus padres, ni el parecido puede ser utilizado como prueba concluyente. En cambio si es posible negar la posible paternidad si reparamos en otros hechos traídos a cuenta por Cacua. Según su estudio Jácome nació en 1810 o 1811, aunque él mismo afirmó haber visto la luz al año siguiente. Y Bolívar no pudo ser su padre pues el año diez estuvo en Venezuela y en Inglaterra; en 1811 en su país natal y en 1812 en Caracas, Puerto Cabello, La Guaira, Curazao y Cartagena y nunca, en esos tres años, en la ciudad de Ocaña, Colombia, donde nació Jácome, según su propio testimonio, el año doce(p.178).
Es bien difícil también certificar que pudiera ser hijo del Libertador Miguel Simón Camacho, quien nació en el pueblo colombiano de Piedecuesta, lugar en el cual estuvo el Libertador, de regreso de su triunfo en Boyacá, encaminándose hacia Angostura, entre el 19 y el 21 de octubre de 1819. Se dice que este niño creció en Caracas, casa de Valentina Bolívar de Camacho, hija de María Antonia Bolívar, señalándose también que pasó a esta ciudad por decisión de la misma María Antonia, la cual difícilmente podía decidir eso el año veinte ya que residió en La Habana hasta 1821, cuando regresó a Caracas en 1822, tras el triunfo de su hermano en Carabobo. Por ello decir que “se asegura generalmente que el señor Camacho es hijo...de Bolívar”(p.192) no basta para aseverarlo; tampoco, otra vez, el parecido puede ser prueba para ser avalada por un historiador serio(p.194).
En cuanto a María Joaquina Costas hay que decir lo siguiente: en la recién creada Bolivia, hacia la cual viajó el Libertador en 1825, se sabe que muy cerca de él estuvo María Joaquina Costas(1794-1877), mujer de 31 años, casada en aquellos días. También se ha citado una carta de Bolívar a ella que Cacua inserta en su estudio(p.210-211), hoy sabemos que es apócrifa. Sobre la relación con Bolívar no conocemos ningún testimonio ni del Libertador ni de ella sobre sus relaciones. En las cartas que Bolívar dirigió a miembros de la familia de María Joaquina nunca la mencionó. Además Bolívar sólo estuvo en Potosí entre el 5 de octubre y el 1 de noviembre de 1825. Por lo tanto el romance de haber sido debió ser muy corto. ¿Engendró Bolívar en ella a José Antonio Costas?. La verdad no la sabemos a ciencia cierta, ni la declaración de ser hijo de Bolívar, anotada en su partida de matrimonio, sesenta y nueve años más tarde(p.207), es prueba porque no existe otro documento para confrontarlo, una aseveración de parte de Bolívar o de María Joaquina, o de ambos, señalando que José Antonio fuera hijo de los dos.
Con relación al niño de María Joaquina se inserta en la obra de Cacua(p.203) un relato que no puede ser más fantasioso, negado sin duda por los modos de ser del Libertador, quien fue siempre un hombre muy severo. Se dice allí que tras el nacimiento de este niño, quien vio la luz según esta obra a mediados de 1826(p.203), es decir en junio o julio de ese año, que al saberlo Bolívar quiso conocerlo y pidió a un oficial llamado José Miguel de Velasco que lo trajera a Lima. Eso hizo aquel militar. Y por ello, según esta conseja, por haberlo hecho, Bolívar lo ascendió a general. Es sin duda sabroso el cuento. Pero es poco verosímil. ¿Se podía en aquellos días, en los cuales los niños morían de cualquier enfermedad, y el post parto era largo período, pensar en trasladar de la actual Bolivia al Perú un párvulo de menos de dos meses?. Pero mucho más inverosímil es que el Libertador, un hombre tan rígido, quien fue tan estricto que siempre concedió cuidadosamente los ascensos a sus oficiales, que se disgustó al saber que Sucre, nada menos que Sucre, había sido ascendido a general sin él saberlo; que fue muy cauto a la hora de conceder los ascensos a sus edecanes y miembros de su Secretaría, quienes ascendieron mucho más tarde que muchos de sus compañeros, pese merecerlo, pues Bolívar pensaba, con intuitiva razón, que muchas personas podían pensar que ascendían porque trabajaban cerca de él. Si Bolívar era tan estricto que prohibió que el sueldo de su cocinero personal fuera sufragado por el Estado porque este era una persona que le servía a él(Doctrina del Libertador. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979,p.254). Si este fue su modo de actuar cómo vamos a pensar que el citado oficial por traer a un niño de Bolivia al Perú iba a concederle un ascenso. Y menos a general. Esta es otra fantasmagoría. Ese oficial que Cacua llama José Miguel de Velasco pensamos que pudo ser José Manuel de Velasco, quien sí aparece en la correspondencia del Libertador(Cartas del Libertador,t.VIII,p.187). Sobre el hecho que hemos relatado también debe saber el lector que Bolívar sólo estuvo en Lima hasta el 3 de septiembre de 1826, cuando pasó a Guayaquil- No volvió a regresar al Perú.
Si bien estos no fueron seguramente hijos suyos, ni lo fueron muchos de los que cita el historiador ecuatoriano Fernando Jurado Novoa, cuyos nombres ofrece Cacua(p.223), si es verdad que el Libertador tuvo hijos afectivos. Y estos fueron sus sobrinos. En primer lugar los hijos naturales que su hermano Juan Vicente Bolívar(1781-1811), fallecido en un naufragio, tuvo con Josefa María Tinoco. Así Juan, Felicia y Fernando Bolívar Tinoco ocuparon el lugar de los hijos que el Libertador nunca tuvo. Igual atención prestó a Anacleto Clemente Bolívar, otro de sus sobrinos, hijo de su hermana María Antonia.
Existe otro problema al analizar los amores y la vida sexual del Caraqueño: esta no puede ser comprendida sino se examina desde la perspectiva histórica de lo que era la vida sexual de los hombres y mujeres de su tiempo, sin reparar en el hecho de que Bolívar heredó, en una primera instancia las costumbres sexuales del siglo XVIII, una centuria de gran libertad erótica, no es casual que fuera la centuria de la novela libertina, nunca superada en el campo de la novela erótica y el tiempo del magnífico señor marqués Donatien de Sade(1740-1814) y de Giacomo Casanova(1725-1798). A esto hay que añadir que luego surgió el romanticismo, que en el caso de Bolívar, como bien lo ha demostró Augusto Mijares(1897-1979) fue vital, el tiempo de los grandes ideales, de las grandes acciones y de los grandes amores(Vida romántica y romanticismo literario. Caracas: Ministerio de Educación,1971.84 p.) Recuérdese también que el primer hispanoamericano que usó la palabra romántico fue Francisco de Miranda(1750-1816) en 1788, la consignó en su Diario(Fernando Paz Castillo: El romanticismo de don Francisco de Miranda. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua,1965. 50 p.). El romanticismo trasmutó la idea del amor, fue tan grande la revolución que produjo que está aun viva. Desde luego no llamamos romanticismo pleno a lo que observamos en las telenovelas que pertenecen a un género hijo de aquel movimiento, que muchos confunden con los propios sentimientos románticos, el melodrama. Pero a aquel romanticismo de su época que en el caso de Bolívar fue evidente en la única carta a su novia María Teresa Rodríguez del Toro(1781-1803), a quien llamó “amable hechizo del alma mía”; en su afán por ser aceptado por Bernardina Ibáñez(1803-1864), quien lo rechazó o las que dirigió a Manuelita Saenz, quien le abrió las puertas de su vida y de corazón.  
Pero a ello, en su época, hay que añadir otro hecho siempre soslayado: los tiempos de guerra son los más liberados eróticamente porque la muerte está en la puerta y nunca se sabe si aquella es la última vez que se hará el amor, por lo cual la vida sexual es mucho mas copiosa e intensa, tanto en hombres como en mujeres, hecho que debe tenerse en cuenta en el caso de Bolívar y en los hombres de su generación.
Y por fin quienes tratan de la vida amorosa y erótica del Libertador tienen también que tener cuidado siempre de que al escribir sobre él no redactar sus propias autobiografías, no estudiar a Bolívar haciéndonos ver sus propias carencias, de sus deseos o sus fantasías, viéndolas realizadas en aquel, un hombre de otro tiempo. Eso de que muchos libros sobre el Libertador son meras autobiografías de sus autores ya fue advertido por el maestro colombiano Germán Arciniegas(1900-1999) cuando se refirió a cuantos trazan la biografía de un personaje, Bolívar en ese caso, y terminan  casi siempre escribiendo sobre si mismos, “El caso ha venido repitiéndose con una constante desoladora sencillamente porque cada cual hace su propia historia cuando escribe la de otros”(“Bolívar: un misterio?, El Nacional, Caracas: Octubre 19,1983, Cuerpo A,p.6).
Y, además, los tiempos no se pueden transpolar, nadie del siglo XX o XXI, cuando fue impreso el libro de Castellanos, puede escribir la historia sexual y amorosa de Bolívar como la propia porque escribe hoy en día, tras el siglo de Sigmund Freud(1857-1939), de los informes del doctor Alfred Kinsey(1894-1956) y del sexo, de la irrupción del feminismo, tras la gran revolución erótica de los años sesenta del siglo XX, la que trasmutó el modo de ver y vivir la sexualidad.

