Razón del nombre del blog

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El por qué del título de este blog . Según Gregorio Magno, San Benito se encontraba cada año con su hermana Escolástica. Al caer la noche, volvía a su monasterio. Esta vez, su hermana insistió en que se quedara con ella,y él se negó. Ella oró con lágrimas, y Dios la escuchó. Se desató un aguacero tan violento que nadie pudo salir afuera. A regañadientes, Benito se quedó. Asi la mujer fue más poderosa que el varón, ya que, "Dios es amor" (1Juan 4,16),y pudo más porque amó más” (Lucas 7,47).San Benito y Santa Escolástica cenando en el momento que se da el milagro que narra el Papa Gregorio Magno. Fresco en el Monasterio "Santo Speco" en Subiaco" (Italia)

martes, 31 de julio de 2012

La descarnada metamorfosis de los revolucionarios que se alzan contra la opresión, en lucha por la libertad, y una vez en el poder terminan siendo lo que combatieron, es una vieja propuesta de la literatura desde La comedia humanade Balzac: los antiguos combatientes de las barricadas en la revolución francesa terminan convertidos en prósperos burgueses, dueños de la riqueza que con las armas arrebataron de otras manos...Véase la calidad de vida de los "revolucionarios venezolanos"


LA DERROTA DE LAS ILUSIONES

Sergio Ramírez



Gregorio MacGregor
La descarnada metamorfosis de los revolucionarios que se alzan contra la opresión, en lucha por la libertad, y una vez en el poder terminan siendo lo que combatieron, es una vieja propuesta de la literatura desde La comedia humanade Balzac: los antiguos combatientes de las barricadas en la revolución francesa terminan convertidos en prósperos burgueses, dueños de la riqueza que con las armas arrebataron de otras manos. Es como si la ley de la historia fuera ésa, que los ideales sólo pudieran subsistir en tiempos de lucha, y empezaran fatalmente a revertirse, pervertidos por el ejercicio del poder que tiene sus propias reglas, la peor de ellas convertir a los oprimidos en opresores.
Mandar no puede ser un acto temporal, limitado, sino para siempre; ni siquiera hasta la muerte, porque de por medio está la idea de la inmortalidad que obnubila al más cuerdo. Mejor caudillos ungidos por la mano divina que presidentes electos limpiamente por los ciudadanos. Una sola voluntad que lo rija todo, mejor que la voluntad de todos que termina por no regir nada. El fantasma de la anarquía que sólo puede ser disuelto por la mano firme desde el trono imperial, tentación que no fue ajena aún a Bolívar.
Es la manera en que Alejo Carpentier nos introduce en el mundo de sus novelas. Lo maravilloso, y lo desconcertante, lo que tiene capacidad de despertar sorpresa y asombro, es esa contradicción constante de la historia, la peor de sus dialécticas, que hace de los revolucionarios tiranos, todo resultado de la convivencia de un mundo rural, antiguo, anacrónico, ecos de esclavos y gritos de encomenderos, con las pretensiones del mundo moderno, el mundo legal que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado, o adornado de charreteras. La supervivencia de aquel mundo viejo, al que nunca se come la polilla, produce el asombro. El desajuste es lo maravilloso, y es maravilloso porque es real.
En las páginas de El siglo de las luces suena el clarín de una batalla, la batalla por los derechos del hombre que encandilará la imaginación de ese héroe confuso que es Víctor Huges. La revolución francesa viene a proclamar la abolición de todos los privilegios reales, y los de casta, a anunciar algo tan peligroso y disolvente como el fin de la esclavitud. Y Huges la abolirá en Cayena y Guadalupe bajo el Directorio, agente fiel de Robespierre, y la restablecerá sin parpadeos bajo el Consulado, agente fiel de la restauración. Más que un agente del cambio será en adelante un agente del poder.
El ideal resulta en desilusión porque Huges, el héroe, ahora montea con perros a los esclavos que una vez liberó. Las revoluciones son hechos históricos que desbordan la suerte de los personajes. Un péndulo que va y viene, de la luz hacia la oscuridad, repitiendo el mismo viaje desde siempre. El poder, que se vuelve contra los ideales que lo engendraron. Las revoluciones terminan en fracasos éticos, y devoran a sus propios hijos, como Saturno. Y las palabras hermosas que acompañaron el despertar de los ideales siguen siendo las mismas, pero ya no significan lo mismo, y terminan cayendo en el vacío. No significan ya nada.
