miércoles, 23 de marzo de 2011

Ateneo de Valencia ((I)


Ateneo

También es Ateneo (hacia 200 d. C.) un escritor de la Grecia antigua. Por lo general se lo conoce como Ateneo de Náucratis, por haber nacido y haberse criado en esa antigua ciudad egipcia, pero poco más se sabe de su vida.

El banquete de los eruditos

Se lo recuerda sobre todo por la colección antológica en quince libros titulada Deipnosofistas (El banquete de los eruditos), una suma de diálogos sobre una gran variedad de temas. Se trata de una valiosa fuente de información sobre el mundo antiguo, pues incluye muchos detalles sobre la vida cotidiana, la concepción de la vida y las ideas, así como pasajes de numerosas obras hoy perdidas. Probablemente la obra fuera acabada en los años inmediatamente posteriores a la muerte del emperador romano Cómodo en 192. La obra pertenece a la variedad polihistórica del género banquete, anteriormente utilizada por Platón en Banquete, por Aristóxeno y Dídimo.

El banquete de los eruditos, en su versión actual tiene 15 libros, aunque quizá originalmente fueran 30. Hay un epítome que cubre las lagunas existentes. En el banquete, que se prolonga durante varios días, la filosofía, la literatura, el derecho, la medicina y otras, aparecen representadas por un gran número de invitados, que en algunos casos son personajes históricos (el más famoso es Galeno). Como contraste, Ateneo presenta a un filósofo cínico. El anfitrión llamado Larense, quizá el patrono del autor, está atestiguado epigráficamente.

El marco simposíaco, aunque no desprovisto de humor en ocasiones, se haya subordinado al interés de las colecciones de extractos que contiene. Dichos extractos están relacionados con todos los temas y argumentos propios del convivió; proceden de un gran número de autores, especialmente de la Comedia nueva y la Comedia media, cuyas obras se han perdido. Tienen valor desde el punto de vista de la literatura. La disposición de estos extractos sugiere a veces que el autor usó léxicos (Dídimo, Pánfilo) o de didaskalíai (listas de producciones dramáticas), al igual que listas de Kōmōdoumenoi (los personajes objeto de burla en las comedias). Pero Ateneo recopiló muchos textos al margen de los de los grandes escritores. Cita a unos 1.250 autores, da el título de más de 1.000 obras teatrales y copia más de 10.000 versos.

En 1999, Lucía Rodríguez-Noriega Guillén recibió el Premio Nacional de traducción por su versión del Banquete de los eruditos, inédito hasta entonces en España.

imagen de la entrada del ateneo de valencia, la foto enlaza con la pagina ateneodevalencia

En Valencia quienes más se dedicaban a organizar los

festejos del Día de Valencia eran

las Juntas Directivas encabezadas por damas de su sociedad.

(Se recomienda ver el blog

fridavalencia.blogspot para conocer la labor maravillosa realizada

en el Cuatricentenario de

Valencia en 1955 por la Junta Directiva de la institución,

presidida por Frida Añez...ese

pacto mujer/Ateneo se rompió egoica y perversamente en

1991 con todas las consecuencias que

ha acarreado, tanto, que la misoginia

que nos gobierna en el Estado Pais domina por igual al Ateneo

y contrario a los de otras

entidades, el valenciano no ha podido resolver sus discrepancias

y pruebas del Gobierno militar contra la cultural porque no son

políticas sino de

otra fuente genérica afectiva distorsionada y pervertida.







Valencia: La Heredad de Atenea

de Puerto Cabello

Valencia: La Heredad de Atenea

Valencia tiene nombre de mujer... Ciudad tierna y gentil, desde su nacimiento en las riberas del padre de los lagos, ya se mostraba esquiva. Para que lo luciera coqueta y atrevida, un collar con figuras de soles y de lunas, de jaguares y estrellas, de caracolas y serpientes sinuosas como ríos, le grabó en piedra dura y colocó cual ofrenda sobre su cuello altivo, el indio Tacarigua. Otro aborigen -el cacique Guacamaya-, para enamorarla, echó a volar un arco iris de plumas vocingleras, de aves parlanchinas, que después la visión onírica del tiempo transformó en mariposas amarillas sobre la cabeza macondiana de Mauricio Babilonia. No escapó al hechizo el recién llegado entre pendones y espadas desde la España conquistadora. No pudo sortear el embrujo, eterno enamorado, el colono que la sembró de añiles y trigales, de naranjas y pregones. Ni el hijo libertador que la adoró entre sufrimientos y quebrantos, hasta sembrarle la enseña de la patria en su pecho rebelde.