EL DIA DEL SANTO

Existe también otro asunto de la vida personal del Libertador, un hecho, desde luego no íntimo, que trata Castellanos: es su estudio sobre del 28 de Octubre, día de San Simón, onomástico del Libertador. Aquí es imposible no subrayar la interesante indagación que nos ofrece. Este día fue recordado cada año en vida de Bolívar y celebrado con el tiempo como una fiesta nacional, a partir del 14 de Marzo de 1849, como indica el estudioso aragüeño Germán Fleitas Nuñez(Palabras al viento. Maracay: Biblioteca de Autores y Temas Aragueños,1995,p.53). Hay en relación al 28 de Octubre quien creyó, erróneamente, que este era la fecha natal de Bolívar, como lo hizo Fleitas Nuñez en cuidadosa argumentación. En verdad solo era el día de su santo.
En verdad Bolívar nació entre la noche del 24 y la madrugada del 25 de Julio de 1783 y no el 24 de Julio, como se lee en su partida de bautismo y se creyó siempre, esto lo  precisó el historiador José Luis Salcedo Bastardo(1926-2005) en su libro Bolívar, el nacer constante. (Caracas: Ariel,1985,p.39-52). Interesantes son los datos que para la historia del 28 de Octubre aporta aquí Castellanos, logrando señalar en donde estaba Bolívar cada año de su vida el día de su santo, al menos desde 1813.



Caracas: Noviembre 1,2011.