¿Es un proceso que tiene fin, o se trata de una repetición dialéctica hasta la eternidad, sin síntesis posible? ¿Son las utopías sueños imposibles porque están hechas por seres humanos imperfectos? ¿Puede surgir la perfección de la imperfección?  Sí, las revoluciones son hechas por seres humanos y por tanto, condenadas a la imperfección, es hasta ahora la única lectura posible. Los seres humanos que no pueden librarse del orgullo, la arrogancia, el sectarismo ideológico, la ambición capaz de llevarlos al crimen para mantenerse en la cima. Esa dialéctica fatal no puede dejar de repetirse en la historia, es la lección de esta novela. Las reglas del poder son milenarias y funcionan lo mismo bajo cualquier sistema como queda explícito en los dramas de Sófocles y en los de Shakespeare, bajo las tiranías griegas o bajo el feudalismo, bajo la revolución francesa o bajo la revolución cubana, o la fenecida revolución nicaragüense.
No libra Carpentier a las revoluciones de su sino trágico. Las revoluciones son deidades mudas, como la guillotina embozada que navega en las aguas del Caribe sobre la cubierta de un barco, en viaje desde las costas de Francia hacia las Antillas, traída por Huges La guillotina es el símbolo del poder total, el instrumento de ajuste de cuentas para crear el orden nuevo que necesita librarse de estorbos: traidores, contrarrevolucionarios, espíritus dudosos, tibios, sin suficiente fe en la causa, que por eso mismo se convierten en un peligro. Nadie puede librar su cabeza de ese péndulo con filo de guillotina que es el destino.
 “Una revolución no se discute, se hace”, proclama Víctor Huges, y eso es lo que hemos venido escuchando desde siempre. No hay revoluciones moderadas porque entonces no serían revoluciones verdaderas. Las revoluciones son radicales por naturaleza, porque tienen que cortar todo de raíz. ¿Y después?
El  siglo de las luces es una novela deslumbrante sobre el poder, y sobre las mutaciones del individuo cuando el ideal se convierte en poder. Los juicios de Carpentier sobre la naturaleza de ese poder se vuelven intemporales, y cubren el pasado lo mismo que el presente. Hay en ellas un principio ético, un espíritu de libertad, una dimensión crítica que no pueden ser soslayados. Es la literatura la que habla por él. Sus novelas son sus juicios. Y no puede haber excepciones.
No hay que olvidar lo que él mismo dijo acerca de otra novela suya, que también es un estudio sobre el poder, El reino de este mundo: “lo real maravilloso forma una perspectiva más de la historia, no es necesariamente una ficción”. Es la historia transmutada en ficción. La realidad nunca miente, ni dentro de una novela. Y tanto la historia como la ficción funcionan para crear un arquetipo inmutable, y una gran alegoría del poder.

París, julio 2012
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Opinión
Alberto Barrera Tyszka
El Nacional / ND 


Monólogo de los degenerados

Tal vez, es saludable recordar siempre que, en las últimas elecciones que hubo en el país, la oposición sacó más votos que el oficialismo

S inceramente, esto de que cada vez que haya un acto militar aparezca de pronto un alto oficial con una cuña escondidita bajo el brazo está resultando ya un poco patético. Pongámoslo así: cualquiera se sienta en el sofá, frente al televisor, con su bolsita de tostones en la mano, dispuesto a disfrutar un rato de sano entretenimiento, esperando pues que comience esa emoción del desfile, ese suspenso de uniformes, esa intriga de redoblantes, cuando de pronto...¡zuaz! El anticlímax: una propaganda. Peor: ese invento perverso de la sociedad de consumo que algunos llaman "publicidad redaccional". Aparece entonces un General o un Almirante tratando de decir que ese desfile transcurre gracias al gentil patrocinio del gobierno nacional, que sin el apoyo indispensable de la iniciativa privada de Hugo Chávez Frías esta celebración patria no sería posible.