Del momento auroral de la urbe cabrialeña es el inicial testimonio que se posee de la Valencia mujer.

La hija del cacique es una novela histórica que don Tulio Febres Cordero, en su morada merideña, armó letra a letra en los tipos de su vieja imprenta, con una constancia de relojero antiguo... Tibaire, la hija del cacique Queipa, cristianizada bajo el nombre de Irene, muestra en la pluma de don Tulio uno de los blasones de la mujer valenciana: su belleza (escribiría el narrador: "Trigueña, con los ojos negrísimos, graciosa en sus movimientos, dotada de un cuerpo bien proporcionado y tan flexible como tallo de azucena silvestre". Doña Irene logró a través del autodidactismo otro blasón de valenciana estirpe: el saber ("La hija del cacique alcanzó por propio esfuerzo -son palabras de Don Tulio- una instrucción rara en una española de aquella época. Y completamente excepcional tratándose de una india").

Hay entonces un nombre de mujer rondando los costados del hecho germinal... Doña Irene es el prístino momento de la ciudad. Como para que en el tiempo Valencia quedara gentil matrona, toque tierno, resumen de amor...

Valencia es un rostro de mujer... Desde su corazón de naranja madura, un niño enternecido canta. Junto a su pujanza, al lado de la viril compostura, está la bien ganada fama de sus bellas e inteligentes mujeres.

Hace más de un siglo -dieciséis décadas para ser precisos-, quedó un testimonio por la pluma de un viajero inglés, periodista y diplomático, caminante de las rutas del mundo. La visión de Edward Eastwick (quien llega el 13 de agosto de 1864), está plena de un verdor de naranjales, y de "...lindas damas criollas, que se paseaban o estaban sentadas para tomar el fresco, frente a posadas semejantes a los tea-gardens de Inglaterra". Valencia lo cautivó para siempre: "Es la perla de las ciudades venezolanas", dijo. Sobre la mujer valenciana estampó las más sentidas frases, retocadas a veces con oro de naranjas.

El retrato literario que dejó de Erminia Arvelo, la más bella mujer lugareña, es digno de un pincel:

"Tenía justamente dieciocho años, con una estatura algo más que mediana, pero que parecía mucho más alta a causa de la perfecta simetría de sus formas; una verdadera nube de rizos oscuros y brillantes caía sobre sus hombros de marfil. Su cara era oval y mostraba una tez blanca, quizás un tanto descolorida; pero en compensación, sus labios eran rojos y pronunciados, y descubrían al sonreír unos dientes de blancura tan deslumbrante, que parecían centellear como joyas. Sin embargo, el rasgo más atractivo de sus facciones eran unos inmensos ojos negros, orlados de largas y sedosas pestañas".

Si Erminia era la más bella de Valencia, Antonia Ribera tenía fama de ser la más hermosa de Venezuela. En los hierros de su ventana se estrellaron requiebros de amor. La Antonia representa un prototipo de mujer valenciana con visos de permanencia, que no se quedó nunca en el esplendor de su belleza física, y se creció hacia adentro en lo cultural y espiritual. Antonia deslumbra en su extraordinaria hermosura a través de la pluma del viajero, quien señalaría:

"Era completamente distinta a las otras damas criollas que había conocido. Su traje y sus maneras parecían más bien los de una beldad británica que los de una criolla. Los ojos eran de un azul oscuro, el pelo castaño intenso, la nariz griega y las cejas arqueadas. Sólo sus labios eran más pronunciados que los que se ven habitualmente en una inglesa. Su figura era esbelta y graciosa, y su paso elástico que más bien parecía deslizarse que caminar por el salón".

