Alfonso Betancourt ||
Desde el Meridiano 68
Escasa la mesa, fecundo el lecho (II)
Esa es cuestión conocida. Pero sí debemos tomar en cuenta que la persistencia del mal, más producto del egoísmo de los explotadores que del abandono de los explotados, está llegando a situaciones tan terroríficas que los continentes que dramáticamente la sufren (Asia, Africa, Oceanía, Centro y Sur América Antillana) tradicionalmente manejados por los países industrializados como grandes mercados de consumo y productores de materias primas, son cada día que transcurre un volcán en peligro de estallar alimentado por la lava incontenible de la explosión demográfica y sin que los países ricos, poderosos, pongan el deseo de solucionar el problema del hombre que es la base y fundamento del crecimiento poblacional.
El mismo De Castro pone ejemplos de cómo las carencias alimentarias son factores multiplicadores de la procreación lo cual entra en todo el contexto de la miseria que abarca ausencia de educación, vestido, vivienda, salubridad, etc., males y frustraciones que el pobre ahoga a través del vínculo o unión sexual en una especie de catarsis.
Si los países desarrollados se desprendieran un poco del egoísmo brutal que sostienen para hacer alarde de prestigio, poderío y equilibrio de fuerzas y dirigieran parte de sus riquezas, ciencia y tecnología a eliminar la pobreza en los continentes nombrados; convertir en zonas fértiles y prósperas muchas de las zonas áridas de la tierra; practicar un trato justo en el pago de las materias primas de los territorios que las producen; contribuir a cambiar los hábitos alimentarios que por tradición son causas también creadoras de hambre; limitar el aporte de armas a los países pobres que hasta el momento han servido a grupos oligárquicos para sojuzgar a las masas, con todas estas medidas, y otras, bien directamente o por los organismos internacionales que existen al efecto y los propios gobiernos regionales, esos países desarrollados no sólo contribuirían a retribuir parte de la inmensa riqueza sacada de esos pueblos sino a crear un mundo de justicia social donde la miseria y sus secuelas: el hambre y la superpoblación, desaparecerían. ¿Utopía? Posiblemente. Pero la humanidad no tiene otra salida para seguir subsistiendo, de continuar en las condiciones actuales.
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