Ya que el CNE no lo hace, tal vez Conatel podría asumir que esto sí es de su competencia.

No se puede estar disfrazando la mercancía de esa forma, oculta detrás de las charreteras, camuflada en una boina, agazapada debajo de las condecoraciones. No queda bien.

No hay mucho honor en convertir el uniforme en un negocio. Aparte, además, está el evidente mensaje agresivo que esta actividad comercial conlleva. La Defensoría del Pueblo podría hacer una lectura crítica interesante. No tienen que buscar a un semiólogo que hable francés y decodifique conspiraciones en los crucigramas.

No es necesario. El mensaje parece ser más básico y directo: cuidado, cuidadito con una vaina. No vayan a votar por el candidato equivocado. Así se distribuye el miedo. Así funciona la represión en el siglo XXI.

Esta semana, durante los actos de celebración del Día de la Armada, el Comandante General Diego Molero, después de reiterar su fidelidad personal al Presidente, después de promocionar la lealtad absoluta de las tropas al proceso que lidera el excelentísimo comandante-presidente, cuestionó a algunos grupos de oposición que emplean los medios de comunicación para "engañar al pueblo". Luego, usando el mismo lenguaje que suele usar el partido oficial, propuso lo siguiente: "a esos apátridas los invito a regenerarse con la nación, a desistir de esas prácticas de valores".

Perdóneme: es sensacional.

Para no escribir la cita de nuevo, suba usted dos espacios más las pupilas y lea esas frase otra vez. Aquí lo espero ¿No es realmente extraordinario? Re-ge-ne-rar. Sí. Usó ese verbo.

Lo escribo en sílabas y todavía me cuesta creerlo. Es un clásico. Casi todos los proyectos violentos y autoritarios de la historia han pensado y verbalizado, también, que el otro es una desviación, que aquel que piensa distinto está corrompido y necesita rehabilitarse. Con esta premisa, se han creado guerras y cárceles, invasiones y manicomios. De esta manera, los ejércitos se han convertido en órdenes religiosas, en cuerpos confesionales, que deben someter, castigar o suprimir, a los perdidos, a los decadentes.

Es admonición peligrosa: o eres chavista o eres un depravado.

Se trata de hacernos sentir como los raros, como si fuéramos la excepción, los enfermitos del mapa. Y esto también tiene que ver con el uso del Estado y de las instituciones como agencias de publicidad. En el contexto de una campaña electoral, todo esto produce aturdimiento, confusión. Parece diseñado para que el votante ni siquiera pueda pensar, para que no tenga la capacidad de elegir, para que el voto responda a un simple ejercicio de sobrevivencia frente al poder.

El gobierno se presenta como un monstruo divino, armado y blindado, omnipresente, invencible. Por eso, tal vez, es saludable recordar siempre que, en las últimas elecciones que hubo en el país, la oposición sacó más votos que el oficialismo. También en ese momento, Hugo Chávez se echó encima toda la campaña. Y perdió. Si nos atenemos estrictamente a las últimas estadísticas, los raros, los diferentes, los apátridas fuimos hace dos años mayoría en Venezuela.

Es inevitable: la idea de la regeneración está asociada a la idea de la normalidad. Quizás esa definición sea lo más crucial y definitivo. Si lo normal es vivir en un país donde hay más gente armada que maestros; si lo normal es que el gobierno trate de tapar un escándalo de toneladas de alimentos podridos; si lo normal es que el culto a la personalidad tenga más peso en la sociedad que el Poder Moral; si la normalidad consiste en construir un fastuoso y millonario mausoleo mientras los presos se cosen los labios para que los escuchen....entonces, ciertamente, Almirante, no hay problema, cuente con eso: nosotros seguiremos siendo los degenerados.

abarrera60@gmail.com