Si ésa era la materia sometida a pinceladas, otro tanto era el espíritu. Escribió el inglés:

"Nos enzarzamos en una larga conversación, y mientras escuchábamos a aquella mujer singular, mi sorpresa iba en aumento cada vez más. Hablaba como un erudito, como un político, como un diplomático, como un sabio, pero tan distante de lo que debía ser tema de charla para una señorita de dieciocho años, que había momentos en que casi me olvidaba de que estaba hablando con una chiquilla como ella".

Erminias siempre han sido muchas, en este camino de hacer cultura y mantener en alto el espíritu como antorcha.

Nunca la mujer valenciana prodigó tanta belleza y sabiduría, como cuando constituyó, a partir del año mil novecientos treinta y seis, un templo laico para la adoración perpetua de la diosa Atenea.

Más de cincuenta años de cultura valenciana fueron desde entonces conducidos por la batuta de prodigios de una mujer de variados nombres y múltiples rostros.

Valencia necesitaba el nuevo corazón que entonces le nacía, para unir a la bien ganada fama de sus mujeres bellas el privilegio de sus damas inteligentes. En ningún otro lugar que no fuera Valencia pudo escribirse un texto consagratorio como el que copiamos:

"Hemos consagrado como norma que la presidencia del Ateneo esté siempre en manos de una mujer, porque de este modo contamos siempre con la perseverancia, el espíritu emprendedor, la capacidad de trabajo, la inteligencia, la eficacia y el profundo sentido humano que caracterizan a nuestras compañeras". (Artículo de los Estatutos del Ateneo de Valencia).

La buena conducción demostrada, el éxito, la proyección hasta más allá de regionales fronteras, hacen de esta casa de cultura un ejemplo vivo de voluntad de crear y perseverante actitud de crecer, prodigios de la mujer valenciana.

Que tanto amor ha puesto en la criatura, que resume amor; y justifica el toque tierno de que un rostro de mujer esté presente en todos los momentos de su acontecer.

Braulio y el rostro de la valenciana

El rostro de Valencia nació del pincel milagrero de Braulio Salazar... Para que su pintura emprendiera un alado galope, de ÷caro quizás, se transformaron sus manos en una simbiosis de nardos y gaviotas. Ideó Braulio el rostro de la mujer amada, y Valencia definió un rostro en el pincel de Braulio. Enfrentó el artista un paisaje urbano cargado de azules, de ocres diluidos, de brumas bailarinas, y colocó en el cuadro a la mujer, a lo lejos como una vara de gladiolas blancas, de cerca con rostro definido en chamiceras, leñadoras, lavanderas, bañistas del Cabriales. Braulio le dio a Valencia una cara dulce nacida de sus manos poetas, de lirida en flor. Retrato para ponerle un nombre femenino...

Braulio macera los colores con pétalos de rosas, conoce del secreto de los zumos silvestres, polvo de mariposas difumina su lienzo. Trae desde la mar porteña su pedazo de cielo, o "una rosa pintada de azul que es un motivo". La valenciana de sus cuadros se mete en las pupilas como una recia estampa de otros tiempos, la ciudad cabalga entre las venas como un potro de sangre, los paisajes de Braulio respiran el aire embalsamado de azahares que alguna vez respirara Valencia...

Felipe, como un alto poeta ("Un poeta tiene el corazón como un espejo de aguas vivas", diría de sí mismo Felipe Herrera Vial), halló a Valencia "... sumida en la vida de sus fábricas y comercios, mientras Incamar (la otra Valencia, decimos nosotros), toda luz, toda armonía, resume con su gracia y su amor a la belleza el vigoroso encanto citadino".

La alegría fluye como un Cabriales desatado desde los ojos de Incamar, que el poeta dibujó cual "... la dulce muchacha de mi ciudad, que lleva como una pluma de color sobre las sienes, su grato y oloroso nombre indígena". Incamar la ciudad es también la mujer que describe el aeda como "... una gracia de melancolía, un cuento azul y blanco. Una calcomanía del ayer perdido. Una vital promesa de mujer criolla y altiva". Y para que sea valenciana pura, Incamar toma en sus manos un libro, lo percibe como una mariposa, y se aposenta en su lectura. El poeta le dice a la ciudad, y a la mujer que es su espíritu, que "... la tarde no está para leer; está para gozarla en el amarillo del sol detenido en las ramas de los árboles y en el azul del cielo, en los colores de las rosas que en el patio despiden sus perfumes".

Atenea surgió armada y victoriosa de la cabeza de su padre Zeus. Debajo de su casco guerrero, una mujer había... La diosa de sereno aspecto creó el primer olivo para simbolizar la paz. Representaba también la sabiduría. Era de mirada viva y penetrante, ojilúcida, de ojos verdes o azules. El poeta ciego que era Homero vio por los ojos de Atenea el color de la mar por donde luego navegarían sus argonautas, tras el señuelo de un vellocino de oro.De arte y ciencia, de cultura y saber, en Atenea vibra un dulce corazón que no quemaron las hogueras bélicas. Un día inventó también el arte de hilar, bordar y hacer tapices; y enseñó al campesino a uncir los bueyes al arado, y orientó las faenas campestres; y a todos los hombres los enseñó a amar la naturaleza y sus cosas sencillas.

En los más de tres mil años transcurridos desde que la geografía de Tesea vio nacer a la diosa, se han elevado al cielo sus santuarios...

Pero la más hermosa, inteligente y noble de todas las mujeres es Valencia... Desde su pecho de naranja madura un corazón palpita: desde ese corazón, un niño enternecido canta. La canción es de amor, eterna balada de enamorados: amoroso mensaje de "aquí me quedo", del "no te olvido ya", del "siempre te amaré, Valencia mía".


Ateneo


Valencia: La novia del Centauro


de Puerto Cabello



Cuentan que José Antonio Páez era muy bien visto por las mujeres... "Buscando las raíces de esa simpatía -escribió un estudioso de la vida y obra del Centauro-, es posible localizarla en ciertas cualidades populares, maneras de ser de buen criollo... Llaneza en el trato. Gentileza en el modo de ser. Modestia en sus relaciones personales. Y su condición de artista, trovero de buenas coplas, amigo de fiestas y devoto de serenatas... Tenía 57 años cuando la campaña contra Rangel, y a la luz de alguna candileja le vieron los villacuranos ofreciendo serenatas frente a no pocas ventanas. Buen cantor con su voz de tenor. Músico que gustaba rasguear la guitarra, pulsar el arco del violín..." (Ramón J. Velásquez).

Cuentan también que cuando estuvo prisionero en un calabozo valenciano (era el año 1849 y agosto todavía), las mujeres hacían cola para visitarlo, llevándole dulces y pañuelos bordados y el consuelo de la amistad. Y que igual aconteció durante su reclusión en el castillo de San Antonio de Cumaná; con el agregado de que al salir hacia el exilio, una guardia de honor integrada por cumanesas lo acompañó desde la prisión hasta el embarcadero.

("Es de rostro hermoso y varonil, con cabellos espesos, negros y crespos. Tiene buena musculación, buenas formas y posee admirable fuerza y agilidad...", escribió de él un oficial inglés).

De manera que podemos suponerlo querido de mujeres... Que fueron muchas, a no dudar...Y que a pesar de lo numeroso, para esta corta historia traeremos sólo la presencia de sus más caros motivos: la esposa, la amante, la novia...

DOMINGA fue la esposa...

Casó con José Antonio en 1810, cuando ella tenía dieciocho y él diecinueve años de edad. De recia estirpe barinesa (natural de Camaguán), nació de Francisco de Paula Ortiz en el vientre de Micaela Orzúa. El tiempo de la unión fue la misma década de los sobresaltos de la Guerra Magna. Procrearon dos hijos: Manuel Antonio y María del Rosario.

No quedó pintura ni dibujo de la esposa llanera, pero sí una imagen literaria que el capitán Richard Vawell estableciera en la descripción de "Doña Rosaura", la compañera de Páez en la novela Las sabanas de Barinas. Realizó el legionario inglés un retrato moral de una mujer benevolente, "... por quien los llaneros mostraban siempre una extremada consideración. Ella no debía semejante deferencia al solo hecho de ser la esposa favorita de su jefe, sino a que, poseyendo una educación muy superior a los de todos los que la rodeaban, mostrábase al propio tiempo tan modesta y bondadosa con cada uno, que aquéllos le profesaban indecible respeto y admiración". Sustituida en el afecto de Páez por Barbarita Nieves, fallecida ésta, lo acompañará en los sinsabores de la prisión cumanesa (1850); y en el comienzo de su exilio, rumbo a la isla danesa de Saint Thomas.

Esposa desairada, será ejemplo de una nobleza extrema...

BARBARA fue la amante...

Concubina aceptada en los círculos sociales de la época, y justificada su presencia en la vida del héroe. A ella se atribuyen todas las cosas buenas que harán de Páez un personaje de alta cultura, ejemplo de superación, motivo de asombro por su crecimiento intelectual... La Nieves estará a su lado desde que Carabobo coloca sobre sus sienes los laureles, y ya en noviembre de 1823 la adulancia en Puerto Cabello cambiará el nombre del antiguo baluarte El Príncipe por el de Barbarita, inmediatamente después de que el hispano arría la bandera oriflama del asta del castillo San Felipe. Será de sus labios que el Centauro en cesantía escuche lecturas sobre la vida y obra de artistas, políticos, literatos, científicos...: Cervantes, Lamartine y Rousseau le serán voces familiares. Cantarán a dúo -ella soprano, él tenor- trozos de óperas. La mujer sensibiliza el espíritu creativo del guerrero. Habrá quien la compare con Diana de Poitiers, favorita de Enrique II en la corte de París; y con Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador.

En la unión concubinaria de más de veintiséis años, se procrearon dos hijas: Juana y Ursula.

El cónsul británico Sir Robert Ker Porter, autor de un extraordinario retrato de Páez en el año 1824, pintará igualmente el rostro de la amante, en una obra lamentablemente extraviada. Quedará sin embargo el retrato literario de Barbarita, plasmado por la culta pluma del inglés en su Diario diplomático: "Trigueña, con hermosos ojos y cabello azabache..., muy caritativa y compasiva".

Barbarita morirá en Maracay, lugar donde la pareja residía, el 14 de diciembre de 1847. Cómo sería el amor hasta su muerte, cuánto el deslumbramiento, que el Centauro señaló haber sufrido un cambio en su existencia, por "... el vacío que ha dejado en mi casa su eterna ausencia". Por ese tiempo aseguró en carta a un buen amigo que con la muerte de la amada había "comenzado el declinar de su buena estrella".

VALENCIA fue la novia...

en la luz tardecina del 24 de junio de 1821 caracoleó sobre el empedrado "un hermoso caballo blanco que se encabritaba con frecuencia", las calles percibieron a un personaje "cubierto de alamares de oro, con un gran penacho blanco en el sombrero", a quien Valencia mostraba sus artes seductoras:

- Una linfa sonora que escurría su caudal bajo los arcos de un majestuoso puente de cal y canto, levantado sobre esfuerzos de patriotas cautivos, y que poseía una glorieta donde pescar azules en los atardeceres.

- Una plaza mayor donde la luna llena se mostraba cercana, como un farol colgante capaz de contagiar de plenilunio al más rudo varón que osara caminar sobre su enladrillado.

- Un amarillo dorado de naranjas maduras que la perimetraba; y de azahares una tan grande floración, que hizo escribir a un poeta de tiempos posteriores (Andrés Eloy Blanco):

"En Valencia hay azahares

para que el mundo se case.

Si para las once mil vírgenes

llegan once mil galanes,

bastará que un abanico

les guiña a los naranjales,

y para las once mil vírgenes

sobrarán los azahares".

Pero además de río, naranjas y azahares, Valencia tenía el adorno de un lago cual bufanda... Y pájaros suficientes como para, en un vuelo único, emplumar de bruma la tarde... Y mujeres tan bellas, que era la urbe un tropical santuario de Atenea.

Pero sobre todo estaba la gente... Mostró la ciudad mano abierta, y una bondad sin límites, y usanza de valenciana estirpe; y un querer y una lealtad y un todo dar, como pocas veces había acontecido, cuando de seducir a un recién llegado se trataba.

En Valencia tendrá José Antonio Páez solar conocido... Poseerá casa en Barinas, en Maracay, "La Viñeta" en Caracas, la antigua sede de la Compañía Guipuzcoana en Puerto Cabello, pero será la valenciana su residencia preferida. A partir del mes de enero de 1824, toda ella será un arcón que guarda sus recuerdos...

En el lar carabobeño comienza y culmina un segundo capítulo de su vida. La vieja mansión neoclásica se llena con el eco de que su voz lanzara al aire en alguna antigua romanza, o en el ensayo de canciones y recitación de poemas. La música que tocan al piano o a la guitarra o al violín sus curtidas manos de becerrero del hato "La Calzada" ambienta el color de una rosa que lleva su nombre. Bajo los aleros de la casona lugareña se quedan anclados los murmullos proceros de los hombres creadores de la Cuarta República, que dieron a Venezuela una nueva independencia con la ruptura del pacto colombiano. Allí se fragua la patria definitiva de los venezolanos...

Entre los años 1824 a 1829 la pasión artística del guerrero, que en la paz social encuentra cauce, transforma la vieja mansión en una fragua de cultura. Allí recibirá clases de baile y música, inglés y francés, botánica, economía... En 1829, bajo la dirección de un actor dramático español de paso por la ciudad, se improvisó un teatro en el patio trasero de la casa, y sobre las tablas se escenificó la tragedia Otelo, de Shakespeare.Valencia fue también la fragua del estadista que halló cuerpo en José Antonio Páez... En momentos en los cuales tomaba Venezuela decisiones trascendentes, el cotidiano ámbito de color y poesía que era su mansión valenciana, y el ambiente propicio de toda la ciudad, rodearon al principal actor de los sucesos. La suerte de la patria estará en manos de un hombre crecido espiritualmente, forjado en ambiente de cultura. Su conducta será siempre la de un magistrado amante y defensor de las leyes, que impulsa la codificación de las normas jurídicas nacionales. La de un estadista que se preocupa cotidianamente por la educación de la juventud, por estimular la libertad de cultos y de expresión, la venida de inmigrantes, el reconocimiento por España y otros países de la Venezuela independiente. La de un gobernante que apoya la difusión de la música, que crea la Biblioteca Nacional, y abre las puertas de su casa para convivir con los artistas. La de un personaje a quien la tradición representa semianalfabeto hasta su juventud, y que concluye en interlocutor de intelectuales y poetas; en traductor del francés y comentarista de las Máximas de Napoleón sobre el arte de la guerra; en impulsor de la edición de libros fundamentales, como la Historia de Venezuela, de Rafael María Baralt y Ramón Díaz; el de igual tema de Feliciano Montenegro y Colón; y la Geografía escrita por su edecán Agustín Codazzi. Que a fin de cuentas es un cultor de sus memorias, en un libro -Autobiografía- de agradable lectura y reconfortante prueba de empresa literaria.

El crisol donde toma cuerpo este personaje consciente de su papel histórico en la vida nacional, este hombre nuevo de elevada vocación intelectual, será Valencia...

Lo de Valencia y el Centauro fue una verdadera simbiosis de amor...

Ella le brindó paz, y amistad, y un ambiente propicio. Pero sobre todo, lealtad...!

El luchó al lado de ella por la capitalidad de la República, por convertirla en el eje de la nación. Pero sobre todo, le ofreció y le garantizó lealtad...!

Fue un pacto de por vida... Pareciera que el Centauro nació en la ribera de un río, que en vez de llamarse Curpa se llamaba Cabriales. Su actividad fue tan intensa, tan vinculada al ser valenciano, que en la ciudad aparenta haber vivido varias vidas.

Muchos ejemplos pueden presentarse de ese delirio a dos. Veamos...

- La primera prueba de puro amor, de fidelidad incondicional, de pasión desmedida por José Antonio Páez, la dio Valencia durante los sucesos que se conocen bajo el nombre de "La Cosiata" (El 27 de abril de 1826 la municipalidad valenciana manifestaba su desagrado por la destitución de Páez cual comandante general del Departamento de Venezuela, cargo ejercido desde los meses posteriores a la batalla de Carabobo. Tres días después desconocía abiertamente al Gobierno de Bogotá, y restituía a Páez en el mando. Valencia será sede [29 de junio] de una asamblea de municipalidades, que formalmente solicitó al Gobierno colombiano el adelanto de la Gran Convención [estaba prevista para el 2 de enero de 1830], para dirimir problemas unionistas y plantear reformas constitucionales. Los sucesos valencianos culminaron en Caracas con una asamblea celebrada en la iglesia de San Francisco [7 de noviembre], donde se aprobó la convocatoria de una Constituyente propia para independizar a Venezuela).

- Nunca se nucleó Valencia en torno a un hombre ni a un proyecto, como cuando tomó cuerpo el movimiento separatista que restituyera a la patria su independencia (noviembre 1829 a mayo 1830).

- Ciudad amiga, a ella dirigirá sus pasos cuando el golpe militar del 8 de julio de 1835 -que derroca al presidente José María Vargas- encienda los fuegos de la Revolución de las Reformas. Frente al morro valenciano detendrá el veintitrés de julio sus lanceros, y convencerá de viva voz a su antiguo compañero en el Ejército de Apure, general de División José Laurencio Silva, de que debía sumarse a la lucha por la constitucionalidad.

- Eran los tiempos de la Revolución de Marzo (1858), que derrocó a José Tadeo Monagas y permitió el regreso del exiliado José Antonio Páez...

Los festejos para el recibimiento después de una década de ostracismo comenzaron la noche misma del último día del año mil ochocientos cincuenta y ocho, cuando desembarcó en Puerto Cabello proveniente de Cumaná, y de más lejos aun, desde Nueva York. Cinco días después y con las luces del alba, se vino hasta Valencia en cómodo coche por la carretera iniciada durante su gobierno. Fueron miles los recibidores... La ciudad era entonces (producto del proceso revolucionario) sede de los poderes públicos nacionales. Para tomarle el pulso al país, en Valencia permanecerá varios meses, convertido de nuevo en el eje gravitacional de una inmensa esfera, objeto de las más diversas manifestaciones de cariño y amistad.

- Un tumulto valenciano fue el estallido popular del 18 de agosto de 1861, para protestar contra el gobierno del vicepresidente Pedro Gual, por haber solicitado la renuncia al jefe de los Ejércitos de la República, cargo ejercido por José Antonio Páez en el furor de la Guerra Federal. A treinta y cinco años distante del abril de 1826 (y a treinta años del proceso separatista), Valencia contribuía con una nueva "Cosiata", a colocar a Páez en el ápice del poder. En Valencia se hallaba alojado en la casa de su gran amiga Dolores Travieso, y allí fueron a buscarlo los de la multitud.

En Valencia se dio el grito de insurrección contra el Gobierno... Crisis que resolvió el sable conservador del coronel José Echezuría, quien en el amanecer del día veintinueve de agosto depuso al doctor Pedro Gual, y proclamó la "dictadura ilustrada" de José Antonio Páez.

- Siempre que el Centauro anunció su llegada, la ciudad desbordó su alegría.

Inmediatamente después de establecida la dictadura, se le concedió a la paz una oportunidad... El lugar para discutir el tratado fue la aldea de Tocuyito y su vecino Campo de Carabobo.

A Puerto Cabello llegó el anciano dictador a bordo del vapor "Venezuela" el 29 de noviembre (1861). La ciudad lo recibió sólo cordialmente, opuesta como era a la dictadura.

Pero en Valencia sería distinto... Alojado en la casa que frente a la plaza Bolívar poseía el poeta Rafael Arvelo, recibió de los valencianos espléndidas manifestaciones de solidaridad y afecto. A Naguanagua fueron a recibirlo los altos dignatarios y jefes militares, y desde que la caravana del recibimiento asomó en Camoruco, una salva de veintiún cañonazos manifestó su rugir... La ciudad se iluminó por tres días... Se promovió una suscripción, que alcanzó hasta ochocientos pesos, para al héroe regalar una medalla, "...confiada su elaboración a un artista europeo".

Valencia respondió siempre como lo que siempre fue para el Centauro: La eterna novia... La pequeña gran patria de su corazón.